Si bien, como ya se ha señalado, en la época del dominio español puede que se haya dado alguna traducción de la Biblia a un idioma nativo de América, no existe clara evidencia de ello, salvo por lo ya indicado en el estudio del padre Specker. Tampoco hay evidencia de una traducción completa de la Biblia en las posesiones españolas de América. Así, pues, con toda justicia corresponde al padre Guillermo Jünemann Beckschaefer el muy honroso título de primer traductor de la Sagrada Escritura en América 98 . Más aún, su traducción directamente del antiguo texto griego de la Biblia al castellano es una verdadera primicia mundial. Lo fue al hacer la traducción castellana y lo sigue siendo hoy, pues no se ha emprendido obra semejante 99 .
Aunque nació en la ciudad de Welwer, en Westfalia, el 28 de mayo de 1855, a los ocho años arribó a Chile para quedarse durante toda su vida en su nueva patria. Sus padres, Federico Jünemann y Cristina Beckschaefer, junto con sus cuatro hijos, emigraron de Alemania. Para 1871, Guillermo marcha a Santiago, donde sigue estudios en el Colegio San Ignacio. Dos años después, el joven alumno, que iba destacando en el aprendizaje, ingresa al Seminario Conciliar de Concepción. Ya entonces destacaba por su dominio del latín. A él suma el aprendizaje del griego. Tras los estudios correspondientes de filosofía y teología, recibe el orden sacerdotal, en 1880. Al lado de sus labores ministeriales realiza tareas de enseñanza. De éstas brotan varios libros como su texto de Literatura española, su Antología Universal de los Mayores Genios Literarios o aquél otro de Literatura Universal 100 . La editorial alemana Herder los publica. También traduce la Ilíada, pues era muy aficionado al estudio de los clásicos griegos y también a los latinos.
Para 1920, el sacerdote germano-chileno da inicio a la traducción del Nuevo Testamento directamente del griego. Continúa con el Antiguo Testamento, para lo cual recurre, lleno de devoción por el valor que le concedieron los autores del Nuevo Testamento y los Padres de la Iglesia, a la antigua versión griega, conocida como de los LXX 101 . Unos siete años le lleva realizar su traducción, hasta noviembre de 1928. Realiza su labor en unos pequeños cuadernos manuscritos, de los que en el mismo 1928 entrega a imprenta el Nuevo Testamento, que publica la Editorial Diocesana de Concepción. El Antiguo Testamento, versión de la Septuaginta al castellano, sólo será editado 64 años después, con la aprobación de la Conferencia Episcopal de Chile.
El padre Jünemann fue llamado por el Señor el 21 de octubre de 1938, estando en Tomé, en su querida diócesis de Concepción.
El origen de su deseo de traducir la Sagrada Escritura habla mucho de la personalidad de este sensible sacerdote. En sus propias palabras relata así cómo empezó su aventura: «Un día me dice casi de improviso una niña: "Cuando abro el Evangelio, no sé lo que me pasa: me olvido de todo; me parece que no estoy aquí". Y yo: "Cuánto más gozaría Ud., si lo leyese exactamente traducido; no tan mal como lo está". Ella: Y ¿por qué no lo traduce bien Ud.; ya que escribe tantas otras cosas? Yo le copio. Yo: Ud. sabe que mi editor (B. Herder) y Alemania son actualmente, como si no existieran. ¿Quién me lo imprime? Ella: Yo le ayudo a costear la edición... Añadiré que distaba ella mucho de ser rica; y no tengo ya necesidad de decir que el mismo día cogí la pluma, y no la soltaré hasta que termine mi trabajo, si Dios antes no me la quita de la mano. Ésta es la génesis de mi versión de la Biblia» 102 .
El Nuevo Testamento fue publicado por primera vez en 1928. Se trata de un texto sumamente literal que se ajusta incluso al orden de las palabras en griego. El padre Jünemann lleva muy metida en las venas la precisión tan querida por el genio alemán de sus antepasados, y elige realizar una traducción lo más literal posible. Se da pocas libertades a pesar que afirma su propósito de «verterla (la palabra divina) de modo que no tuviese yo que avergonzarme delante de Dios por irrespetuoso, ni delante del idioma español, ruborizándome de rigidez y pobreza» 103 . El literalismo que se percibe más parece responder al primer criterio.
Igual sentido literal se aprecia en el texto del Antiguo Testamento, que bien podría servir para una edición interlineal con el texto griego, de conocerse con seguridad de qué obras traduce 104 aquél a quien Mons. Straubinger califica como «excelente conocedor de la lengua griega y formado en la escuela de San Crisóstomo, cuyos escritos eran su lectura predilecta» 105 .
La traducción del padre Jünemann constituye aún hoy un testimonio bíblico de valor único. Incluso su literalidad extrema puede servir para seguir desde el castellano el texto griego de los LXX o el del Nuevo Testamento. Precisamente, G.Ma. Verd, hablando en general, señala: «Las versiones literales transparentan el texto original, y pueden ser sumamente iluminadoras en la lectura privada de una persona de cultura» 106 , aunque no son para uso general ni pastoral. En todo caso, la magna empresa de Jünemann queda como un hito muy especial en la historia de la traducción de la Sagrada Escritura al castellano, y merece ser mejor conocida.
Con ocasión del Quinto Centenario de la Evangelización de América fue impresa en Chile La Sagrada Biblia traducida por Guillermo Jünemann. Al texto castellano ya fijado por la edición del Nuevo Testamento de 1928, se sumó una especie de odisea de copiados que desde los manuscritos originales llegaron a la imprenta.
Los manuscritos originales de la traducción de los LXX, en los ya mencionados pequeños cuadernos, quedaron en posesión del padre Benedicto Guiñez, quien quedó a cargo para cuanto fuera menester. Éste trasmitió luego la responsabilidad al padre Ambrosio Villa, quien pasó a máquina buena parte de la traducción. A su vez éste trasladó todas las responsabilidades a otro sacerdote, que como los anteriores había sido discípulo del padre Jünemann. Esta vez, quien recibió la posta fue el padre Eleazar Rosales Rojas, quien prosiguió la tarea. Finalmente mediante documento notarial el padre Rosales, al enfermar gravemente, pasó los manuscritos y la potestad sobre ellos a Gustavo Leiva Carrasco, en setiembre de 1971. Precisamente Leiva, Vicepresidente del Centro de exalumnos del Seminario Conciliar de Concepción, con la colaboración y apoyo eficaz del presidente Alfonso Naranjo Urrutia y el aliento del Arzobispo de Concepción, Mons. Antonio Moreno, lograron la publicación de una edición de la Biblia completa, cumpliendo así el sueño del padre Jünemann.
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