Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Instrucci贸n sobre la vocaci贸n eclesial del te贸logo

Instrucci贸n sobre la vocaci贸n eclesial del te贸logo

lntroducci贸n

1. La verdad que hace libres es un don de Jesucristo (cf. Jn 8, 32). La b煤squeda de la verdad es una exigencia de la naturaleza del hombre, mientras que la ignorancia lo mantiene en una condici贸n de esclavitud. En efecto, el hombre no puede ser verdaderamente libre si no recibe una luz sobre las cuestiones centrales de su existencia y en particular sobre aquella de saber de d贸nde viene y a d贸nde va. El llega a ser libre cuando Dios se le entrega como un Amigo, seg煤n la palabra del Se帽or: 鈥淵a no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su se帽or; sino que os llamo amigos, porque todo lo que he o铆do del Padre os lo he dado a conocer鈥 (Jn 15, 15). La liberaci贸n de la alienaci贸n del pecado y de la muerte se realiza en el hombre cuando Cristo, que es la Verdad, se hace el 鈥渃amino鈥 para 茅l (cf. Jn 14, 6).

En la fe cristiana est谩n intr铆nsecamente ligados el conocimiento y la vida, la verdad y la existencia. La verdad ofreci-da en la revelaci贸n de Dios sobrepasa ciertamente las capacidades de conoci-miento del hombre, pero no se opone a la raz贸n humana. M谩s bien la penetra, la eleva y reclama la responsabilidad de cada uno (cf. 1 P 3, 15). Por esta raz贸n desde el comienzo de la iglesia la 鈥渘or-ma de la doctrina鈥 (Rm 6, 17) ha estado vinculada, con el bautismo, al ingreso en el misterio de Cristo. El servicio a la doctrina, que implica la b煤squeda cre-yente de la comprensi贸n de la fe es decir, la teolog铆a, constituye por lo tanto una exigencia a la cual la Iglesia no puede renunciar.

En todas las 茅pocas la teolog铆a es importante para que la Iglesia pueda responder al designio de Dios que quiere que: 鈥渢odos los hombres se salven y lle-guen al conocimiento de la verdad鈥 (1 Tm 2, 4). En los momentos de gran-des cambios espirituales y culturales es todav铆a m谩s importante, pero est谩 tambi茅n expuesta a riesgos, porque debe esforzarse en 鈥減ermanecer鈥 en la verdad (cf. Jn 8, 31) y tener en cuenta, al mismo tiempo, los nuevos problemas que se presentan al esp铆ritu humano. En nuestro siglo, particularmente durante la preparaci贸n y realizaci贸n del Concilio Vaticano II , la teolog铆a ha contribuido mucho a una m谩s profunda 鈥渃ompren-si贸n de las cosas y de las palabras trans-mitidas鈥1, pero ha conocido tambi茅n y conoce todav铆a momentos de crisis y de tensi贸n.

La Congregaci贸n para la doctrina de la fe, por consiguiente, considera oportuno dirigir a los obispos de la Iglesia cat贸li-ca, y a trav茅s de ellos a los te贸logos, la presente instrucci贸n que se propone iluminar la misi贸n de la teolog铆a en la iglesia. Despu茅s de considerar la verdad como don de Dios a su pueblo (I), describir谩 la funci贸n de los te贸logos (II), se detendr谩 en la misi贸n particular de los pastores (III), y, finalmente, propon-dr谩 algunas indicaciones acerca de la justa relaci贸n entre unos y otros (IV). De esta manera quiere servir al progreso en el conocimiento de la verdad (cf. Col 1, 10), que nos introduce en la libertad por la cual Cristo muri贸 y resu-cit贸 (cf. Ga 5, 1).

I. La verdad, don de Dios a su pueblo

2. Movido por un amor sin medida, Dios ha querido acercarse al hombre que busca su propia identidad y caminar con 茅l (cf. Lc 24, 15). Lo ha liberado de las insidias del 鈥減adre de la men-tira鈥 (cf. Jn 8, 44) y lo ha introduci-do en su intimidad para que encuen-tre all铆, sobreabundantemente, su ver-dad plena y su verdadera libertad. Este designio de amor concebido por el 鈥淧adre de la luz鈥 (St 1, 17; cf. 1 P 2, 9; 1 Jn 1, 5), realizado por el Hijo vence-dor de la muerte (cf. Jn 8, 36), se actualiza incesantemente por el Esp铆ritu que conduce 鈥渉acia la ven dad plena鈥 (Jn 16, 13).

3. La verdad posee en s铆 misma una fuerza unificante: libera a los hombres del aislamiento y de las oposiciones en las que se encuentran encerrados por la ignorancia de la verdad y, mientras abre el camino hacia Dios, une los unos con los otros. Cristo destruy贸 el muro de separaci贸n que los hab铆a hecho ajenos a la promesa de Dios y a la comuni贸n de la Alianza (cf. Ef 2, 12-14). Env铆a al coraz贸n de los creyentes su Esp铆ritu, por medio del cual todos nosotros somos en El 鈥渦no solo鈥 (cf. Rm 5, 5; Ga 3, 28). As铆 llegamos a ser, gracias al nuevo naci-miento y a la unci贸n del Esp铆ritu Santo (cf. Jn 3, 5; 1 Jn 2, 20. 27), el nuevo y 煤nico Pueblo de Dios que, con las diver-sas vocaciones y carismas, tiene la misi贸n de conservar y transmitir el don de la verdad. En efecto, la iglesia entera como 鈥渟al de la tierra鈥 y 鈥渓uz del mun-do鈥 (cf. Mt 5, 13 s.), debe dar testimonio de la verdad de Cristo que hace libres.

4. El pueblo de Dios responde a esta llamada 鈥渟obre todo por medio de una vida de fe y de caridad y ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza鈥. En rela-ci贸n m谩s espec铆fica con la 鈥渧ida de fe鈥 el Concilio Vaticano II precisa que 鈥渓a totalidad de los fieles, que han recibido la unci贸n del Esp铆ritu Santo (cf. 1 Jn 2, 20. 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta peculiar prerrogativa suya la manifiesta mediante el sentido sobrena-tural de la fe de todo el pueblo, cuando, 鈥榙esde los obispos hasta los 煤ltimos lai-cos鈥 presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres鈥2.

5. Para ejercer su funci贸n prof茅tica en el mundo, el pueblo de Dios debe constantemente despertar o 鈥渞eavivar鈥 su vida de fe (cf. 2 Tm 1, 6), en especial por medio de una reflexi贸n cada vez m谩s profunda, guiada por el Esp铆ritu Santo, sobre el contenido de la fe misma y a trav茅s de un empe帽o en demostrar su racionalidad a aquellos que le piden cuenta de ella (cf. 1 P 3 , 1 5) . Para esta misi贸n el Esp铆ritu de la verdad concede, a fieles de todos los 贸rdenes, gracias espe-ciales otorgadas 鈥減ara com煤n utilidad鈥 (1 Co 12, 7-11).

II. La vocaci贸n del te贸logo

6. Entre las vocaciones suscitadas de ese modo por el Esp铆ritu en la iglesia se distingue la del te贸logo, que tiene la funci贸n especial de lograr, en comuni贸n con el Magisterio, una comprensi贸n cada vez m谩s profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la tradici贸n viva de la iglesia.

Por su propia naturaleza la fe interpe-la la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la ver-dad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo invita a nuestra raz贸n 鈥攄on de Dios otorgado para captar la verdad鈥 a entrar en su luz, capacit谩ndola as铆 para comprender en cierta medida lo que ha cre铆do. La ciencia teol贸gica, que busca la inteligen-cia de la fe respondiendo a la invitaci贸n de la voz de la verdad ayuda al pueblo de Dios, seg煤n el mandamiento del Ap贸stol (cf. 1 P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden.

7. El trabajo del te贸logo responde de ese modo al dinamismo presente en la fe misma: por su propia naturaleza la Ver-dad quiere comunicarse, porque el hom-bre ha sido creado para percibir la verdad y desea en lo m谩s profundo de s铆 mismo conocerla para encontrarse en ella y descubrir all铆 su salvaci贸n (cf. 1 Tm 2, 4). Por esta raz贸n el Se帽or ha enviado a sus ap贸stoles para que conviertan en 鈥渄isc铆pulos鈥 todos los pueblos y les prediquen (cf. Mt 28, 19 s.). La teolog铆a que indaga la 鈥渞az贸n de la fe鈥 y la ofrece como respuesta a quienes la buscan, constituye parte integral de la obediencia a este mandato, porque los hombres no pueden llegar a ser disc铆pu-los si no se les presenta la verdad conte-nida en la palabra de la fe (cf. Rm 10, 14 s.).

La teolog铆a contribuye, pues, a que la fe sea comunicable y a que la inteligen-cia de los que no conocen todav铆a a Cristo la pueda buscar y encontrar. La teolog铆a, que obedece as铆 al impul-so de la verdad que tiende a comuni-carse, al mismo tiempo nace tambi茅n del amor y de su dinamismo: en el acto de fe, el hombre conoce la bon-dad de Dios y comienza a amarlo, y el amor desea conocer siempre mejor a aquel que ama3. De este doble origen de la teolog铆a, enraizado en la vida interna del pueblo de Dios y en su vocaci贸n misionera, deriva el modo con el cual ha de ser elaborada para satisfacer las exi-gencias de su misma naturaleza.

8. Puesto que el objeto de la teolog铆a es la Verdad, el Dios vivo y su designio de salvaci贸n revelado en Jesucristo, el te贸logo est谩 llamado a intensificar su vida de fe y a unir siempre la investiga-ci贸n cient铆fica y la oraci贸n4. As铆 esta-r谩 m谩s abierto al 鈥渟entido sobrenatural de la fe鈥 del cual dependa y que se le manifestar谩 como regla segura para guiar su reflexi贸n y medir la seriedad de sus conclusiones,

9. A lo largo de los siglos la teolog铆a se ha constituido progresivamente en un verdadero y propio saber cient铆fico. Por consiguiente es necesario que el te贸logo est茅 atento a las exigencias epistemol贸gi-cas de su disciplina, a los requisitos de rigor cr铆tico y, por lo tanto, al control racional de cada una de las etapas de su investigaci贸n. Pero la exigencia cr铆tica no puede identificarse con el esp铆ritu cr铆tico que nace m谩s bien de motivaciones de car谩cter afectivo o de prejuicios. El te贸logo debe discernir en s铆 mismo el origen y las motivaciones de su actitud cr铆tica y dejar que su mirada se purifi-que por la fe. El quehacer teol贸gico exige un esfuerzo espiritual de rectitud y de santificaci贸n.

l0. La verdad revelada aunque tras-ciende la raz贸n humana, est谩 en profun-da armon铆a con ella. Esto supone que la raz贸n est茅 por su misma naturaleza orde-nada a la verdad de modo que, ilumina-da por la fe, pueda penetrar el significa-do de la revelaci贸n. En contra de las afirmaciones de muchas corrientes filos贸-ficas, pero en conformidad con el recto modo de pensar que encuentra confirma-ci贸n en la Escritura se debe reconocer la capacidad que posee la raz贸n humana para alcanzar la verdad, como tambi茅n su capacidad metaf铆sica de conocer a Dios a partir de lo creado5.

La tarea, propia de la teolog铆a, de comprender el sentido de la revelaci贸n exige, por consiguiente, la utilizaci贸n de conocimientos filos贸ficos que proporcio-nen 鈥渦n s贸lido y arm贸nico conocimiento del hombre, del mundo y de Dios鈥6, y puedan ser asumidos en la reflexi贸n sobre la doctrina revelada. Las ciencias hist贸ricas igualmente son necesarias para los estudios del te贸logo, debido sobre todo al car谩cter hist贸rico de la revela-ci贸n, que nos ha sido comunicada en una 鈥渉istoria de salvaci贸n鈥. Finalmente se debe recurrir tambi茅n a las 鈥渃iencias humanas鈥, para comprender mejor la verdad revelada sobre el hombre y sobre las normas morales de su obrar, ponien-do en relaci贸n con ella los resultados v谩lidos de estas ciencias.

En esta perspectiva corresponde a la tarea del te贸logo asumir elementos de la cultura de su ambiente que le permitan evidenciar uno u otro aspecto de los misterios de la fe. Dicha tarea es cierta-mente ardua y comporta riesgos, pero en s铆 misma es leg铆tima y debe ser impul-sada.

Al respecto, es importante subrayar que la utilizaci贸n por parte de la teolo-g铆a de elementos e instrumentos concep-tuales provenientes de la filosof铆a o de otras disciplinas exige un discernimiento que tiene su principio normativo 煤ltimo en la doctrina revelada. Es 茅sta la que debe suministrar los criterios para el discernimiento de esos elementos e instrumentos conceptuales, y no al contrario.

11. El te贸logo, sin olvidar jam谩s que tambi茅n es un miembro del pueblo de Dios, debe respetarlo y comprometerse a darle una ense帽anza que no lesione en lo m谩s m铆nimo la doctrina de la fe.

La libertad propia de la investigaci贸n teol贸gica se ejerce dentro de la fe de la iglesia. Por tanto, la audacia que se impone a menudo a la conciencia del te贸logo no puede dar frutos y 鈥渆dificar鈥 si no est谩 acompa帽ada por la paciencia de la maduraci贸n. Las nuevas propuestas presentadas por la inteligencia de la fe 鈥渘o son m谩s que una oferta a toda la iglesia. Muchas cosas deben ser corregidas y ampliadas en un di谩logo fraterno hasta que toda la Iglesia pueda aceptarlas. La teolog铆a, en el fondo, debe ser un servi-cio muy desinteresado a la comunidad de los creyentes. Por ese motivo, de su esen-cia forman parte la discusi贸n imparcial y objetiva, el di谩logo fraterno, la apertura y la disposici贸n de cambio de cara a las propias opiniones鈥7.

12. La libertad de investigaci贸n, a la cual tiende justamente la comunidad de los hombres de ciencia como a uno de sus bienes m谩s preciosos, significa disponibi-lidad a acoger la verdad tal como se presenta al final de la investigaci贸n, en la que no debe haber intervenido ning煤n elemento extra帽o a las exigencias de un m茅todo que corresponda al objeto estu-diado.

En teolog铆a esta libertad de investiga-ci贸n se inscribe dentro de un saber racional cuyo objeto ha sido dado por la revelaci贸n, transmitida e interpretada en la iglesia bajo la autoridad del Magiste-rio y acogida por la fe. Desatender estos datos, que tienen valor de principio, equivaldr铆a a dejar de hacer teolog铆a. A fin de precisar las modalidades de esta relaci贸n con el Magisterio, conviene reflexionar ahora sobre el papel de este 煤ltimo en la Iglesia.

III. El magisterio de los pastores

13. 鈥 Dispuso Dios benignamente que todo lo que hab铆a revelado para la salva-ci贸n de los hombres permaneciera 铆nte-gro para siempre y se fuera transmitien-do a todas las generaciones鈥8. El dio a su Iglesia, por el don del Esp铆ritu Santo, una participaci贸n de su propia infalibilidad9. El pueblo de Dios gracias al 鈥渟entido sobrenatural de la fe鈥, goza de esta prerrogativa, bajo la gu铆a del magisterio vivo de la Iglesia, que, por la autoridad ejercida en el nombre de Cristo, es el solo int茅rprete aut茅ntico de la Palabra de Dios. escrita o transmitida10.

14. Como sucesores de los Ap贸stoles, los pastores de la Iglesia 鈥渞eciben del Se帽or... la misi贸n de ense帽ar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvaci贸n...鈥11. Por eso. se conf铆a a ellos el oficio de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, de la que son servidores12.

La misi贸n del Magisterio es la de afir-mar, en coherencia con la naturaleza 鈥渆scatol贸gica鈥 propia del evento de Jesucristo, el car谩cter definitivo de la Alian-za instaurada por Dios en Cristo con su pueblo, protegiendo a este 煤ltimo de las desviaciones y extrav铆os y garantiz谩ndole la posibilidad objetiva de profesar sin errores la fe aut茅ntica, en todo momento y en las diversas situaciones. De aqu铆 se sigue que el significado y el valor del Magisterio s贸lo son comprensibles en referencia a la verdad de la doctrina cristiana y a la predicaci贸n de la Palabra verdadera. La funci贸n del Magisterio no es algo extr铆nseco a la verdad cristiana ni algo sobrepuesto a la fe; m谩s bien, es algo que nace de la econom铆a de la fe misma, por cuanto el Magisterio. en su servicio a la palabra de Dios, es una instituci贸n querida positivamente por Cristo como elemento constitutivo de la iglesia. El servicio que el Magisterio presta a la verdad cristiana se realiza en favor de todo el pueblo de Dios, llamado a ser introducido en la libertad de la verdad que Dios ha revelado en Cristo.

15. Para poder cumplir plenamente el oficio que se les ha confiado de ense帽ar el Evangelio y de interpretar aut茅ntica-mente la revelaci贸n, Jesucristo prometi贸 a los pastores de la Iglesia la asistencia del Esp铆ritu Santo. El les dio en especial el carisma de la infalibilidad para aque-llo que se refiere a las materias de fe y costumbres. El ejercicio de este carisma reviste diversas modalidades. Se ejerce, en particular, cuando los obispos, en uni贸n con su cabeza visible, en acto colegial, como sucede en los concilios ecum茅nicos, proclaman una doctrina, o cuando el Romano Pont铆fice, ejerciendo su funci贸n de Pastor y Doctor supremo de todos los cristianos, proclama una doctrina 鈥渆x cathedra鈥13.

16. El oficio de conservar santamente y de exponer con fidelidad el dep贸sito de la revelaci贸n divina implica, por su misma naturaleza, que el Magisterio pueda proponer 鈥渄e modo definiti-vo鈥14 enunciados que, aunque no est茅n contenidos en las verdades de fe, se encuentran sin embargo 铆ntimamente ligados a ellas, de tal manera que el car谩cter definitivo de esas afirmaciones deriva, en 煤ltimo an谩lisis, de la misma Revelaci贸n15 .

Lo concerniente a la moral puede ser objeto del magisterio aut茅ntico, porque el Evangelio, que es palabra de vida, inspi-ra y dirige todo el campo del obrar humano. El Magisterio, pues, tiene el

oficio de discernir, por medio de juicios normativos para la conciencia de los fie-les, los actos que en s铆 mismos son conformes a las exigencias de la fe y promueven su expresi贸n en la vida, como tambi茅n aquellos que, por el con-trario, por su malicia son incompatibles con estas exigencias. Debido al lazo que existe entre el orden de la creaci贸n y el orden de la redenci贸n, y debido a la necesidad de conocer y observar toda la ley moral para la salvaci贸n, la competen-cia del Magisterio se extiende tambi茅n a lo que se refiere a la ley natural16.

Por otra parte, la Revelaci贸n contiene ense帽anzas morales que de por s铆 po-dr铆an ser conocidas por la raz贸n natural, pero cuyo acceso se hace dif铆cil por la condici贸n del hombre pecador. Es doctri-na de fe que estas normas morales pue-den ser ense帽adas infaliblemente por el Magisterio17.

17. Se da tambi茅n la asistencia divina a los sucesores de los Ap贸stoles, que ense帽an en comuni贸n con el sucesor de Pedro, y, en particular, al Romano Pont铆-fice, Pastor de toda la iglesia cuando. sin llegar a una definici贸n infalible y sin pronunciarse en 鈥渕odo definitivo鈥, en el ejercicio del magisterio ordinario proponen una ense帽anza que conduce a una mejor comprensi贸n de la Revelaci贸n en materia de fe y costumbres, y ofrecen directivas morales derivadas de esta ense帽anza.

Hay que tener en cuenta, pues, el car谩cter propio de cada una de las inter-venciones del Magisterio y la medida en que se encuentra implicada su autoridad; pero tambi茅n el hecho de que todas ellas derivan de la misma fuente, es decir, de Cristo que quiere que su pueblo camine en la verdad plena. Por este mismo motivo las decisiones magisteriales en materia de disciplina, aunque no est茅n garantiza-das por el carisma de la infalibilidad, no est谩n desprovistas de la asistencia divina y requieren la adhesi贸n de los fieles.

18. El Romano Pont铆fice cumple su misi贸n universal con la ayuda de los organismos de la Curia Romana, y en particular de la Congregaci贸n para la doctrina de la fe por lo que respecta a la doctrina acerca de la fe y de la moral. De donde se sigue que los documentos de esta Congregaci贸n, aprobados expresa-mente por el Papa, participan del magis-terio ordinario del sucesor de Pedro18.

19. En las Iglesias particulares co-rresponde al obispo custodiar e interpre-tar la Palabra de Dios y juzgar con autoridad lo que le es conforme o no. La ense帽anza de cada obispo, tomada indivi-dualmente, se ejercita en comuni贸n con la del Pont铆fice Romano Pastor de la iglesia universal y con los otros obispos dispersos por el mundo o reunidos en Concilio ecum茅nico. Esta comuni贸n es condici贸n de su autenticidad.

El obispo, miembro del colegio episco-pal por su ordenaci贸n sacramental y por la comuni贸n jer谩rquica, representa a su Iglesia, as铆 como todos los obispos en uni贸n con el Papa representan a la Iglesia universal en el v铆nculo de la paz, del amor, de la unidad y de la verdad. Al confluir en la unidad, las Iglesia locales, con su propio patrimonio, manifiestan la catolicidad de la iglesia. Por su parte, las Conferencias Episcopales contribuyen a la realizaci贸n concreta del esp铆ritu (鈥渁ffectus鈥) colegial19.

20. La tarea pastoral del Magisterio. que tiene la finalidad de vigilar para que el pueblo de Dios permanezca en la verdad que hace libres, es una realidad compleja y diversificada. El te贸logo, que est谩 tambi茅n comprometido en el servicio de la verdad, para mantenerse fiel a su oficio, deber谩 tener en cuenta la misi贸n propia del Magisterio y colaborar con 茅l. 驴C贸mo se puede entender esta colaboraci贸n? 驴C贸mo se realiza concretamente y qu茅 obst谩culos puede encontrar? Es lo que ahora hay que examinar m谩s de cerca.

IV. Magisterio y teolog铆a

A. Las relaciones de colaboraci贸n

21. El Magisterio vivo de la Iglesia y la teolog铆a, aun con funciones diversas, tienen en definitiva el mismo fin: conser-var al pueblo de Dios en la verdad que hace libres y hacer de 茅l la 鈥渓uz de las naciones鈥. Este servicio a la comunidad eclesial pone en relaci贸n rec铆proca al te贸logo con el Magisterio. Este 煤ltimo ense帽a aut茅nticamente la doctrina de los Ap贸stoles y sacando provecho del traba-jo teol贸gico rechaza las objeciones y las deformaciones de la fe, proponiendo adem谩s con la autoridad recibida de Jesucristo nuevas profundizaciones, explicaciones y aplicaciones de la doctrina revelada. La teolog铆a, en cambio, adquiere, de modo reflejo, una comprensi贸n siempre mas profunda de la Palabra de Dios, contenida en la Escritura y trans-mitida fielmente por la tradici贸n viva de la Iglesia bajo la gu铆a del Magisterio, se esfuerza por aclarar esta ense帽anza de 1a Revelaci贸n frente a las instancias de la raz贸n y, en fin, le da una forma org谩ni-ca y sistem谩tica20.

22. La colaboraci贸n entre el te贸logo y el Magisterio se realiza especialmente cuando aquel recibe la misi贸n can贸nica o el mandato de ense帽ar. Esa se convierte entonces, en cierto sentido, en una participaci贸n de la labor del Magisterio al cual est谩 ligada por un vinculo jur铆dico. Las reglas deontol贸gicas que de por si y con evidencia derivan del servicio a la palabra de Dios son corroboradas por el compromiso adquirido por el te贸logo al aceptar su oficio y al hacer la profesi贸n de fe y el juramento de fidelidad21.

A partir de ese momento tiene oficial-mente la responsabilidad de presentar y explicar con toda exactitud e integral-mente, la doctrina de la fe.

23. Cuando el Magisterio de la Iglesia se pronuncia de modo infalible declaran-do solemnemente que una doctrina est谩 contenida en la Revelaci贸n, la adhesi贸n que se pide es la de la fe teologal. Esta adhesi贸n se extiende a la ense帽anza del magisterio ordinario y universal cuando propone para creer una doctrina de fe como de revelaci贸n divina.

Cuando propone 鈥渄e modo definitivo鈥 unas verdades referentes a la fe y a las costumbres, que, aun no siendo de reve-laci贸n divina, sin embargo est谩n estrecha e 铆ntimamente ligadas con la Revelaci贸n, deben ser firmemente aceptadas y mante-nidas22.

Cuando el Magisterio aunque sin la intenci贸n de establecer un acto 鈥渄efiniti-vo鈥, ense帽a una doctrina para ayudar a una comprensi贸n m谩s profunda de la Revelaci贸n y de lo que expl铆cita su contenido, o bien para llamar la atenci贸n sobre la conformidad de una doctrina con las verdades de fe, o en fin para prevenir contra concepciones incompati-bles con esas verdades, se exige un reli-gioso asentimiento de la voluntad y de la inteligencia23. Este 煤ltimo no puede ser puramente exterior y disciplinar, sino que debe colocarse en la l贸gica y bajo el impulso de la obediencia de la fe.

24. En fin, con el objeto de servir del mejor modo posible al pueblo de Dios. particularmente al prevenirlo en relaci贸n con opiniones peligrosas que pueden llevar al error, el Magisterio puede inter-venir sobre asuntos discutibles en los que se encuentran implicados, junto con principios seguros, elementos conjeturales y contingentes. A menudo s贸lo despu茅s de un cierto tiempo es posible hacer una distinci贸n entre lo necesario y lo contin-gente.

La voluntad de asentimiento leal a esta ense帽anza del Magisterio en materia de por si no irreformable debe constituir la norma. Sin embargo puede suceder que el te贸logo se haga preguntas refe-rentes, seg煤n los casos, a la oportunidad, a la forma o incluso al contenido de una intervenci贸n. Esto lo impulsar谩 sobre todo a verificar cuidadosamente cu谩l es la autoridad de estas intervenciones, tal como resulta de la naturaleza de los documentos, de la insistencia al proponer una doctrina y del modo mismo de expresarse24.

En este 谩mbito de las intervenciones de orden prudencial, ha podido suceder que algunos documentos magisteriales no estuvieran exentos de carencias. Los pas-tores no siempre han percibido de inme-diato todos los aspectos o toda la com-plejidad de un problema. Pero ser铆a algo contrario a la verdad si, a partir de algunos determinados casos, se concluye-ra que el Magisterio de la Iglesia se puede enga帽ar habitualmente en sus juicios prudenciales, o no goza de la asistencia divina en el ejercicio integral de su misi贸n. En realidad el te贸logo, que no puede ejercer bien su tarea sin una cierta competencia hist贸rica, es conscien-te de la decantaci贸n que se realiza con el tiempo. Esto no debe entenderse en el sentido de una relativizaci贸n de los enunciados de la fe. El sabe que algunos juicios del Magisterio pod铆an ser justifi-cados en el momento en el que fueron pronunciados, porque las afirmaciones hechas conten铆an aserciones verdaderas profundamente enlazadas con otras que no eran seguras. Solamente el tiempo ha permitido hacer un discernimiento y, despu茅s de serios estudios, lograr un verdadero progreso doctrinal.

25. Aun cuando la colaboraci贸n se desarrolle en las mejores condiciones, no se excluye que entre el te贸logo y el Magisterio surjan algunas tensiones. El significado que se confiere a estas 煤lti-mas y el esp铆ritu con el que se las afronta no son realidades sin importan-cia: si las tensiones no brotan de un sentimiento de hostilidad y de oposici贸n, pueden representar un factor de dinamis-mo y un est铆mulo que incita al Magiste-rio y a los te贸logos a cumplir sus respec-tivas funciones practicando el di谩logo.

26. En el di谩logo debe prevalecer una doble regla: cuando se pone en tela de juicio la comuni贸n de la fe vale el prin-cipio de la 鈥渦nitas veritatis鈥; cuando persisten divergencias que no la ponen en tela de juicio, debe salvaguardarse la 鈥渦nitas caritatis鈥.

27. Aunque la doctrina de la fe no est茅 en tela de juicio, el te贸logo no debe presentar sus opiniones o sus hip贸tesis divergentes como si se tratara de conclu-siones indiscutibles. Esta discreci贸n est谩 exigida por el respeto a la verdad, como tambi茅n por el respeto al pueblo de Dios (cf. Rm 14, 1-15; 1 Co 8, 10. 23-33). Por esos mismos motivos ha de renunciar a una intempestiva expresi贸n p煤blica de ellas.

28. Lo anterior tiene una aplicaci贸n particular en el caso del te贸logo que encontrara serias dificultades, por razo-nes que le parecen fundadas, a acoger una ense帽anza magisterial no irrefor-mable.

Un desacuerdo de este g茅nero no podr铆a ser justificado si se fundara exclusivamente sobre el hecho de que no es evidente la validez de la ense帽anza que se ha dado, o sobre la opini贸n de que la posici贸n contraria es m谩s probable. De igual manera no ser铆a suficiente el juicio de la conciencia subjetiva del te贸logo, porque 茅sta no constituye una instancia aut贸noma y exclusiva para juzgar la verdad de una doctrina.

29. En todo caso no podr谩 faltar una actitud fundamental de disponibilidad a acoger lealmente la ense帽anza del Ma-gisterio, que se impone a todo creyente en nombre de la obediencia de fe. El te贸logo deber谩 esforzarse por consiguien-te a comprender esta ense帽anza en su contenido, en sus razones y en sus moti-vos. A esta tarea deber谩 consagrar una reflexi贸n profunda y paciente, dispuesto a revisar sus propias opiniones y a examinar las objeciones que le hicieran sus colegas.

30. Si las dificultades persisten no obstante un esfuerzo leal, constituye un deber del te贸logo hacer conocer a las autoridades magisteriales los problemas que suscitan la ense帽anza en s铆 misma las justificaciones que se proponen sobre ella o tambi茅n el modo como ha sido presentada. Lo har谩 con esp铆ritu evang茅-lico, con el profundo deseo de resolver las dificultades. Sus objeciones podr谩n entonces contribuir a un verdadero pro-greso, estimulando al Magisterio a propo-ner la ense帽anza de la Iglesia de modo m谩s profundo y mejor argumentada.

En estos casos el te贸logo evitar谩 recu-rrir a los medios de comunicaci贸n en lugar de dirigirse a la autoridad respon-sable, porque no es ejerciendo una pre-si贸n sobre la opini贸n p煤blica como se. contribuye a la clarificaci贸n de los pro-blemas doctrinales y se sirve a la verdad.

31. Puede suceder que, al final de un examen serio y realizado con el deseo de escuchar sin reticencias la ense帽anza del Magisterio, permanezca la dificultad. porque los argumentos en sentido opues-to le parecen prevalentes al te贸logo. Frente a una afirmaci贸n sobre la cual siente que no puede dar su adhesi贸n intelectual, su deber consiste en permanecer dispuesto a examinar m谩s profundamente el problema.

Para un esp铆ritu leal y animado por el amor a la Iglesia, dicha situaci贸n cierta-mente representa una prueba dif铆cil. Pue-de ser una invitaci贸n a sufrir en el silencio y la oraci贸n, con la certeza de que si la verdad est谩 verdaderamente en peligro, terminar谩 necesariamente impo-ni茅ndose.

B. El problema del disenso

32. En diversas ocasiones el Magisterio ha llamado la atenci贸n sobre los graves inconvenientes que acarrean a la comuni贸n de la Iglesia aquellas actitudes de oposici贸n sistem谩tica, que llegan incluso a constituirse en grupos organiza-dos25. En la exhortaci贸n apost贸lica Paterna cum benevolentia, Pablo VI ha presentado un diagn贸stico que conserva toda su actualidad. Ahora se quiere hablar en particular de aquella actitud p煤blica de oposici贸n al Magisterio de la Iglesia, llamada tambi茅n 鈥渄isenso鈥, que es necesario distinguir de la situaci贸n de dificultad personal, de la que se ha trata-do m谩s arriba. El fen贸meno del disenso puede tener diversas formas y sus causas remotas o pr贸ximas son m煤ltiples.

Entre los factores que directa o indirectamente pueden ejercer su influjo hay que tener en cuenta la ideolog铆a del liberalismo filos贸fico que impregna la mentalidad de nuestra 茅poca. De all铆 pro-viene la tendencia a considerar que un juicio es mucho m谩s aut茅ntico si procede del individuo que se apoya en sus pro-pias fuerzas. De esta manera se opone la libertad de pensamiento a la autoridad de la tradici贸n, considerada fuente de esclavitud. Una doctrina transmitida y generalmente acogida viene desde el primer momento marcada por la sospe-cha y su valor de verdad puesto en discusi贸n. En definitiva, la libertad de juicio as铆 entendida importa m谩s que la verdad misma. Se trata entonces de algo muy diferente a la exigencia legitima de libertad en el sentido de ausencia d. coacci贸n, como condici贸n requerida para la b煤squeda leal de la verdad. En virtud de esta exigencia la iglesia ha sostenido siempre que 鈥渘adie puede ser forzado a abrazar la fe en contra de su volun-tad鈥26.

Tambi茅n ejercen su influjo el peso de una opini贸n p煤blica artificialmente orien-tada y sus conformismos. A menudo los modelos sociales difundidos por los medios de comunicaci贸n tienden a asu-mir un valor normativo. se difunde en particular la convicci贸n de que la iglesia no deber铆a pronunciarse sino sobre los problemas que la opini贸n p煤blica consi-dera importantes y en el sentido que conviene a 茅sta. El Magisterio, por ejem-plo, podr铆a intervenir en los asuntos econ贸micos y sociales, pero deber铆a dejar al juicio individual aquellos que se refie-ren a la moral conyugal y familiar.

En fin, tambi茅n la pluralidad de las culturas y de las lenguas, que en s铆 misma constituye una riqueza, puede indirectamente llevar a malentendidos, motivo de sucesivos desacuerdos.

En este contexto se requiere un discer-nimiento cr铆tico bien ponderado y un verdadero dominio de los problemas por parte del te贸logo, si quiere cumplir su misi贸n eclesial y no perder, al conformarse con el mundo presente (cf. Rm 12, 2. Ef 4, 23), la independencia de juicio propia de los disc铆pulos de Cristo.

33. El disenso puede tener diversos aspectos. En su forma m谩s radical pre-tende el cambio de la iglesia seg煤n un modelo de protesta inspirado en lo que se hace en la sociedad pol铆tica. Cada vez con m谩s frecuencia se cree que el te贸logo s贸lo estar铆a obligado a adherirse a la ense帽anza infalible del Magisterio, mientras que, en cambio, las doctrinas pro puestas sin la intervenci贸n del carisma de la infalibilidad no tendr铆an car谩cter obligatorio alguno, dejando al individuo en plena libertad de adherirse o no, adoptando as铆 la perspectiva de una especie de positivismo teol贸gico. El te贸lo-go, por lo tanto, tendr铆a libertad para poner en duda o para rechazar la ense帽anza no infalible del Magisterio, especialmente en lo que se refiere a las normas particulares. M谩s a煤n, con esta oposici贸n critica contribuir铆a al progreso de la doctrina.

34. La justificaci贸n del disenso se apoya generalmente en diversos argumen-tos, dos de los cuales tienen un car谩cter m谩s fundamental. El primero es de orden hermen茅utico: los documentos del Ma-gisterio no serian sino el reflejo de una teolog铆a opinable. El segundo recurre al pluralismo teol贸gico, llevado a veces hasta un relativismo que pone en peligro la integridad de la fe: las intervenciones magisteriales tendr铆an su origen en una teolog铆a entre muchas otras, mientras que ninguna teolog铆a particular puede pretender imponerse universalmente. Surge as铆 una especie de 鈥渕agisterio paralelo鈥 de los te贸logos, en oposici贸n y rivalidad con el magisterio aut茅ntico27.

Una de las tareas del te贸logo es cierta. mente la de interpretar correctamente los textos del Magisterio, y para ello dispone de reglas hermen茅uticas, entre las que figura el principio seg煤n el cual la ense帽anza del Magisterio 鈥攇racias a la asistencia divina鈥 vale m谩s que la argumentaci贸n de la que se sirve, en ocasiones deducida de una teolog铆a particular. En cuanto al pluralismo teol贸gico, 茅ste es legitimo 煤nicamente en la medida en que se salvaguarde la unidad de la fe en su significado. objetivo28. Los diversos niveles constituidos por la unidad de la fe, la unidad-pluralidad de las expresio-nes de fe y la pluralidad de las teolog铆as est谩n en realidad esencialmente ligados entre si. La raz贸n 煤ltima de la pluralidad radica en el insondable misterio de Cristo que trasciende toda sistematizaci贸n objetiva. Esto no quiere decir que se puedan aceptar conclusiones que le sean contrarias; ni tampoco que se pueda poner en tela de juicio la verdad de las afirmaciones por medio de las cuales el Magisterio se ha pronuncia. do29. En cuanto al 鈥渕agisterio paralelo鈥, al oponerse al de los pastores, puede causar grandes males espirituales. En efecto, cuando el disenso logra extender su influjo hasta inspirar una opini贸n com煤n, tiende a constituirse en regla de acci贸n, lo cual no deja de perturbar gravemente al pueblo de Dios y conducir a un menosprecio de la verdadera autori-dad30.

35. El disenso apela a veces a una argumentaci贸n sociol贸gica, seg煤n la cual la opini贸n de un gran n煤mero de cristia-nos constituir铆a una expresi贸n directa y adecuada del 鈥渟entido sobrenatural de la fe鈥.

En realidad las opiniones de los fieles no pueden pura y simplemente identifi-carse con el 鈥渟ensus fidei鈥31. Este 煤ltimo es una propiedad de la fe teologal que, consistiendo en un don de Dios que hace adherirse personalmente a la Ver-dad, no puede enga帽arse. Esta fe perso-nal es tambi茅n fe de la iglesia, puesto que Dios ha confiado a la Iglesia la vigilancia de la Palabra y, por consi-guiente, lo que el fiel cree es lo que cree la iglesia. Por su misma naturaleza, el 鈥渟ensus fidei鈥 implica, por lo tanto, el acuerdo profundo del esp铆ritu y del coraz贸n con la iglesia, el 鈥渟entire cum Ecclesia鈥.

Si la fe teologal en cuanto tal no puede enga帽arse, el creyente en cambio puede tener opiniones err贸neas, porque no todos sus pensamientos proceden de la fe32. No todas las ideas que circu-lan en el pueblo de Dios son coherentes con la fe, puesto que pueden sufrir f谩cil-mente el influjo de una opini贸n p煤blica manipulada por modernos medios de comunicaci贸n. No sin raz贸n el Concilio Vaticano II subray贸 la relaci贸n indisolu-ble entre el 鈥渟ensus fidei鈥 y la conduc-ci贸n del pueblo de Dios por parte del magisterio de los pastores: ninguna de las dos realidades puede separarse de la otra33. Las intervenciones del Mugiste r铆o sirven para garantizar la unidad de la iglesia en la verdad del Se帽or. Ayudan a 鈥減ermanecer en la verdad鈥 frente al car谩cter arbitrario de las opiniones cam-biantes y constituyen la expresi贸n de la obediencia a la palabra de Dios34. Aunque pueda parecer que limitan la libertad de los te贸logos, ellas instaura禄. por medio de la fidelidad a la fe que ha sido transmitida una libertad m谩s pro-funda que s贸lo puede llegar por la unidad en la verdad.

36. La libertad del acto de fe no justifica el derecho al disenso. Ella, en realidad, de ning煤n modo significa liber-tad en relaci贸n con la verdad, sino la libre autodeterminaci贸n de la persona en conformidad con su obligaci贸n moral de acoger la verdad. El acto de fe es un acto voluntario, ya que el hombre. redi-mido por Cristo salvador y llamado Por El mismo a la adopci贸n filial (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 5; Ef l, 5; Jn 1, 12), no puede adherirse a Dios, a menos que, atra铆do por el Padre (Jn 6, 44), rinda a Dios el homenaje racional de su fe (Rm 12, 1). Como lo ha recordado la declaraci贸n Dignitatis humanae35. ninguna autoridad humana tiene el derecho de intervenir, por coacci贸n o por presiones, en esta opci贸n que sobre-pasa los l铆mites de su competencia. El respeto al derecho de libertad religiosa constituyen el fundamento del respeto al conjunto de los derechos humanos.

Por consiguiente, no se puede apelar a los derechos humanos para oponerse a las intervenciones del Magisterio. Un comportamiento semejante desconoce la naturaleza y la misi贸n de la Iglesia, que ha recibido de su Se帽or la tarea de anunciar a todos los hombres la verdad de la salvaci贸n y la realiza caminando sobre las huellas de Cristo, consciente de que 鈥渓a verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la verdad misma, que penetra suave y fuertemente en las almas鈥36.

37. En virtud del mandato divino que le ha sido dado en la Iglesia, el Magiste-rio tiene como misi贸n proponer la ense-帽anza del Evangelio, vigilar su integridad y proteger as铆 la fe del pueblo de Dios. Para llevar a cabo dicho mandato a veces se ve obligado a tomar medidas onerosas; por ejemplo cuando retira a un te贸logo, que se separa de la doctrina de la fe, la misi贸n can贸nica o el mandato de ense帽ar que le habla confiado, o bien cuando declara que algunos escritos no est谩n de acuerdo con esa doctrina. Obrando de esa manera quiere ser fiel a su misi贸n porque defiende el derecho del pueblo de Dios a recibir el mensaje de la Iglesia en su pureza e integridad y, por consiguiente, a no ser desconcertado por una opini贸n particular peligrosa.

En esas ocasiones, al final de un serio examen realizado de acuerdo con los procedimientos establecidos y despu茅s de que el interesado haya podido disipar los posibles malentendidos acerca de su pensamiento, el juicio que expresa el Magisterio no recae sobre la persona misma del te贸logo, sino sobre sus posi-ciones intelectuales expresadas p煤blica-mente. Aunque esos procedimientos puedan ser perfeccionados, no significa que est茅n en contra de la justicia o del derecho. Hablar en este caso de viola-ci贸n de los derechos humanos es algo fuera de lugar, porque se desconocer铆a la exacta jerarqu铆a de estos derechos, como tambi茅n la naturaleza misma de la comu-nidad eclesial y de su bien com煤n. Por lo dem谩s, el te贸logo, que no se encuen-tra en sinton铆a con el 鈥渟entire cum Ecclesia鈥, se coloca en contradicci贸n con el compromiso que libre y consciente-mente ha asumido de ense帽ar en nombre de la iglesia37.

38. Por 煤ltimo, el recurso al argumen-to del deber de seguir la propia concien-cia no puede legitimar el disenso. Ante todo porque ese deber se ejerce cuando la conciencia ilumina el juicio pr谩ctico en vista de la toma de una decisi贸n, mientras que aqu铆 se trata de la verdad de un enunciado doctrinal. Adem谩s, porque si el te贸logo, como todo fiel debe seguir su propia conciencia, est谩 obligado tambi茅n a formarla. La con-ciencia no constituye una facultad inde-pendiente e infalible. es un acto de juicio moral que se refiere a una opci贸n responsable. La conciencia recta es una conciencia debidamente iluminada por la fe y por la ley moral objetiva, y supone igualmente la rectitud de la voluntad en el seguimiento del verdadero bien.

La recta conciencia del te贸logo cat贸li-co supone consecuentemente la fe en la Palabra de Dios cuyas riquezas debe penetrar, pero tambi茅n el amor a la Igle-sia de la que ha recibido su misi贸n y el respeto al Magisterio asistido por Dios. Oponer un magisterio supremo de la conciencia al magisterio de la iglesia constituye la admisi贸n del principio del libre examen, incompatible con la econom铆a de la Revelaci贸n y de su trans-misi贸n en la iglesia, como tambi茅n con una concepci贸n correcta de la teolog铆a y de la misi贸n del te贸logo. Los enunciados de fe constituyen una herencia eclesial, y no el resultado de una investigaci贸n puramente individual y de una libre cr铆ti-ca de la Palabra de Dios. Separarse de los pastores que velan por mantener viva la tradici贸n apost贸lica, es compro-meter irreparablemente el nexo mismo con Cristo38.

39. La iglesia, que tiene su origen en la unidad del Padre y del Hijo y del Esp铆ritu Santo39, es un misterio de comuni贸n, organizada de acuerdo con la voluntad de su fundador en torno a una jerarqu铆a que ha sido establecida para el servicio del Evangelio y del pueblo de Dios que lo vive. A imagen de los miembros de la primera comuni-dad, todos ;os bautizados, con los caris-mas que les son propios, deben tender con sincero coraz贸n hacia una armoniosa unidad de doctrina, de vida y de culto (cf. Hch 2, 42). Esta es una regla que procede del ser mismo de la iglesia. Por tanto, no se puede aplicar pura y simple-mente a esta 煤ltima los criterios de con-ducta que tienen su raz贸n de ser en la sociedad civil o en las reglas de funcio-namiento de una democracia. Menos a煤n trat谩ndose de las relaciones dentro de la iglesia, se puede inspirar en la mentali-dad del medio ambiente (cf. Rm 12, 2). Preguntar a la opini贸n p煤blica mayori-taria lo que conviene pensar o hacer. recurrir a ejercer presiones de la opini贸n p煤blica contra el Magisterio, aducen como pretexto un 鈥渃onsenso鈥 de los te贸-logos, sostener que el te贸logo es el porta-voz prof茅tico de una 鈥渂ase鈥 o comuni-dad aut贸noma que ser铆a por lo tanto la 煤nica fuente de la verdad, todo ello denota una grave p茅rdida del sentido de la verdad y del sentido de iglesia.

40. La Iglesia es 鈥渃omo un sacramen-to 0 se帽al e instrumento de la 铆ntima uni贸n con Dios y de la unidad de todo el g茅nero humano鈥40. Por consiguien-te, buscar la concordia y la comuni贸n significa aumentar la fuerza de su testi-monio y credibilidad; ceder, en cambio, a la tentaci贸n del disenso es dejar que se desarrollen 鈥渇ermentos de infidelidad al Esp铆ritu Santo鈥41.

Aunque la teolog铆a y el Magisterio son de naturaleza diversa y tienen diferentes misiones que no pueden confundirse, se trata sin embargo de dos funciones vita-les en la iglesia, que deben compenetrar-se y enriquecerse rec铆procamente para el servicio del pueblo de Dios.

En virtud de la autoridad que han recibido de Cristo mismo, corresponde a los pastores custodiar esta unidad e impedir que las tensiones que surgen de la vida degeneren en divisiones. Su auto-ridad, trascendiendo las posiciones par-ticulares y las oposiciones, debe unificar-las en la integridad del Evangelio, que es 鈥渓a palabra de la reconciliaci贸n鈥 (cf. 2 Co 5 , 1 8-20) .

En cuanto a los te贸logos, en virtud del propio carisma, tambi茅n les corresponde participar en la edificaci贸n del Cuerpo de Cristo en la unidad y en la verdad y su colaboraci贸n es m谩s necesaria que nunca para una evangelizaci贸n a escala mundial, que requiere los esfuerzos de todo el pueblo de Dios42. Si ocurriera que encuentran dificultades por el car谩c-ter de su investigaci贸n, deben buscar la soluci贸n a trav茅s de un di谩logo franco con los pastores, en el esp铆ritu de verdad y de caridad propio de la comuni贸n de la iglesia.

41. Unos y otros siempre deben tener presente que Cristo es la Palabra definiti-va del Padre (cf. Hb 1, 2) en quien, como observa san Juan de la Cruz, 鈥淒ios nos ha dicho todo junto y de una sola vez鈥43 y que, como tal, es la Verdad que hace libres (cf. Jn 8, 36

14, 6). Los actos de adhesi贸n y de asenti-miento a la Palabra confiada a la iglesia bajo la gu铆a del Magisterio se refieren en definitiva a El e introducen en el campo de la verdadera libertad.

Conclusi贸n

42. La Virgen Mar铆a, Madre e imagen perfecta de la Iglesia, desde los comien-zos del Nuevo Testamento ha sido pro-clamada bienaventurada, debido a su adhesi贸n de fe inmediata y sin vacilacio-nes a la palabra de Dios (cf. Lc l, 38. 45), que conservaba y meditaba perma-nentemente en su coraz贸n (cf. Lc 2, 19. 51). Ella se ha convertido as铆 en modelo y apoyo para todo el pueblo de Dios con-fiado a su cuidado maternal. Le muestra el camino de la acogida y del servicio a la Palabra y, al mismo tiempo, el fin 煤ltimo que jam谩s debe perderse de vista: el anuncio a todos los hombres y la realizaci贸n de la salvaci贸n tra铆da al mun-do por su Hijo Jesucristo.

Al concluir esta instrucci贸n, la Congregaci贸n para la doctrina de la fe invita encarecidamente a los obispos a mante-ner y desarrollar relaciones de confianza con los te贸logos, compartiendo un esp铆ri-tu de acogida y de servicio a la Palabra y en comuni贸n de caridad, en cuyo con-texto se podr谩n superar m谩s f谩cilmente algunos obst谩culos inherentes a la condi-ci贸n humana en la tierra. De este modo todos podr谩n estar cada vez m谩s al servi-cio de la Palabra y al servicio del pueblo de Dios, para que este 煤ltimo, perseve-rando en la doctrina de la verdad y de la libertad escuchada desde el principio, permanezca tambi茅n en el Hijo y en el Padre y obtenga la vida eterna, realiza-ci贸n de la Promesa (cf. 1 Jn 2, 24-25).

El Sumo Pont铆fice Juan Pablo II durante la audiencia concedida al infras-cripto prefecto, ha aprobado esta instrucci贸n, acordada en reuni贸n ordinaria de esta Congregaci贸n, y ha ordenado su publicaci贸n.

Roma, en la sede de la Congregaci贸n para la doctrina de la fe, 24 de marzo de 1 990, solemnidad de la Ascensi贸n del Se帽or.

Cardenal Joseph RATZlNGER,
Prefecto

Alberto BOVONE,
Arzobispo titular de Cesarea di Numidia,
Secretario


1

Dei Verbum, n. 8.

2

Lumen gentium, n. 12.

3

Cf. san Buenaventura, Prooem. in I Sent., q. 2 ad 6: 鈥済uando fides non assentit propter rationem, sed propter amorem eius cui assentit, desiderat habere rationes鈥.

4

Cf. Juan Pablo II, Discurso con ocasi贸n de la entrega del 鈥減remio inter-nacional Pablo Vi鈥 al profesor Hans Urs von Balthasar, 23 de junio de 1984: L'Osservatore Romano, edici贸n en len-gua espa帽ola, 22 de julio de 1984, p谩g. 1.

5

Concilio Vaticano I, constituci贸n dogm谩tica De fide catholica, De revela-tione, can. 1: DS 3026.

6

Optatam totius, n. 15.

7

Juan Pablo II, Discurso a los te贸logos en Alt枚tling, 18 de noviembre de 1980: AAS 73 (1981) 104: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 30 de noviembre de 1980, p谩g. 10; cf. tambi茅n Pablo VI, Discurso a los miembros de la Comisi贸n teol贸gica internacional, 11 de octubre de 1972: AAS 64 (1972) 682-683. L鈥橭sservatore Romano edici贸n en lengua espa帽ola, 29 de octubre de 1972, p谩g. 9; Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Comisi贸n teol贸gica internacional, 26 de octubre de 1979: AAS 71 (1979) 1428-1433: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 23 de diciembre de 1979, p谩g. 7.

8

Dei Verbum, n. 7.

9

Cf. Congregaci贸n para la doctrina de la fe, declaraci贸n Mysterium Eccle-siae, n. 2: AAS 65 (1973) 398 s.: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa-帽ola, 15 de julio de 1973, p谩g. 9.

10

Cf. Dei Verbum, n. 10.

11

Lumen gentium, n. 24.

12

Cf. Dei Verbum, n. 10.

13

Cf. Lumen gentium, Congregaci贸n para la doctrina de la fe, declara-ci贸n Mysterium Ecclesiae, n. 3: AAS 65 (1973) 400 s.: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 15 de julio de 1973, p谩g. 9 s.

14

Cf. Professio Fidei et Iusiurandam fidelitatis: AAS 81 (1989) 104 s.: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa-帽ola, 5 de mayo de 1989, p谩g. 5: 鈥渙mnia et singula quae circa doctrinam de fide vel moribus ab eadem definitive propo-nuntur鈥.

15

Cf. Lumen gentium, n. 25; Congre-gaci贸n para la doctrina de la fe, declara-ci贸n Mysterium Ecclesiae, n煤ms. 3-5: AAS 65 (1973) 396-408: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 15 de julio de 1973, p谩g. 9 s.; Professio fidei et lusiurandum fidelitatis: AAS 81 (1989) 104 s.: L鈥橭sservatore Romano, edi-ci贸n en lengua espa帽ola, 5 de mayo de 1989, p谩g. 5.

16

Cf. Pablo VI, Humanae vitae, n. 4: AAS 60 (1968) 483.

17

Cf. Concilio Vaticano I, constitu-ci贸n dogm谩tica Dei Filius, cap. 2: DS 3005.

18

Cf. C.I.C. cc. 360-361; Pablo VI, Regimini Ecclesiae universae, 15 de agosto de 1967, n煤ms.. 2940: AAS 59 (1967) 897-899; Juan Pablo II. Pastor bonus, 28 de junio de 1988. arts. 48-55: AAS 80 (1988) 874-884: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola. 29 de enero de 1989, p谩gs. 9 ss.

19

Cf. Lumen gentium, nums. 22-23. Como es sabido, a continuaci贸n de la segunda asamblea general extraordinaria del S铆nodo de los obispos, el Santo Padre encarg贸 a la Congregaci贸n para los obispos profundizar el 鈥淓statuto teo-1ogico-jur铆dico de las Conferencias Episcopales鈥.

20

Cf. Pablo VI, Discurso a los parti-cipantes al Congreso internacional sobre la teolog铆a del Concilio Vaticano ll, 1 de octubre de 1966: A`IS 58 (1966) 892 s.

21

Cf. C.I.C., c. 833; Professio fidei et Iusiurandum fidelitatis: AAS 81 (1989) 104 s.: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 5 de mayo de 1989, p谩g. 5.

22

EL texto de la nueva profesi贸n de fe (cf. nota 15) precisa la adhesi贸n a estas ense帽anzas en los siguientes t茅rmi-nos: 鈥淔irmiter etiam amplector et re-tineo...鈥.

23

Cf. Lumen gentium, n. 25; C.I.C,. c. 752.

24

Cf. Lumen gentium, n. 25 par. 1.

25

Pablo VI, Paterna cum benevolen-tia, 8 de diciembre de 1974: AAS 67 (1975) 5-23: L'Osservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 22 de diciembre de 1974, p谩gs. 1-4. V茅ase tambi茅n Congre-gaci贸n para la doctrina de la fe, declara-ci贸n Mysterium Ecclesiae: AAS 65 (1973) 396-408: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 15 de julio de 1973, p谩gs. 9-11.

26

Cf. Dignitatis humanae, n. 10.

27

La idea de un 鈥渕agisterio parale-lo鈥 de los te贸logos en oposici贸n y rivali-dad con el magisterio de los pastores a veces se apoya en algunos textos en los que santo Tom谩s de Aquino distingue entre 鈥渕agisterium cathedrae pastoralis鈥 y 鈥渕agisterium cathedrae magisterialis鈥 (Contra impunuantes, c. 2; Quodlib. III, q. 4, a. 1 (9); In IV Sent., 19, 2, 2, q. 3 sol. 2 ad. 4). En realidad estos textos no ofrecen alg煤n fundamento para 1a mencionada posici贸n, porque santo Tom谩s est谩 absolutamente seguro de que el derecho de juzgar en materia doctrinal corresponde 煤nicamente al 鈥渙fficium praelationis鈥.

28

Cf. Pablo VI, Paterna cum benevo-lentia, n. 4: AAS 67 (1975) 14-15: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa-帽ola, 22 de diciembre de 1974, p谩g. 3

29

Cf. Pablo VI, Discurso a los miem-bros de la Comisi贸n teol贸gica internacional, 11 de octubre de 1973: AAS 65 ( 1973) 555-559: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 21 de octubre de 1973, p谩g. 9.

30

Cf. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 19: AAS 71 (1979) 308: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 18 de marzo de 1979, p谩g. 12; Discurso a los fieles de Managua, 4 de marzo de 1983, n. 7: AAS 75 (1983) 723: L'Osservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 13 de marzo de 1983, p谩g. 14; Discurso a los religiosos en Guatemala, 8 de marzo de 1983, n. 3: AAS 75 (1983) 746: L'Osservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 20 de marzo de 1983, p谩g. 9; Discurso a los obispos en Lima, 2 de febrero de 1985, n. 5: AAS 77 ( 1985) 874: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 17 de febrero de 1985, p谩g. 8; Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal belga en Malinas, 18 de mayo de 1985, n. 5: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 9 de junio de 1985, p谩g. 9; Discurso a algunos obispos esta-dounidenses en visita ad limina, 15 de octubre de 1988, n. 6: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 22 de enero de 1989. p谩g. 18.

31

Cf. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 5: AAS 74 (1982) 85-86: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en len-gua espa帽ola, 20 de diciembre de 1981, p谩gs. 5 s.

32

Cf. la f贸rmula del Concilio de Trento, sess. VI, cap. 9: fides 鈥渃ui non potest subesse falsum鈥: DS 1534. cf. santo Tom谩s de Aquino, Summa Theolo-giae, II-II, q. 1, a. 3, ad 3: 鈥淧ossibile est enim hominem fidelem ex coniectura humana falsum aliquid aestimare. Sed quad ex fide falsum aestimet, hoc est impossibile鈥.

33

Cf. Lumen gentium, n. 12.

34

Cf. Dei Verbum, n. 10.

35

Dignitatis humanare, n煤ms. 9-10.

36

Ib., n. 1.

37

Cf. Juan Pablo II, Sapientia chris-tiana, 15 de abril de 1979, n. 27, 1 : AAS 71 (1979) 483. L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 3 de junio de 1979, p谩g. 9; C.I.C., c. 812.

38

Cf. Pablo VI, Paterna cum benevo-lentia, n. 4: AAS 67 (1975) 15: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 22 de diciembre de 1974, p谩g. 3.

39

Cf. Lumen gentium, n. 4.

40

Ib., n. 1.

41

Pablo VI, Paterna cum benevolen-tia, n煤ms. 2-3: AAS 67 (1975) 10-11: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 22 de diciembre de 1974, p谩g. 3.

42

Cf. Juan Pablo II, Christifideles laici, n煤ms. 32-35: AAS 81 (1989) 451-459: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en len-gua espa帽ola, 5 de febrero de 1989, p谩gs. 12 s.

43

San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, II 22, 3.

漏 Copyright 2001. BIBLIOTECA ELECTR脫NICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versi贸n electr贸nica de este documento ha sido realizada integralmente por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos losderechos reservados. La -BEC- est谩 protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par谩metros para su uso. Patrimonio cultural com煤n. Hecho el dep贸sito legal.


Dise帽o web :: Hosting Cat贸lico