Colección de documentos y discursos del Santo Padre Pío XII sobre el tema de la familia cristiana.
24 de Mayo de 1939. (DR. I, 1317.)
Nos sentimos verdaderamente contentos y profundamente conmovidos al ver que habéis venido a Nos, queridos esposos, después que en la bendición nupcial habéis santificado y consagrado, vuestro afecto, y habéis depositado a los píes del altar la promesa de una vida cada vez más intensamente cristiana. Porque de ahora en adelante debéis sentires doblemente obligados a vivir como verdaderos cristianos: Dios quiere que los esposos sean cónyuges cristianos y padres cristianos.
Hasta ayer habéis sido hijos de familia sujetos a los deberes propios de los hijos: pero desde el instante de vuestro matrimonio habéis venido a ser fundadores de nuevas familias: de tantas familias cuantas son las parejas de esposos que Nos rodean.
Nuevas familias destinadas a alimentar un porvenir que se pierde en los misterios de la Divina Providencia: destinadas a alimentar la sociedad civil con buenos ciudadanos, que procuren solícitamente a la sociedad misma aquella salvación y aquella seguridad de las que quizás nunca se ha sentido tan necesitada como ahora: destinadas igualmente a alimentar la Iglesia de Jesucristo, porque es de las nuevas familias de donde la Iglesia espera nuevos hijos de Dios, obedientes a sus santísimas leyes: destinadas, en fin, a preparar nuevos ciudadanos para la patria celeste, cuando termine esta vida temporal.
Pero todos estos grandes bienes, que en el nuevo estado de vida estáis llamados a producir, solamente podréis prometéroslos si vivís como esposos y padres cristianos.
Vivir cristianamente en el matrimonio significa cumplir con fidelidad, además de todos los deberes comunes a todo cristiano y a todo hijo de la Iglesia Católica, las obligaciones propias s del estado conyugal. El Apóstol San Pablo, escribiendo a los primeros esposos cristianos de Éfeso, ponía de relieve sus mutuos deberes, y les exhortaba enérgicamente de este modo: "Esposas, estad sujetas a vuestros maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la esposa, como Cristo es cabeza de la Iglesia". "Esposos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y dio su vida por ella". "Y vosotros, oh padres", continuaba el Apóstol, "no provoquéis a ira a vuestros hijos: antes educadlos en la disciplina y en las enseñanzas del Señor".
Al recordaros, amados esposos, la observancia de estos deberes, os auguramos toda clase de bienes: y os impartimos aquella bendición que habéis venido a pedir al Vicario de Cristo, y que deseamos descienda copiosa tanto sobre las familias de que procedéis cuanto sobre las nuevas a las que dais principio.
31 de Mayo de 1939. (DR., I 143.)
Al dirigir, como de costumbre, nuestro paterno saludo en primer lugar a los recién casados, no podemos hoy menos de reclamar su atención sobre una especial circunstancia de esta audiencia pública, de la cual son ellos una parte tan importante.
Está a punto de terminar el mes de María, que vosotros, amados hijos, siguiendo la piadosa tradición de He aquí, amados hijos, hasta todo el pueblo cristiano, habéis pasado rindiendo obsequios particulares y más devotos a la Santísima Virgen: mes en el que respondiendo con fervoroso anhelo a nuestro llamamiento, os habéis unido a Nos en la oración por la paz del mundo.
Es cierto que está para acabar el mes de María: pero no debe terminar en vuestros corazones, ni disminuir en vosotros la devoción, tan saludable y suave, hacia la Madre de Dios; puesto que de la constante fidelidad en practicarla es de donde sobre todo os podréis prometer los frutos más preciosos de bendiciones y de gracias.
Que quede ella por lo tanto en las manifestaciones públicas y en la vida privada, en el templo y entre las paredes domésticas. A María el tributo diario cíe vuestra veneración y de vuestras plegarias, el homenaje de vuestra filial confianza y ternura cono a Madre de piedad y de misericordia.
Pero no olvidéis, esposos cristianos, que la devoción a María, para que se pueda decir verdadera y eficaz, debe estar vivificada por la imitación de las virtudes de aquella que queréis honrar.
La Madre de Jesús es, en efecto, un perfectísimo modelo de las virtudes domésticas, de aquellas virtudes que deben embellecer el estado de los cónyuges cristianos. En María encontramos el afecto más puro, santo y fiel, hecho de sacrificio y de atenciones delicadas, a su santísimo esposo: en Ella la entrega completa y continua a los cuidados de la familia y de la casa: en Ella la perfecta fe y el amor hacia su hijo divino: en Ella la humildad que se manifestaba en la sumisión a José, en la inalterable paciencia y serenidad frente a las incomodidades de la pobreza y del trabajo, en la plena conformidad a las disposiciones, con frecuencia arduas y penosas, de la Divina Providencia, en la dulzura del trato interior, y en la caridad hacia todos aquellos que vivían junto a los santos muros de la casita de Nazareth.
He aquí, amados hijos, hasta qué punto debéis llevar vuestra devoción a María si queréis que ella constituya una fuente siempre viva de favores espirituales, y temporales y de verdadera felicidad: favores y felicidad que Nos pedimos para vosotros a la misma Santísima Virgen y de los cuales os damos una prenda en Nuestra paternal bendición.
7 de Junio de 1939. (DR. I, 167.)
Al proponernos invocas la abundancia de las bendiciones del cielo sobre los recién casados, nos sonríe el pensamiento de que, al menos para muchos de ellos -diríamos que para todos-, el rito nupcial habrá tenido su plenitud en la Comunión eucarística, según la piadosa costumbre de las bodas cristianas: pero en todo caso, aprovechando la fausta coincidencia de la fiesta del Corpus Christi que mañana celebra la Iglesia, queremos indicaros amados hijos, en la Santa Comunión un medio eficacísimo para conservar los benéficos frutos de la gracia recibida en el sacramento del matrimonio.
Toda alma cristiana necesita la Eucaristía, según la palabra de Nuestro Señor Jesucristo: "Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis la vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna".
La Comunión eucarística tiene, por tanto, como efecto suyo, alimentar la unión santificante y vivificante del alma con Dios, mantener y fortificar la vida espiritual e interior, impedir que en el viaje y en el combate terreno venga a faltar a los fieles aquella vida que les ha sido comunicada en el Bautismo.
Con estos bienes tan preciosos quiere Jesucristo enriquecer a las almas en la sagrada comunión; y felices aquellos que, secundando sus amorosas intenciones, saben valerse de este medio tan eficaz de santificación y de salud.
Pero de todos estos auxilios tienen particular necesidad los esposos y padres cristianos que, dándose cuenta, de la grave responsabilidad que han echado sobre sí, se han propuesto corresponder a ella con seriedad.
La familia necesita, como base suya, la íntima unión no sólo de los cuerpos sino sobre todo de las almas, unión hecha de amor y de paz mutua. Ahora bien, la Eucaristía es, según la bella expresión de San Agustín, signo de unión, vínculo de amor, "signum unitatis, vinculum caritatis", y une por eso y como que suelda entre sí los corazones.
Para sostener las cargas, las pruebas, los dolores comunes, a los que no puede sustraerse familia alguna, por bien ordenada que esté, os es necesaria una energía diaria: la Comunión Eucarística es generadora de fuerza, de valor, de paciencia, y con la suave alegría que difunde en las almas bien dispuestas, hace sentir aquella serenidad que es el tesoro más precioso del hogar doméstico.
Pensamos con gozo, amados hijos, que cuando volváis a vuestras ciudades, a vuestras campiñas, a. vuestras parroquias, daréis este bello y edificante espectáculo de acercaros con frecuencia a la Sagrada Mesa y volveréis de la Iglesia a vuestras casas llevando al hogar doméstico a Jesús y con Jesús toda clase de bienes.
Vendrán luego los hijos, los pequeños que vosotros educaréis y formaréis en vuestra misma fe, en la fe y en el amor de la Eucaristía; y les acercaréis en edad temprana a la Comunión, persuadidos de que no existe medio mejor de salvaguardar la inocencia de vuestros niños: y les conduciréis con vosotros al altar para recibir a Jesús, y vuestro ejemplo será para ellos la lección más elocuente y persuasiva. Pensamos con gozó todo esto, y os lo auguramos, esposos cristianos: y para que este augurio sea una consoladora realidad; os damos como prenda de ella la bendición paterna que de corazón os impartimos.
21 de Junio de 1939. (DR. I, 201.)
Con verdadera alegría notamos este número siempre considerable de recién casados, que vienen a los pies del Vicario de Cristo para pedir de él una bendición que les acompañe en el camino radiante que se abre ante sus esperanzas. Deseamos sinceramente y auguramos que estas bellas, alegres y santas esperanzas se hagan realidad en un porvenir de felicidad verdadera y perfecta, no sólo para ellos, tino pira los hijos que la Providencia les mande, ya que ellos no viven sólo para sí mismos, sino para los que de ellos han de nacer. Los esposos verdaderamente cristianos, viven, quieren vivir y sienten deber vivir especialmente para el bien de sus hijos, sabiendo siempre que su bienestar personal dependerá finalmente del de sus hijos.
Ahora bien, queridos recién casados, la felicidad de vuestros hijos está, al menos en parte, en vuestras manos, pues está en relación estrecha con la educación que deis a vuestros hijos desde los albores de su vida, dentro de las paredes domésticas.
Precisamente hoy celebramos la fiesta de San Luis Gonzaga, gloria brillantísima de la juventud cristiana.
No hay duda que la gracia de Dios previno y acompañó a esta alma privilegiada, con dones extraordinarios, desde los primeros años; pero no es menos cierto que, Dios encontró una atenta- delicada e industriosa cooperadora en Doña Marta: la madre afortunadísima de nuestro amable Santo. ¡Tanto puede una madre que siente toda la sublimidad de su misión educadora!.
Y para ayudares en el cumplimiento de esta misión, nos place poner de relieve a este angélico joven como modelo que debéis proponer a los hijos que el Señor os dé, y como Patrono a cuya tutela confiéis estas queridas prendas de vuestro amor. Cierto que han cambiado los tiempos, han mudado las costumbres, han variado aspectos y métodos de educación; pero la verdadera y genuina figura de Luis Gonzaga queda y quedará siempre como sublime modelo cuyos ejemplos y rasgos se adaptan a los jóvenes de todos los tiempos. Por eso Nuestro predecesor Pío XI, de venerable memoria, confirmando cuanto ya habían decretado Benedicto XIII y León XIII, quiso nueva y solemnemente proclamar a Luis Gonzaga como Patrono celestial de toda la juventud cristiana. Y al convocar a esta electísima parte de la familia cristiana bajo la tutela y protección de aquél, le exhortaba vivamente y le rogaba paternalmente que tuviese fijos sus ojos en este joven maravilloso, ejemplar de naturaleza y de gracia, que consagraba a la rápida conquista de una consumada santidad, vivacidad de ingenio, vigor de carácter, fuerza de voluntad, fervor de obras, generosidad de renuncia, hecho un verdadero ángel de pureza y un verdadero mártir de caridad.
Id hoy, si os es posible, a la Iglesia de San Ignacio, aquí en Roma, y arrodillados junto a la urna que encierra los sagrados huesos de San Luis, rogadle que quiera recibir desde ahora bajo su protección a los hijos que esperáis de Dios.
Nos os acompañaremos con el pensamiento y el corazón a aquella tumba venerada, ante la cual hemos orado personalmente tantas veces, especialmente cuando siendo joven, frecuentábamos las aulas escolares del vecino Colegio Romano, testigo de la santa vida y de la preciosa muerte de Luis Gonzaga.
Que Nuestra bendición sea auspicio de aquellas gracias que de corazón pedimos para vosotros, por la intercesión de este angélico santo a quien se ha reservado en la Iglesia una perenne misión en favor de la juventud.
15 de Noviembre de 1939. (DR. I, 399.)
Habéis venido a Roma, queridos recién casados, precisamente en la semana en que la Iglesia conmemora la dedicación de las basílicas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que sin duda habéis visitado ya o que no dejaréis de visitar. El término "basílica" significa originariamente "la casa del rey", y la dedicación es el rito solemne con el que un templo se consagra a Dios, Rey y Señor supremo, para hacer de él su morada, adscribiéndolo a especiales misterios o santos, en cuya memoria u honor ha sido edificado.
Cierto es, que las maravillosas basílicas no son con todo ello dignas de acoger al Rey de reyes. Sin embargo, bien lo sabéis, Él no se desdeña de vivir acaso en pobres capillas, en miserables chozas de las misiones. Pensad en tan grande dignación y en tanto amor, vosotros que habéis venido a recibir del Vicario de Cristo una bendición especial para vosotros mismos y para el nuevo hogar doméstico.
Recordad lo que desde la infancia decía a vuestro corazón esta palabra: ¡la casa! Allí estaba todo vuestro amor, concentrado en un padre, en una madre, en, los hermanos, en las hermanas. Uno de los más grandes sacrificios que Dios pide a un alma, cuando la llama a un estado superior de perfección, es el de dejar la casa: "Escucha, oh hijo... olvida la casa de tu padre"1. "El que hubiere abandonado su casa… por amor de mi nombre… tendrá la vida eterna"2.
Ahora bien, también a vosotros, que camináis por la vía ordinaria de los mandamientos, un amor nuevo e imperioso os hizo un día sentir su llamada: deja —os dijo a cada uno de vosotros— la casa de tu padre, porque tú debes fundar otra que será la "tuya". Y desde entonces, vuestro ardiente deseo ha sido encontrar, establecer lo que para vosotros será "la casa".
Porque, como dice la Sagrada Escritura, "la suma de la vida humana es... el pan, el vestido y la casa". No tener casa, estar sin techo y sin hogar, como sin embargo están no peces infelices, ¿no es acaso el símbolo de la máxima angustia y miseria? Sin embargo, vosotros recordáis ciertamente que Jesús, nuestro Salvador conoció las dulzuras de la casa familiar bajo el humilde techo de Nazareth, quiso después, durante su vida apostólica, ser como un hombre sin casa: "Las raposas, decía Él, tienen sus madrigueras, y los pájaros del aire sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde posar la cabeza"3.
Considerando este ejemplo del Divino Redentor, vosotros aceptaréis más fácilmente las condiciones de vuestra vida, aunque ellas no correspondieran por ahora o en todos los detalles a lo que vosotros habéis soñado.
En todo caso, poned cuidado exquisito, especialmente vosotras, jóvenes esposas, en hacer amable, íntima, la morada propia; en hacer reinar en ella la paz, con la armonía de dos corazones lealmente fieles a sus promesas, y después, si Dios quiere, con una alegre y gloriosa corona de hijos. Ya hace mucho tiempo que Salomón, desengañado y convencido de la vanidad de las riquezas terrenas, habla dicho: "Más vale un mendrugo de pan seco con paz, que una casa llena de carne, con discordia".
Pero no olvidéis que todos los esfuerzos serán vanos y que no encontraréis la felicidad de vuestro hogar, si Dios no edifica la casa con vosotros, para vivir allí con su gracia. También vosotros debéis hacer, por decirlo así, la dedicación de esta "basílica", esto es, debéis consagrar a Dios, bajo la invocación de la Virgen Santísima y de vuestros santos patronos, vuestro pequeño templo familiar, donde el mutuo amor debe ser el rey pacifico, en la observancia fiel de los preceptos divinos.
Con tal augurio de verdadera y cristiana felicidad, y como prenda de los favores celestes, Os impartimos de todo corazón queridos recién casados, nuestra paterna Bendición Apostólica.
6 de Diciembre de 1939. (DR. I, 411.)
Unidos recientemente por sagradas promesas, a las que corresponden nuevos y graves deberes, habéis venido, queridos recién casados, junto al Padre común de los fieles, para recibir sus exhortaciones y su bendición. Y queremos hoy dirigir vuestras miradas hacia la dulcísima Virgen María, cuya fiesta de la Inmaculada Concepción celebrará pasado mañana la Iglesia; título suavísimo, preludio de todas sus otras glorias, y privilegio único, hasta el punto de que parece como identificado con su misma persona: "Yo soy, dijo Ella a Santa Bernardita en la Gruta de Massabielle, yo soy la Inmaculada Concepción".
¡Un alma inmaculada! ¿Quién de vosotros, al menos en sus mejores momentos, no ha deseado serlo? ¿Quién no ama lo que es puro y sin mancha? ¿Quién no admira la blancura de los lirios que se miran en el cristal de un límpido lago, y las cimas nevadas que reflejan el azul del firmamento? ¿Quién no envidia el alma cándida de una Inés, de un Luis Gonzaga, de una Teresa del Niño Jesús?
El hombre y la mujer eran inmaculados cuando salieron de las manos creadoras de Dios. Manchados después por el pecado, debieron comenzar, con el sacrificio expiatorio de víctimas sin mancha, la obra de la purificación, que sólo hizo eficazmente redentora la "sangre preciosa de Cristo, como de cordero inmaculado e incontaminado"4. Y Jesucristo, para continuar su obra, quiso que la Iglesia, su esposa mística, fuese "sin mancha ni arruga . . . sino santa e inmaculada"5. Ahora bien, queridos recién casados, tal es el modelo que el gran Apóstol San Pablo os propone: "Oh hombres, advierte él, amad `a la Iglesia6. Porque lo que hace grande al sacramento del matrimonio es su relación a la unión de Cristo y de la Iglesia"7.
Acaso pensaréis que la idea de una pureza sin mancha se aplica exclusivamente a la virginidad, ideal sublime al que Dios no llama a todos los cristianos, sólo alas almas elegidas. Estas almas las conocéis vosotros, pero aun mirándolas, no habéis creída que esa fuese vuestra vocación. Sin tender al extremo de la renuncia total a los gozos terrestres, vosotros, siguiendo la vía ordinaria de los mandamientos, tenéis el legítimo anhelo de veros circundados por una gloriosa corona de hijos, fruto de vuestra unión. Pero también el estado matrimonial, querido por Dios para el común de los hombres, puede y debe tener su pureza sin mancha.
Es inmaculado ante Dios todo el que cumple con fidelidad y sin negligencia las obligaciones del propio estado. Dios no llama a todos sus hijos al estado de perfección, pero les invita a todos ellos a la perfección en su estado: "Sed perfectos, decía Jesús, como es perfecto vuestro Padre Celestial"8. Los deberes de la castidad conyugal, ya los conocéis. Exigen una valentía real, a veces heroica, y una confianza final en la providencia; pero la gracia del sacramento se os ha dado precisamente para hacer frente a estos deberes. No os dejéis, por lo tanto, desviar, por pretextos demasiado en boga y por ejemplos por desgracia demasiado frecuentes.
Escuchad más bien los consejos del ángel Rafael al joven Tobías, que dudaba de tomar por mujer a la virtuosa Sara: "Escúchame, y yo te enseñaré quiénes son aquellos sobre los que el demonio tiene poder: son aquellos que abrazan el matrimonio arrojando a Dios de sí y de sus corazones"9. Y Tobías, iluminado por esta angélica exhortación, dijo a su joven esposa: "Nosotros somos hijos de santos, y no podemos unirnos como los gentiles que no conocen a Dios"10. No olvidéis nunca que el amor cristiano tiene un fin mucho más elevado que el que puede constituir urca fugaz satisfacción.
Escuchad, en fin, la voz de vuestra conciencia, que os repite interiormente la orden dada por Dios a la primera pareja humana: "creced y multiplicaos"11. Entonces, según la expresión de San Pablo "el matrimonio será en todo honrado, y el tálamo sin mancha"12. Pedid esta gracia especial a la Virgen Santísima, en el día de su próxima fiesta.
Tanto más cuanto que María fue inmaculada desde su concepción para venir a ser dignamente Madre del Salvador. Por eso la Iglesia ora así en su liturgia, donde resuena el eco de sus dogmas: "Oh Dios, que por la inmaculada concepción de la Virgen -preparaste á tu Hijo una morada digna dé Él..."13. Esta Virgen inmaculada, que llegó a ser madre por otro único y divino privilegio, puede, por lo tanto, comprender vuestros deseos de pureza interna y vuestra aspiración a los gozos de la familia. Cuanto vuestra unión sea más santa y apartada del pecado, tanto más os bendecirán Dios y su purísima Madre, hasta el día en que la Bondad suprema una -para siempre en el Cielo a aquellos que se han amado cristianamente en este mundo.
Con tal augurio, y como prenda de los más abundantes favores divinos, os impartimos de corazón, queridos recién casados, así tamo a todos los otros fieles aquí presentes, la bendición apostólica.
10 de Enero de 1940. (DR. I, 475.)
La Iglesia, durante la octava solemne de la Epifanía, repite en su liturgia las palabras de los Magos: "Hemos visto en Oriente la estrella del Señor, y hemos venido con dones a adorarle". También vosotros, queridos recién casados, cuando os prometíais ante Dios al pie del Altar, visteis un firmamento lleno de estrellas que iluminaban vuestro porvenir de radiantes esperanzas, y ahora habéis venido aquí para honrar a Dios y recibir la bendición de su Vicario en la tierra, trayendo ricos dones.
¿Cuáles son estos dones? Nos sabemos bien que vuestro equipaje no presenta el lujo que la tradición y el arte de los siglos atribuyen a los Reyes Magos: séquito de siervos, animales suntuosamente enjaezados, mantos, raras esencias y, como dones para el niño Jesús, el oro, probablemente de Ofir, que ya Salomón apreciaba, el incienso y la mirra: dones recibidos de Dios, porque todo lo que una criatura puede ofrecer es un don del Creador. También vosotros habéis recibido de Dios, en el matrimonio cristiano, tres bienes, preciosos enumerados por San Agustín: la fidelidad conyugal (''Fides''), la gracia sacramental ("Sacramentum"), la procreación de los hijos ("Proles"): tres bienes que a vuestra vez debéis ofrecer a Dios, tres dones simbolizados en las ofrendas de los Magos.
I. - Vuestra fidelidad es vuestro oro, o más bien un tesoro preferible a todo el oro del mundo. El sacramento del matrimonio os da los medios de poseer y aumentar este tesoro: ofrecedlo a Dios para que os ayude a conservarlo mejor. El oro es, por su belleza, por su brillo, par su inalterabilidad, el más precioso de los metales; su valor sirve de base y de medida para todas las otras riquezas. De igual manera, la fidelidad conyugal es la base y la medida de toda la felicidad del hogar doméstico. En el templo de Salomón, para evitar la alteración de los materiales, lo mismo que para embellecer el conjunto, no existía parte alguna que no estuviera re cubierta de oro. De igual modo, el oro de la felicidad, para asegurar la solidez y el esplendor de la unión conyugal, debe como revestirla y envolverla toda entera. El oro, para conservar su belleza y su brillo, debe ser puro. De igual manera, la fidelidad entre los esposos debe ser íntegra e incontaminada; si comienza a alterarse, se ha terminado la confianza, la paz, la felicidad. Digno de lástima es el oro —como gemía el Profeta— que se ha oscurecido y ha perdido su color esplendente; pero más dignos de llanto son todavía los esposos cuya fidelidad se corrompe; su oro, diremos con Ezequiel, se convierte en inmundicia; todo el tesoro de su bella concordia se disgrega en una desoladora mezcolanza de sospechas, de desconfianzas, de reproches, para terminar con demasiada frecuencia en males irreparables. Por eso vuestra primera ofrenda al Dios recién nacido, debe ser la resolución de una constante y atenta fidelidad a vuestras promesas matrimoniales.
II. - Los Magos llevaban también a Jesús oloroso incienso. Con el oro le habían honrado como a Rey; con el incienso rendían homenaje a su divinidad. También vosotros, esposos cristianos, tenéis una rica oferta de suave, perfume que hacer a Dios, y para el cual el sacramento del matrimonio os aporta los medios necesarios. Este perfume que esparcirá una dulce fragancia en toda vuestra vida, y que hará de vuestras obras diarias, hasta de las más humildes, actos capaces de procuraros en el cielo la visión intuitiva de Dios, este incienso invisible, pero real, es la gracia sobrenatural. Tal gracia, que se os ha conferido con el bautismo, renovado con la penitencia, aumentado con la eucaristía, os la han dada por un titulo especial en el sacramento del matrimonio, con nuevos auxilios correspondientes a vuestros nuevos deberes. Y así vosotros sois más ricos todavía que los Magos. El estado de gracia es más que un suave perfume, por muy puro y penetrante que éste sea, que da a vuestra vida natural un aroma celeste; es una verdadera elevación de vuestras almas al orden sobrenatural, que os hace partícipes de la naturaleza divina. ¡Qué cuidado debéis, pues, de tener para conservar y también para aumentar semejante tesoro! Ofreciéndolo a Dios no lo perdéis, sino más bien lo confiáis al mejor y más seguro guardián.
III. - Finalmente les Magos, queriendo honrar en Jesús no sólo a un rey y a un Dios, sino también a un hombre, le presentaron como regalo la mirra, es decir, una especie de gama resinosa, de la que los antiguos, especialmente los egipcios, se servían para conservar los restos de aquellos que habían amado. Acaso os mostréis sorprendidos de que en este aroma veamos Nos el símbolo de vuestra tercera ofrenda, del tercer bien del matrimonio cristiano, que es el deber y el honor de la role. Pero notad que en toda nueva generación continúa y se prolonga la línea hereditaria. Los hijos son la imagen viviente y como la resurrección de los antepasados, que a través de la generación presente tienden la mano a la de mañana. En ellos veréis revivir y actuar ante vosotros, aun con los mismos rasgos del rostro y de la fisonomía moral, y especialmente con sus tradiciones de fe, de honor y de virtud, la doble serie de vuestros antepasados. En este sentido, la mirra conserva, perpetúa, renueva incesantemente la vida de una familia. Porque la familia es como un árbol de tronco robusto y de espeso follaje, del que cada generación forma una rama. Asegurar la continuidad de su crecimiento es un honor tal, que las familias más nobles y más ilustres son aquellas cuyo árbol genealógico extiende más profundamente sus raíces en la tierra hereditaria.
Es cierto que el cumplimiento de este deber tiene sus dificultades, acaso mayores que las de los precedentes. La mirra, esta substancia conservadora y preservadora, es de sabor amargo; los naturalistas, comenzando por Plinio, lo enseñan, y su propio nombre lo insinúa. Pero esta amargura no hace sino aumentar sus virtudes benéficas. En el Antiguo Testamento se ve usada como perfume; sus flores son un símbolo de amor puro y ardiente. En el santo Evangelio se lee que los soldados dieron a beber al divino Crucificado vino mezclado con mirra14, bebida que se solía dar a los ajusticiados para atenuar algún tanto sus dolores. Otros tantos simbolismos que podéis meditar.
Para no citar sino uno solo: las innegables dificultades que una bella corona de hijos lleva consigo, sobre todo en nuestros tiempos de vida cara y en familias poco acomodadas, exigen coraje, sacrificios, a veces heroísmos. Pero como la amargura saludable de la mirra, esta aspereza temporal de los deberes conyugales preserva ante todo a los esposos de una grave culpa, fuente funesta de ruina para las familias y para las naciones. Además, estas mismas dificultades animosamente afrontadas, les aseguran la conservación de la gracia sacramental y una abundancia de socorros divinos. Finalmente, ellas alejan del hogar doméstico los elementos envenenados de disgregación, como son el egoísmo, la constante busca del bienestar, la falsa y viciada educación de una prole voluntariamente restringida. ¡Cuántos ejemplos en torno a vosotros os harán ver un manantial, incluso natural, de alegrías y de mutuo ánimo, en los esfuerzos que tienen que llevar a cabo los padres para procurar el alimento cotidiano a una querida y numerosa pollada nacida a la luz, bajo la mirada de Dios, en el nido familiar!.
Éstos son, queridos recién casados, los tesoros que, habéis recibido de Dios, y que en esta semana de la Epifanía podéis vosotros mismos ofrecer al celeste Niño del pesebre, can la promesa de cumplir animosamente los deberes del matrimonio.
31 de Enero de 1940. (DR. I, 501.)
Hace ahora más de un siglo, vivía can sus dos hermanos, en un modesto caserío del Piamonte, un niño de condición bien modesta. Precozmente huérfano de padre, no tuvo él, que había luego de ser llamado padre de los huérfanos, sino los cuidados maternos. Con cuánta sabiduría educó esta aldeana sencilla a su hijo, sin más instrucción que la guía del Espíritu Santo, en el sentido más comploto y más elevado de la palabra educación, se puede decir que la Iglesia misma lo ha reconocido, elevando a los altares a aquel cuya fiesta se celebra hoy con el nombre de San Juan Bosco. Este humilde sacerdote, que vino a ser más tarde una de las glorias más puras de la Iglesia y de Italia, fue un maravilloso educador, y por eso su vida os ofrece, amados hijos e hijas, futuros padres y madres de familia, las más útiles y saludables lecciones.
Cuando Dios confía un niño a los esposos cristianos, parece como repetirles lo que la hija del Faraón dijo a la madre del pequeño Moisés: "Toma este niño y edúcamelo". Los padres son en la intención divina, los primeros educadores de sus hijos. Conviene, sin embargo, reconocer que en las actuales condiciones de la vida social, la urgente preocupación del pan cotidiano les hace a veces difícil el pleno cumplimiento de un deber tan esencial.
Esa misma era la situación cuando Juan Bosco cuidaba ya de ayudar, y cuando era preciso, de sustituir a los padres en este su grave oficio. Que él estaba providencialmente destinado a esa misión, su corazón se lo decía con una atracción precoz; su alma tuvo como una revelación de ello en un sueño de sus primeros años, en el cual vio animales salvajes cambiados súbitamente en mansos corderos que él conducía dóciles al pasto. Para conocer cómo realizó este sueño, viene bien recordar la educación que recibió y la que dio la una está en él unida a la otra; la madre que él tuvo explica en gran parte cómo fue padre para los demás.
Don Bosco, al fundar su primera casa de educación y de enseñanza, quiso llamarla "no laboratorio, sino oratorio", como él mismo dijo, porque intentaba crear ante todo un lugar de oración, "una pequeña iglesia donde reunir a los muchachos". Pero su ideal era precisamente que el oratorio viniese a ser, para los chicos allí recogidos, como un hogar doméstico. ¿No era eso acaso por lo que "mamá Margarita" había hecho para él de la casita de los Becchi una especie de oratorio?. Imaginaos allí a la joven viuda con los tres niños arrodillados para la oración de la mañana y de la noche; vedes semejantes a pequeños angelitos con sus vestidos de fiesta que ella ha sacado con exquisito cuidado del armario, dirigirse a la aldea de Murialdo para asistir a la santa misa. Al mediodía, después de la frugal refección en que el único dulce era un trozo de pan bendito, vedlos reunidos en torno a ella. Ella les recuerda los mandamientos de Dios y de la Iglesia; las grandes lecciones del Catecismo, los medios de salvación; después cuenta, con la delicada poesía de las almas puras y de las imaginaciones populares, la trágica historia del dulce Abel y del malvado Caín, el idilio de Isaac y de Rebeca, eI misterio inefable de Belén, la dolorosa muerte del buen Jesús, puesto en cruz sobre el Calvario; ¿quién puede medir la influencia profunda de las primeras enseñanzas maternas?. A ellas atribuía Don Bosco, una vez sacerdote, su tierna y confiada devoción hacia María Santísima y la Hostia Divina, que otro sueño le mostró más tarde como las dos columnas a las cuales debían anclarse las almas de sus alumnos, sacudidas como frágiles naves en el mar tempestuoso del mundo, para encontrar la salvación de la paz.
La religión es, pues, el primer fundamento de una buena educación. Pero a ella quería Don Bosco que estuviese asociada la razón, la razón iluminada por la fe: esta verdadera razón, como indica el origen mismo de la palabra latina "ratio", consiste, sobre todo, en la medida y en la prudencia, en el equilibrio y en la equidad. ¿Sería por ejemplo, coherente, querer corregir en un niño los defectos en que diariamente se incurre ante él? ¿Quererlo sumiso y obediente si en su presencia se critica a los jefes, a los superiores eclesiásticas y civiles, si se desobedece a las órdenes de Dios o a las leyes justas del Estado? ¿Sería razonable querer que vuestros hijos sean leales, si vosotros sois maliciosos; sinceros, si vos otros sois mentirosos; generosos, si vosotros sois egoístas; caritativos, si vosotros sois violentos y coléricos?
La mejor lección es siempre la del ejemplo. En el caserío de los Becchi "mamá Margarita" no hacía demasiadas exhortaciones al trabajo. Mas, como había desaparecido el jefe de familia, la animosa viuda ponía ella misma su mano al arado, a la hoz, a los aparejos, y con su ejemplo -según leemos- cansaba a los mismos hombres contratados en tiempo de la siega y de la trilla. Formado en esta escuela, el pequeño Juan, a la edad de cuatro años, tomaba ya parte en el trabajo común cardando cáñamo, y cuando ya era anciano, consagraba todo el tiempo al trabajo dando únicamente cinco horas al sueño y hasta velando una noche entera cada semana. En esto, hace falta confesarlo, sobrepasaba los justos límites de la razón humana. Pero la razón sobrenatural de los santos admite, sin imponerlos a los demás, estos excesos de generosidad, porque su sabiduría está inspirada por el insaciable deseo de ser gratos a Dios, y su ardor está estimulado por un filial temor de disgustarle y por un vivísimo anhelo de bien.
¡Disgustar a un padre o a una madre: supremo dolor de un niño bien educado! Esto es lo que Juan Bosco había aprendido en su hogar doméstico, donde un ligero ademán, una mirada entristecida de la madre, bastaban para hacerlo arrepentirse de un primer movimiento de enfado infantil. Por eso quería él que el educador utilizase como principal medio de acción una solicitud constante, animada por una ternura verdaderamente paterna. De igual modo deben los padres dar a los hijos el tiempo mejor de que dispongan, en lugar de disiparlo lejos de ellos, en distracciones peligrosas o en lugares a donde se sonrojarían de conducirlos.
Con este amor dirigido por la razón, y con esta razón iluminada por el espíritu de fe, la educación familiar no estará sujeta a aquellos deplorables vuelcos que con frecuencia la comprometen: alternativas de una debilidad indulgente y de una severidad ruda: el paso de una condescendencia culpable que deja al niño sin guía, a la corrección violenta que le deja sin socorro. Al contrario, la ternura experimentada de un padre o de una madre, a la que corresponda la confianza filial, distribuye con igual moderación, porque es dueña de sí misma, y con igual éxito, porque posee el corazón de sus hijos, los elogios merecidos y los reproches necesarios.
"Trata de hacerte amar —decía San Juan Bosco— y entonces te harás obedecer con toda facilidad". Que podáis también vosotros, recién casados, futuros padres y madres de familia, reproducir en vuestras casas algo de este santo ideal.
27 de Marzo de 1940. (DR. XI, 43.)
Os saludamos paternalmente, queridos recién casados, ante los cuales se abre la vida como un sendero florido. Pero bien sabéis que este camino si es cierto que es conduce ahora entre flores primaverales, a través de soleados valles, tendrá también para vosotros, como para todos, sus ascensiones ásperas, sus bajadas peligrosas, atase hasta sus horas de tormenta. Tened siempre vuestro cenáculo, un asilo de retiro y de oración en vuestro propio hogar doméstico.
Allí encontraréis el reposo después de las más duras jornadas, en la fidelidad a vuestras promesas y en la unión perfecta de vuestras almas: "Perseverantes unanimiter"; allá viviréis bajo la mirada de María: "cum... María matre Jesu", cuya imagen os reunirá cada noche para la oración en familia: "unanimiter in oratione". Mejor aún; toda vuestra vida personal y familiar puede resultar una oración incesante: "perseverantes unanimiter in oratione". El Apostolado de la Oración os da el medio para ello con la ofrenda de la mañana. Como la varita mágica de los cuentos de hadas, que cambia en oro todo lo que toca, esta ofrenda hecha por el cristiano en estado de gracia, y con la cual dirige a Dios todas sus obras por las grandes necesidades de la Iglesia y de las almas, puede elevar a la categoría de actos sobrenaturales de apostolado hasta las más pequeñas y modestas acciones. El aldeano con su arado, el empleado en su oficio, el comerciante en su mostrador, el ama de casa en su cocina, pueden ser, como lo hemos dicho ya, los colaboradores de Dios, que espera de ellos y cumple con ellos las humildes obras de los deberes de su estado.
Amados hijos: cuando Jesús, en el silencio del Cenáculo, pronunció las palabras: "Pax vobis": ¡La paz sea con vosotros!, los Apóstoles temblaron de espanto, aun teniendo las puertas bien cerradas: “cum... fores essent clausæ... propter metum judeorum”15.
La paz que no habían podido ellos gozar en su refugio, pero de la que serían luego anunciadores "usque ad ultimum terrae", hasta la extremidad del mundo, les acompañará en los viajes, en las pruebas, en el martirio. No será para ellos la paloma de las alas de plata que gime dulcemente en la fronda embalsamada; sino como el alción, que no hace su nido durante la tempestad, pero que cuando eleva su vuelo desde la cresta de las olas a lo alto de los palos del navío, parece decir al marinero aterrado la inutilidad de los esfuerzos y la inanidad de las agitaciones del hombre dejado a sí mismo, la potencia y la gozosa serenidad de la débil criatura que se abandona a su Creador.
¿Querrá el género humano comprender esta lección é buscar en un confiado retorno a Dios la reconquista de aquella paz cuyo pensamiento domina las mentes y los corazones como el recuerdo molesto de una felicidad perdida?. No pocos pueblos han perdido hoy la paz, porque sus profetas o sus gobernantes se han alejado de Dios y de su Cristo. Los unos, pregoneros de una cultura y de una política arreligiosa, cerrándose en el orgullo de la razón humana, "cum fores essent clausae!", han cerrado la puerta a la idea misma de lo divino y de lo sobrenatural, arrojando de la creación al Creador, removiendo de las escuelas y de las salas de los tribunales las imágenes del Divino Maestro crucificado, eliminando de las instituciones nacionales, sociales y familiares, toda mención del Evangelio, aunque no puedan, borrar sus profundas huellas. Los otros han huido lejos de Cristo y de su paz, renegando de siglos de civilización luminosa, benéfica y fraterna, para sumergirse en las tinieblas del paganismo antiguo o de idolatrías modernas. Ojalá puedan reconocer su error y comprender que Cristo, el Salvador, a pesar de las defecciones, de las apostasías y de los ultrajes, sigue siempre a su lado, con las manos extendidas y el corazón abierto, pronto a decirles: "Pax vobis'', si ellos, en un rasgo sincero y confiado, caen a sus pies con aquel grito de fe y de amor: "Dominus meus et Deus meus!"; ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28).
10 de Abril de 1940. (DR. XI, 63.)
Al acogeros junto a Nos, queridos recién casados, ¿cómo podría nuestro pensamiento no dirigirse hacia San José, castísimo esposo de la Virgen María, patrono de la Iglesia universal, cuya solemnidad celebra hoy la sagrada liturgia?. Si todos los cristianos tienen motivo para confiar en la protección de este glorioso patriarca, vos- otros tenéis ciertamente un título especial para tal gracia.
Todos les cristianes son hijos de la Iglesia. Esta sarta y dulcísima Madre, da a las almas, con el Bautismo, aquella misteriosa participación en la naturaleza divina, que se llama la gracia, y después de haberlos de este modo engendrado a la vida sobrenatural, no les abandona, sino que les procura, mediante los sacramentos, el alimento que y, desarrollará su vida. Así se le puede comparar con María, Nuestra Señora, de la cual tomó el Verbo la naturaleza humana, y que luego sostuvo y alimentó la vida de éste con cuidados maternos. Ahora bien, en cada uno de los hijos de la Iglesia debe estar formado Cristo, y todos deben tender a crecer “in virum perfectum, in mensuram aetatis plenitudinis Christi”16, hasta ser hombres perfectos, a la medida de la edad plena de Cristo.
Mas ¿quién velará sobre esta Madre y sobre este Jesús? Ya Io habéis comprendido: aquel que hace veinte fue llamado a ser el esposo de María, el padre legal de Jesús, el jefe de la Sagrada Familia. ¡Y qué solicitud puso en cumplir una misión tan sublime!. Bien quisiéramos saber que sus más menudas circunstancias; pero este predilecto de confianza divina, que debía servir como de velo al doble misterio de la encarnación del Verbo y de la maternidad virginal de María, parece quedar en su vida terrena como envuelto en una sombra. Sin embargo, Ios raros y breves pasajes en los que el Evangelio habla de él, bastan para mostrar qué cabeza de familia fue San José qué modelo y qué patrono especial tanto, para vosotros, jóvenes esposos.
Custodio fidelísimo del precioso depósito confiado a él por Dios, María y su Divino Hijo, él velaba, ante todo, sobre su vida material. Cuando, para obedecer al edicto de Augusto, partió para hacerse inscribir sobre el registro del censo en la ciudad de David llamada Belén, no quiso dejar sola en Nazaret a su esposa Virgen, a punto de ser madre de Dios. A falta de más particularidades en los textos evangélicos, las almas piadosas gustan de imaginarse más íntimamente los cuidados que entonces le prodigó a ella y después al Niño recién nacido. Le ven levantar la pesada puerta del albergue ya lleno, semejante al khan de los modernos villorrios orientales; dirigirse después en vano a parientes y amigos; y en fin, rechazado de todos, esforzarse por poner al menos un poco de orden y de limpieza en la cueva. Ya lo tenemos, sosteniendo entre sus manos viriles las manecitas, temblorosas de frío, del pequeño Jesús, para calentarlo. Un poco más tarde, habiendo oído del ángel que su tesoro estaba amenazado, "tomó de noche al Niño y a su Madre", y por arenosos caminos apartándolo del sendero zarzas y peñascos, los condujo a Egipto. Allí trabajó duramente para alimentarlos. Siguiendo una nueva orden del cielo, probablemente dos años después, los volvió a conducir, a costa de las mismas fatigas, a Galilea, a la ciudad de Nazaret. Aquí enseñaba a Jesús, divino aprendiz, el manejo de la sierra y el cepillo, salía al trabajo fuera del techo familiar y volvía a él por la tarde para ver de nuevo a los dos seres queridos que le esperaban en el umbral con una sonrisa, y con los cuales se sentaba en torno a la pequeña mesa para la frugal comida.
Asegurar a la esposa y a los hijos el pan cotidiano es el cuidado más urgente del padre de familia. ¡Oh, qué tristeza ver perecer a aquellos a quienes se ama, porque no hay nada en la alacena, nada en el bolsillo!
Pero la providencia que condujo de la mano al antiguo José cuando, entregado y vendido por sus hermanos, fue primero esclavo para venir a ser luego el superintendente y señor de toda la tierra de Egipto y alimentador de su familia; la providencia que guió al segundo José en aquel mismo país a donde llegó privado de todo sin conocer ni los habitantes, ni las costumbres, ni la lengua, y de donde, no obstante todo esto, retornó sano y salvo con María, siempre activa, y Jesús que crecía en sabiduría, en edad y en gracia; la providencia, ¿no tendrá hoy la misma compasiva bondad, el mismo ilimitada poder? Ah, tememos muchas veces que los hombres olviden las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio: "Buscad en primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura", dad a Dios animosa y lealmente lo que Él tiene derecho a esperar de vosotros: todo el esfuerzo personal posible, la obediencia que se le debe como a Señor supremo, la confianza hacia Él corno hacia el mejor de los padres. Entonces podréis cantar con lo que esperáis de Él, y que Él prometió cuando dijo: "Mirad los pájaros del aire; mirad los lirios del campo; y no tengáis cuidado por el día de mañana".
Saber pedir a Dios lo que se necesita, es el secreto de la oración y de su poder, y es también una enseñanza que os da San José. El Evangelio, es verdad, no nos dice expresamente cuáles eran las plegarias que se hacían en la casa de Nazareth. Pero la fidelidad de la Sagrada Familia a la observancia de las prácticas religiosas nos ha sido explícitamente atestiguada aunque no había ninguna necesidad de ello, cuando por ejemplo San Lucas nos cuenta que Jesús iba con María y José al templo de Jerusalén por la Pascua, según la costumbre de aquella fiesta. Es, pues, fácil y dulce representarnos esta Sagrada Familia en Nazaret, a la hora de la acostumbrada oración. En el alba dorada o el violáceo crepúsculo de Palestina, sobre la pequeña terraza de su casita blanca, vueltos hacia Jerusalén, Jesús, María y José, están de rodillas; José, como cabeza de familia, recita la oración; pero es Jesús quien la inspira, y María une su dulce voz a la grave del santo patriarca.
¡Futuros cabezas de familia!, meditad e imitad este ejemplo, que muchos hombres de hoy olvidan. En el recurso confiado a Dios encontraréis no solamente las bendiciones sobrenaturales, sino la mejor seguridad de aquel "pan cotidiano", tan ansiosamente, tan laboriosamente, y a veces tan vanamente buscado.
Como delegados. y representantes del Padre que está en los Cielos y "de quien toda familia en el cielo y en la tierra toma nombre", pedidle que, como os ha dado algo de su ternura, os dé también algo de su poder, para llevar el grato, pero muchas veces grave peso de los cuidados familiares.
10 de Julio de 1940. (DR. XI, 169.)
En el mes de julio, la Iglesia honra particularmente, como sabéis muy bien, queridos hijos e hijas, la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y en su oración litúrgica suplica al Padre celestial, "que ha constituído a su Hijo unigénito Redentor del mundo y ha querido ser aplacado por su sangre", que nos haga sentir los benéficos efectos de ella. Tal fue el tema de nuestras breves palabras en la audiencia del pasado miércoles; tal será, aunque bajo un aspecto diverso, también el de hoy; porque el misterio de esta sangre divina, generosamente derramada, es inagotable como su mismo manantial, y la meditación de la obra redentora, es decir, del más magnánimo de los perdones, es en la hora presente más saludable y oportuna que nunca.
Sobre el mundo visible aparecen a la mirada aterrada, a través de los siglos, no sólo manchas, sino torrentes de sangre que cubren ciudades destruidas y campiñas devastadas. Pero la sangre derramada por la fuerza, hace con demasiada frecuencia que germine el rencor, y el rencor del corazón humano es profundo como un abismo, que llama a otro abismo, del mismo modo que una ola sigue a otra ola, y una calamidad atrae a otra calamidad. Mirad, en cambio, el mundo de las almas. También aquí corren ríos de sangre; pero esta sangre derramada por amor no lleva consigo sino el perdón de las injurias. El Corazón del Dios-Hombre, del que emana, es también un abismo: "Cor Iesu, virtutum omnium abyssus"17 pero un abismo de virtud que no llama en el fondo de los corazones sino a otro abismo de dulzura y misericordia. Desde que Cristo ofreció su sangre por ella, la humanidad que cree en Él está sumergida en un océano de bondad y respira una atmósfera de perdón.
¿Habéis visto acaso, hacia la tarde de un pesada día de verano, la tierra refrescada por la lluvia de una tormenta? Trombas de agua han refrescado en pocos instantes el terreno en montes y valles; cuando el cielo comienza a encalmarse y mientras el arco iris extiende sobre el firmamento todavía gris su franja de siete colores, sale del suelo húmedo un vapor cargado de aromas vegetales; se diría el aliento tibio de un gran organismo viviente, ávido de expansión. Con este perfume del agua, el árbol podado, como decía Job, que parecía muerto, recobra las esperanzas y pronto vuelve a cubrirse con la cabellera de su follaje. Es una débil imagen de los beneficios con los que la tierra ha sido fecundada bajo los torrentes de la sangre redentora. Si las cataratas del cielo, abiertas durante cuarenta días, bastaron para sumergirla, ¿cómo no inundará y cómo no impregnará el mundo de las almas aquella sangre divina que desde hace diecinueve siglos brota del corazón de Jesús, sobre miles de altares? Acaso, David tenía a la vista esta efusión benéfica, cuando hablaba de una lluvia abundante reservada por Dios, a su heredad. "Pluviam voluntariam segregabis, Deus, hereditati tuae"18. La lluvia, condición esencial de fertilidad para la Palestina y grande recompensa de Dios por la obediencia a sus mandatos, simbolizaba también la regeneración del género humano mediante la sangre de Cristo.
Por lo demás; no sería conforme a la verdad creer que el Antiguo Testamento no haya enseñado ya el perdón de las ofensas. Sobre este tema se encuentran allí preciosas y sabias advertencias, especialmente para vosotros, queridos recién casados. "No te acuerdes de ninguna de las injurias recibidas del prójimo", dice el Eclesiástico; ahora bien, el olvidarlas es a veces mucho más duro todavía que perdonarlas. Perdonad, pues, ante todo, y Dios os hará la gracia de olvidar. Pero con más empeño que cualquier otra cosa, desechad el deseo de venganza que ya en la antigua ley condenaba así el Señor": "no buscar la venganza, y no conservar memoria de las injurias de sus conciudadanas". En otras palabras se podía decir hoy: Guardaos del resentimiento contra vuestros vecinos: aquella familia que habita sobre, o bajo, o junto a vosotros; aquel propietario con quien tenéis comunes las paredes; aquel negociante cuyo comercio os hace la competencia; aquel pariente cuya conducta os humilla. La Escritura advierte todavía: "no digáis: le haré lo que él me ha hecho a mí; pagaré a cada uno según sus acciones". Porque "el que quiere vengarse, probará la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados". ¡Qué locura es, en realidad, el rencor en un alma pecadora que tiene tanta necesidad de indulgencia!. El escritor sagrado subraya este estridente contraste: "¿Un hombre guarda rencor contra otro hombre, y pide perdón a Dios? ¿No tiene él misericordia hacia un hombre semejante a sí, y reclama el perdón de sus pecarlos?". Pero sobre todo desde que la nueva Alianza entre Dios y los hombres fue sellada con la sangre de Jesucristo, fue general la ley del perdón sin límites y del rencor cambiado en amor: "Oh Pedro, respondió Jesús al Apóstol que le interrogaba, no deberás perdonar a tu hermano hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete", es decir, que el cristiano debe estar pronto a perdonar las ofensas recibidas del prójimo, sin limitación ni fin. Y el Divino Maestro enseñaba todavía más: "cuando oréis, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle para que vuestro Padre, que está en los cielos, perdone también a vosotros vuestros pecados". Y no basta ni siquiera no devolver mal por mal. "Sabéis, añadía Jesús, que fue dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero Yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian"19. Esta es la doctrina cristiana del amor y del perdón, doctrina que erige a veces grandes sacrificios.
En la hora actual, por ejemplo, existe el peligro de que el noble y legítimo sentimiento del amor patrio degenere en el ánimo de no pocos en pasión vengativa; en orgullo insaciable en los unos, en rencor incurable en los otros. Un cristiano que defiende fiel animosamente a su patria debe sin embargo, abstenerse de odiar; a aquellos a quienes tiene obligación de combatir. Se ve en los campos de batalla cómo las personas adscritas al servicio de ambulancia los enfermeros y las enfermeras se prodigan generosamente en el cuidado de los enfermos y de los heridos sin, distinción de nacionalidad. ¿Pero hace falta precisamente que los hombres lleguen al borde de la muerte para reconocerse hermanos?. Esta caridad admirable, pero acaso tardía, no basta; es necesario que con la meditación y la práctica del Evangelio la multitud de cristianos adquiera al fin la conciencia de vínculos friamos que la unen en una por los méritos de la sangre de Jesucristo y que en esta misma sangre, que ha venido a ser su bebida, las almas encuentren la fuerza a veces heroica del mutuo perdón (que no excluye el restablecimiento de la justicia o del derecho lesionado); sin lo cual no será jamás posible una verdadera y duradera concordia.
Pero queremos volver con el pensamiento a vosotros, queridos recién casados. En el camino que habéis emprendido ¿no tendréis que practicar quizás un día el olvido de las ofensas en un grado que unos estiman superior a las fuerzas humanas?. El caso, aunque felizmente es raro entre esposos verdaderamente cristianos, no es imposible, porque el demonio y el mundo asedian el corazón cuyos impulsos son prontos, y trabajan contra la carne, que es débil. Pero sin llegar a estos extremos, en la vida misma de cada día ¡cuántas ocasiones pequeños contrastes cuantos ligeros enfados que pueden crear entre los cónyuges, si no se les pone remedio a tiempo, un estado de latente y dolorosa aversión!. Después, entre los padres y los hijos: si la autoridad debe hacerse valer, mantener sus derechos al respeto, sostenerles con advertencias, con reprensiones, cuando sea preciso con castigos, ¡qué deplorable sería por parte de un padre o de una madre, hasta la más mínima apariencia de resentimiento o venganza personal!. Esta basta muchas veces para dar un golpe fatal o destruir en el corazón de los niños la confianza y el afecto filial.
En el calendario eclesiástico ocurre pasado mañana, doce de julio, la fiesta de un grande santo italiano, Juan Gualberto, nacido en Florencia de noble familia, hacía el fin del siglo décimo, cuya historia muestra hasta qué punto puede llegar el perdón de las ofensas, y cómo lo recompensó Dios. Caballero joven, armado totalmente y escoltado de soldados, caminaba él en los alrededores de la ciudad por un estrecho sendero, cuando se encontró de improviso ante el asesino de un próximo y amado pariente suyo. Aquél, solo y sin armas, viéndose perdido, cae de rodillas y extiende los brazos en forma de cruz, esperando la muerte. Pero Juan, por respeto a aquel signo sagrado, le hizo gracia de la vida, lo levantó y lo dejó partir libremente. Después, prosiguiendo el camino entró en la iglesia de San Miniato a orar, y vio entonces la imagen del crucificado inclinar la cabeza hacia él con un gesto de infinita ternura. Conmovido profundamente, resolvió no combatir más sino por Dios; con sus propias manos se cortó su hermosa cabellera y tomó el hábito monástico: su victoria sobre sí mismo fue el preludio de una larga vida de santidad.
Queridos hijos e hijas: vosotros no tendréis que practicar, probablemente, un heroísmo tan extraordinario, ni recibiréis probablemente un favor tan prodigioso. Pero sí deberéis estar todos los días prontos a perdonar las ofensas recibidas en la vida familiar o social; del mismo modo que todos los días repetiréis de rodillas ante la imagen del crucifijo: "Padre nuestro... perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". Y si no veis entonces sensiblemente que Cristo inclina hacia vosotros, con una sonrisa, su frente coronada de espinas, sabréis sin embargo, y creeréis con fe firme y confianza absoluta, que de aquella frente divina, de las manos y de los pies del Salvador Jesucristo, sobre todo de su corazón siempre abierto, la sangre redentora derramará tanto más largamente su perdón sobre vuestra alma, cuanto más generosamente hayáis vosotros mismos perdonado.
16 de Octubre de 1940. (DR. XI, 255.)
De todo corazón os damos la bienvenida, queridos recién casados, a quienes parece haber conducido a Nos la Virgen del Santísimo Rosario, en este mes consagrado a ella. Nos place mirarla con los ojos del espíritu —como la han visto algunos santos privilegiados— inclinada hacia vosotros con una sonrisa (para ofreceros aquel simple y devoto objeto que, a través de una cadena de anillos flexibles y ligeros que no recuerda sino una servidumbre de amor, reúne por decenas sus pequeños granos, llenos de un invisible juego sobrenatural), mientras que, en vuestro canto, arrodillados ante ella, prometéis honrarla, ofreciéndole con la mayor frecuencia posible, en todas las vicisitudes de la vida familiar, el tributo de vuestra piedad.
I.- El rosario, según la etimología misma de la palabra, es una corona de rosas, cosa encantadora que en todos los pueblos representa una ofrenda de amor y un símbolo de alegría. Pero estas rosas no son aquellas con que se adornan con petulancia los impíos de que habla la Sagrada Escritura. "Coronémonos de rosas —exclaman— antes de que se marchiten." Las flores del rosario no se marchitan; su frescura es incesantemente renovada de las manos de los devotos de María; y la diversidad de la edad, de los países y de las lenguas, da a aquellas rosas vivaces la variedad de sus colores y de su perfume.
En este rosario universal y perenne, habéis tomado parte desde vuestra infancia. Vuestras madres os enseñaron a hacer correr lentamente entre vuestros dedos infantiles los granos del rosario y a pronunciar al mismo tiempo las sencillas y sublimes palabras de la oración dominical y de la salutación angélica. Un poco más tarde, con ocasión de vuestra primera comunión, fuisteis consagrados a vuestra Madre celestial, recitando el rosario, recibido en regalo como recuerdo de aquel gran día, con un fervor ingenuamente aumentado por la delicada belleza de sus perlas. ¡Cuántas veces, después, habréis renovado vuestra doble ofrenda, a Jesús y a su Divina Madre, ante el tabernáculo eucarístico o en la Congregación Mariana! Y ahora, con el sacramento del matrimonio celebrado en este mes dedicado a María, nos parece que toda vuestra vida por venir será corno una mata de rosas, un rosario cuyo rezo perseverante y concorde comienza cuando a los pies del altar habéis unido vuestros corazones, obligados así por deberes nuevos y más graves, que con vuestro consentimiento nupcial bendito por Dios habéis libremente contraído.
Vuestro "sí" sacramental, tiene en realidad algo del ''Pater noster" por el compromiso que implica de santificar el nombre de Dios en la obediencia a sus leyes ("sanctificetur nomen tuum"), de establecer su reino en vuestro hogar doméstico ("adveniat regnum tuum"), de perdonar todos los días, el uno a la otra, las mutuas ofensas o faltas ("et dimitte nobis.. sicut et nos dimittimus..."), de combatir las tentaciones ("et ne nos inducas in tentationem"), de huir del mal ("sed libera nos a malo"), y sobre todo el "fiat" resuelto y confiado con que os presentáis al encuentro de los misterios del por venir. Aquel "sí" es también como un reflejo de la salutación angélica, porque os abre una nueva fuente de gracia, de la que María, "gratia plena", es la soberana dispensadora, y que es la habitación de Dios en vosotros ("Dominus tecum"); es una prenda especial de bendiciones no sólo para vosotros, sino también para los frutos de, vuestra unión; un nuevo título de remisión de los pecados durante la vida y de asistencia materna en la hora suprema (" nunc et in hora..."). Así pues, permaneciendo fieles a los deberes de vuestro nuevo estado, viviréis en el espíritu del santo rosario, y vuestras jornadas se desenvolverán como una concatenación de actos de fe y de amor hacia Dios y hacia María, a través de los años, que os deseamos numerosos y ricos de favores celestes.
Pero un rosario, queridos hijos e hijas, significa también que los misterios de vuestro porvenir no serán siempre y únicamente hechos de alegrías; tendrán también acaso providenciales dolores. Es la ley de toda vida humana, como de todo ramo de rosas, que las flores estén mezcladas con las espinas. Vosotros vivís ahora los misterios gozosos, y os auguramos que gustéis larga- su dulzura, porque la felicidad se ha prometido a quien teme al Señor y pone todas sus delicias en sus mandamientos: está prometida a los mansos, a los misericordiosos, a los puros de corazón, a los pacíficos, y vosotros os esforzáis por ser todo esto. Sobre todo, vosotros esperáis que la Providencia, cuyos secretos designios os han traído el uno hacia la otra, derramará sobre vuestro hogar la bendición prometida a los patriarcas, cantada por los profetas, exaltada por la Iglesia en la liturgia del matrimonio; Ia bendición alegre de la fecundidad: "matrem filiorum laetantem"20.
De igual manera que habéis recibido y recibiréis las alegrías -las de hoy y las de mañana- con filial reconocimiento y prudente moderación, acogeréis con espíritu de fe y sumisión los misterios dolorosos del porvenir, cuando llegue su hora. ¿Misterios? Es el nombre que el hombre da con frecuencia al dolor, porque si no acostumbra a buscar una significación a sus gozos, querría en cambio, con su corta vista, saber la razón de sus desventuras, y sufre doblemente cuando no ve aquí abajo su por qué. La Virgen del Rosario, que es también la del "Stabat" en el Calvario, os enseñará a estar en pie bajo la cruz, por muy densa que pueda ser su sombra, porque comprenderéis con el ejemplo de esta "Motor dolorosa" y reina de los mártires, que los designios de Dios superan infinitamente los pensamientos de los hombres, y que aun cuando hieren el corazón, están inspirados por el más tierno amor de nuestras almas.
¿Podréis esperar, deberéis desear que haya también en el rosario de vuestra vida misterios gloriosos? Sí, con tal que se trate de la gloria que sólo la fe puede percibir y gustar. Los hombres se paran con frecuencia ante los resplandores humeantes del renombre que se dan o se disputan entre ellos con altisonantes palabras o acciones. Ser alabados, ser célebres: lee aquí en lo que consiste para ellos la gloria. "Gloria est frequens de aliquo fama cum laude", escribía Cicerón.
Pero los hombres no se cuidan con frecuencia de la gloria que sólo Dios puede dar, y es que, según la palabra de nuestro Señor, no tienen fe: "¿Cómo es posible, decía el Redentor a los judíos, que creáis, vosotros que andáis mendigando gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria e que de sólo Dios procede?". La gloria del mundo se marchita, como las flores del campo, exclama Isaías; y por la boca de este mismo Profeta anunciaba el Dios de Israel que humillaría a los grandes de la tierra21. ¿Qué hará, pues, el Dios encarnado, aquel Jesús que se decía "humilde de corazón"22 y que no había jamás buscado su propia gloria?23.
Elevad, pues, vuestra mirada más arriba, o mejor aún, penetrad más profundamente con los ojos de la fe, y ala luz de las Sagradas Escrituras, en lo íntimo de vuestras almas. "Es una gran gloria, os dirá el Espíritu Santo, seguir al Señor"24. En una familia donde Dios es honrado, "corona de los ancianos son los hijos e hijas, y gloria de los hijos son sus padres"25. Cuanto más puros sean vuestros ojos, jóvenes madres de mañana, tanto más veréis en los queridos pequeñines confiados a vuestros cuidados almas destinadas a glorificar con vosotros, el único objeto digno de todo honor y de toda gloria. Entonces, en lugar de perderos, como tantas otras, en sueños ambiciosos sobre la cuna de un recién nacido, os inclinaréis con mente devota sobre el frágil corazón que comienza a palpitar, y pensaréis, sin vanas inquietudes, en los misterios de su porvenir, que confiaréis a la ternura -¡más maternal todavía y cuánto más poderosa que la vuestra!- de la Virgen del Rosario.
De este modo, el santo Rosario os enseña que la gloria del cristiano no tiene lugar en su peregrinación terrestre. Interrogad la serie de los misterios: los gozosos y dolorosos, desde la anunciación a la crucifixión, dibujan como en diez cuadros toda la vida del Salvador; los misterios gloriosos no comienzan sino el día de Pascua, y ya no cesan: ni para Jesús resucitado, que sube a la diestra del Padre y envía al Espíritu Santo a presidir, hasta el fin de los siglos, la propagación de su reino; ni para María que, arrebatada al Cielo sobre las alas ardientes de los ángeles, recibe allí de las manos del Padre celestial la corona eterna.
De este mismo modo os ocurrirá a vosotros, queridos hijos e hijas, si permanecéis fieles a las promesas hechas a Dios y a María, y observáis lealmente las obligaciones que habéis adquirido el uno respecto de la otra. No os avergoncéis del Evangelio26; y en un tiempo en que muchas almas, débiles y vacilantes se dejan vencer por el mal, no imitéis su extravío, sino triunfad del mal, según el consejo de San Pablo, haciendo el bien Así, el rosario de vuestra vida, continuado por una cadena de años, que os deseamos largos y benditos, tendrá su término feliz cuando caiga para vosotros el velo de los misterios en la glorificación luminosa y eterna de la Santísima Trinidad: "Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, Amen!".
19 de Marzo de 1941. (Oss. Rom., 20 Marzo 1941)
La fe en Cristo y en su esposa la Iglesia os ha guiado y conducido a Nos, queridos recién casados, como a vuestro Padre común, Padre de las creyentes, para pedirnos que bendigamos en nombre de Cristo, y como que ratifiquemos y confirmemos con Nuestra invocación, ante Dios y el pueblo cristiano, vuestro santo vínculo y vuestras esperanzas de verlo florecer y extenderse en aquellos hijos, sin los cuales faltaría la corona de la alegría a la felicidad, ya tan grande, que el Señor os hace encontrar en la unión de vuestras almas.
No yerra vuestra fe al ver en el Papa, ante todo, al Padre; pero, por grande que sea esta paternidad espiritual y universal, no es sino un lejano reflejo de aquella paternidad suprema, trascendente e infinita, que el Doctor de las gentes, San Pablo, adoraba doblando sus rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo: "Huius rei gratia Electo genua mea ad Patrem Domini Nostri Jesu Christi, ex quo omnis paternitas in coelis et in terra nominatur". Es el sublime misterio de la paternidad que del cielo, desde el fondo de la eternidad, brilla en la inaccesible luz divina, donde, en el secreto impenetrable e incomprensible de la Trinidad feliz, eternamente, todo el ser, toda la vida, todas las infinitas perfecciones del Padre se comunican al Hijo para volverse a su común infinito Amor que es el Espíritu Santo. Paternidad eterna que engendra la eterna Sabiduría y, con ella, se derrama en el eterno Amor. Paternidad perfecta, infinita, inefable, cuyo término, el Hijo, es no sólo semejante, sino igual al Padre y uno con Él en la identidad de la naturaleza indivisa, no distinguiéndose sino como persona que le conoce y ama infinitamente. Paternidad de siglos eternos, no paternidad transitoria del tiempo, que separa de sí el fruto para que éste viva una vida propia; sino paternidad que es generación, la cual no cesa jamás, en el infinito presente de la eternidad siempre actual y viva, de dominar y sobrepasar todos los tiempos, que inician su curso con el mundo en una efusión de inmensa bondad creadora, cuando el Espíritu, cuyo soplo divino animador se entiende sobre las aguas de la infancia del universo, hace radiar este amor paterno sobre las obras de su mano omnipotente.
Honor y gloria de Dios es el misterio de la paternidad: como lo proclamaba el Señor mismo por boca de Isaías: "Yo que concedo a los demás la generación, ¿seré estéril?". Por lo que dijo a su Hijo, igual a Él en la divinidad y en la eternidad: "Te engendré de mi seno antes que la estrella de la mañana".
¿Qué es la paternidad, sino comunicar el ser; todavía más, poner en este ser el misterioso rayo de la vida? Dios es Padre del universo: "Nobis unus est Deus, Pater, ex quo omnia". Dios es el Padre que crea el cielo, el sol, las estrellas que brillan a su mirada y narran su gloria; Dios es el Padre que ha construido y modelado este mando donde sembró flores y selvas, fecundó y, multiplicó los nidos colgantes de los pajarillos, las inaccesibles cuevas de los peces y las cavernas marinas de los corales, los rediles de los corderos y las manadas de los toros, las guaridas de las fieras y las cuevas de rugientes leones prestos a lanzarse impetuosamente sobre su presa; toda esta vara e inmensa vida es hija del amor ole Dios, dirigida, sostenida, desenvuelta en su crecimiento y desarrollo por la paterna Providencia.
Pero la paternidad se eleva mucho más: es comunicar juntamente con el ser, con la vida vegetal o animal, la vida superior de la inteligencia y del amor. También los ángeles son hijos de Dios. Espíritus puros, libres del peso de la carne, sublimes imágenes de la Trinidad, a la que contemplan y aman, participan de un modo que les es propio en la paternidad divina, puesto que, como enseña Santo Tomás, el uno, iluminando y perfeccionando al otro con la luz del entendimiento, se hace padre suyo, a semejanza del maestro que es padre del discípulo y le comunica cada vez nuevos impulsos para la vida de la mente.
Hijo de Dios es también el hombre, imagen que conoce y ama a la Trinidad. Espíritu unido a la materia, si bien es verdad que ha sido hecho un poco menor; que los ángeles, es como padre, en cierto sentido, más que el ángel, el cual no comunica sino la luminosa actividad de la propia inteligencia, mientras el hombre consigue de Dios su concurso en la creación e infusión misma de esta inteligencia en sus hijos, engendrando el cuerpo que la recibirá. Recordad, queridos esposos, el gran día de la creación del hombre y de su compañera. Ante la grandiosa obra de unir el espíritu con la materia, la Trinidad divina parece recogerse en Sí misma, y dice: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza". Pero si Dios tomó un poca de barro para plasmar el primer hombre, la primera vida humana, veis en cambio que, cuando quiso e intentó que aquella primera vida se propagara y multiplicara, sacó la segunda vida no del fango inerte, sino del costado vivo del hombre, y así será la mujer su compañera, nuevo rayo dé inteligencia y de amor, cooperadora de Adán en la transmisión de la vida, formada de él y semejante a él en toda su descendencia y posteridad. Y cuando, al conducir y entregar Eva a Adán, Dios pronuncia el altísimo mandamiento, fuente de vida: "creced y multiplicaos", ¿no os parece que el Creador transfiere al hombre su mismo augusto privilegio de la paternidad, remitiéndose en adelante a él y a su compañera para hacer correr a caudal pleno en el género humano el río de vida que mana de su propio amor?
Pero el infinito amor de un Dios que es caridad, tiene más altos y altísimos caminos para efundir su luz y sus llamas al comunicar, como padre, una vida semejante a la propia. El ángel y el hombre son hijos de Dios y lo manifiestan en la imagen y semejanza que en el orden natural de simples criaturas han recibido de Él; pero Dios posee una paternidad más sublime: engendra hijos de adopción y de gracia en un orden que supera a la naturaleza humana y angélica, y les hace partícipes y consortes de la misma naturaleza divina, llamándoles a repartir su propia felicidad en la visión de su Esencia, en aquella luz inaccesible con la que se revela a sí mismo a los hijos de la gracia y les revela el íntimo secreto de su incomparable paternidad juntamente can el Hijo y can el Espíritu Santo. En esta alta luz impera Dios, Creador, Santificador y Glorificador, que en la predilección por la última de sus criaturas inteligentes, el hombre (aquí abajo hijo de ira27 por nacer del progenitor culpable Adán) le regenera y hace renacer con el agua y con el Espíritu Santo en hijo de gracia, hermano de Cristo, nuevo Adán sin mancha, y le hace coheredero de su gloria en el Celo; de modo que quiso que, para tina tal gloria y vida sobrenatural, como para la vida natural, el hombre mismo, cooperando con Dios, fuese padre de su transmisión y de su conservación y perfección.
Tal es, queridos hijos e hijas, el incomparable misterio en cuyo seno os introduce vuestro matrimonio. Entrad como en un santuario de la Santísima Trinidad, penetrados de respeto, de temor filial y de confiado amor, del sentimiento de vuestras responsabilidades y de la grandeza del oficio que habéis de cumplir. También vosotros tendréis que pronunciar las palabras: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza". Palabras divinas y palabras humanas que se confunden en vuestro labio y en vuestro pecho. Pesad estas palabras de paternidad, por parte de Dios y por vuestra parte: vuestros hijos a vuestra imagen y a vuestra semejanza. Sí; vuestros hijos serán semejantes a vosotros, tales cuales vosotros sois, por la naturaleza humana que al engendrarlos les comunicaréis; pero en la vida sobrenatural, ¿serán también semejantes a vosotros? No dudamos que les procuraréis solícitamente aquel Bautismo que también a vosotros os regeneró ante Dios, haciéndonos hijos de gracia y herederos del Cielo, aun en el caso de que, al abrirle las puertas del paraíso, un angelito vuestro exigiera a vuestra fe y a vuestro amor un dolor o un sacrificio. Hacedlos crecer en la fe, en el temor y en el amor de Dios; transfundid en ellos aquella sabiduría del vivir que hace al cristiano, y lo encamina y guía por el sendero de la virtud entre los peligros de tantos enemigos que ponen asechanzas a la juventud. Sed sus modelos en el camino del bien; y permaneced siempre tales que vuestros hijos no tengan que hacer sino asemejarse a vosotros y merecer alabanzas por ser imágenes vuestras, de modo que respondan plenamente a los designios que tuvo Dios al concederles por vuestro medio una vida semejante a la vuestra. Sea luz de su camino el miraros e imitaros, el recordar, cuando algún día ya no estéis a su lado, vuestras advertencias reforzadas y confirmadas por un cumplimiento íntegro de todas las obligaciones de la vida cristiana, por un delicado e íntimo sentimiento del deber sin claudicaciones, por una fe y confianza en Dios indestructible, aún en las pruebas más duras, por un afecto mutuo que ha ido creciendo cada vez más con los años, por una bondad caritativa y benéfica que se prodiga hacia todas las miserias.
Mucho esperarán vuestros hijos de los vigilantes cuidados de que rodearéis sus primeros pasos, y el primer soltarse y abrirse de su inteligencia y de su corazón. Confiándoles más tarde a las manos de maestros dignos de vuestra confianza de padres cristianos, no cesaréis de ayudarlos cuando sean mayores con vuestros consejos y alientos. Pero más que cualquier otra palabra, valdrá la voz de vuestros ejemplos, aquellos ejemplos en cuyo espejo continuamente, par muchos años, se reflejará a sus ojos vuestra vida práctica, tanto en la intimidad como en el alejamiento del hogar doméstico; aquellos ejemplos que ellos penetrarán y juzgarán con la terrible clarividencia y con la inexorable agudeza de sus miradas jóvenes.
¡Qué bella y digna de ser recordada es la bendición de Raquel sobre el joven Tobías, cuando sabe de quién es hijo... "Benedictio sit tibi, fili, quia boni et optimi viri filias est": ¡Bendito seas, hijo mío, porque eres hijo de un hombre de bien y excelente!28. El viejo Tobías no era ya rico de bienes de fortuna; el Señor le había probado con la desgracia del destierro y de la ceguera; pero era rico de algo mejor: de los admirables ejemplos de su virtud y de las sabias advertencias que daba a su hijo. También nosotros vivimos en tiempos difíciles: acaso no consigáis siempre proporcionar á vuestros hijos la vida acomodada y bella que soñáis para ellos, ni seáis capaces de tenerlos tranquilos y contentos, fuera del pan cotidiano que, gracias ala Providencia divina, confiamos que no les faltará, con' aquellos bienes que desearías asegurarles. Pero más que los bienes de la tierra, que nunca cambian, ni aún para los poderosos y los epulones, este valle de lágrimas en paraíso de delicias, en vuestras manos está dar a vuestros hijos y herederos bienes mejores, aquel pan y aquella riqueza de fe, aquella atmósfera de esperanza y de caridad, aquel impulso de vida animosa a y constantemente cristiana, en la que vuestro agrado deber de padres y de madres, conscientes de la alteza de la paternidad que habéis recibido del Cielo, hará crecer y progresar para consuelo vuestro, delante de Dios y de los hombres.
Con tal augurio imploramos sobre vosotros, queridos casados, la abundancia de los favores celestes, de la cual es prenda la apostólica bendición que con toda la paternidad espiritual de Nuestro corazón os impartimos.
20 de Agosto de 1941. (Ecclesia, 15 Sept. 1941.)
Al ver reunido aquí, en torno a Nos, un grupo tan numeroso y devoto de recién casados cristianos, nuestro ánimo se regocija y da gracias a Dios, del cual son dones preciosos la fe, la esperanza, la confianza especial que os es dado poner en aquella divina bendición que nuestro paterno afecto se alegra de invocar sobre vuestras personas y vuestros anhelos.
Si la piedad de Dios para con la humana miseria da potencia y fuerza a nuestra invocación, sabed que es omnipotente la bendición que desciende de Dios; porque, cuando habla Él, brotan de la nada el cielo y la tierra; de las tinieblas, el sol; de la tierra y de las aguas, toda la naturaleza viviente. Entonces, formado por el Creador, el hombre se yergue del fango, para recibir, como aliento de la boca divina, un espíritu inmortal (1), y para escuchar, juntamente con su compañera semejarme a él, sacada de su costado, aquella bendición, que es un mandato, de crecer y multiplicarse y de llenar la tierra. Vosotros, recién casados, que habéis creído en el nombre de Cristo, nuestro Salvador y Redentor, habéis sido bendecidos en este nombre ante el altar, para que por vosotros se aumente la muchedumbre de los hijos de Dios y se complete el número de los elegidos. El Señor se ha dignado llamaros a este altísimo fin, querido por Él mismo, al instituir el matrimonio como un deber de naturaleza y al elevarlo a la dignidad sobrenatural de sacramento, cuando os ha unido con aquel santo vínculo indisoluble que enlaza vuestros corazones, y vuestras vidas.
No hay, pues, por qué maravillarse —como hubimos de indicar ya en nuestro último discurso— de que un estado tan noble exija también sus heroísmos extraordinarios en situaciones excepcionales, y heroísmos impuestos por la vida cotidiana; heroísmos frecuentemente ocultos, mas no por ello menos admirables, sobre los cuales nos proponemos hoy llamar vuestra atención de un modo más detallado. En los tiempos modernos, lo mismo que en los primeros siglos del cristianismo, en aquellos países del mundo en que las persecuciones religiosas se enconan aquí o allá, declaradas o solapadas, pero no menos duras, les fieles más humildes pueden encontrarse en cualquier momento frente a la dramática necesidad de escoger entre su fe, que tienen el deber de conservar intacta, y la propia libertad, los medios para sustentar su vida, y hasta la vida misma. Pero aun en las épocas normales, en las vicisitudes y en las circunstancias ordinarias de las familias cristianas, ocurre a veces que las almas se ven colocadas bruscamente en la alternativa de violar un deber ineludible o de exponerse a sacrificios y riesgos dolorosos y agobiantes en la salud, en los bienes, en la posición familiar y social: es decir, puestas en la necesidad de ser y de mostrarse heroicas, si quieren mantenerse fieles a sus obligaciones y permanecer en la gracia de Dios.
Cuando nuestros Predecesores, de santa memoria, y particularmente el Sumo Pontífice Pío XI en la carta encíclica "Casti connubi", proclamaban y recordaban las santas e inviolables leyes de la vida matrimonial, ponderaban y se daban perfectamente cuenta de que en no pocos casos se erige a los esposos cristianos un verdadero heroísmo para cumplirlas inviolablemente. Sea que se trate de respetar los fines del matrimonio queridos per Dios, o de resistir a los incentivos ardientes y lisonjeros de las pasiones y de las tentaciones que mueven a un corazón inquieto a buscar en otro lugar lo que no ha encontrado o cree no haber encontrado en su legítima unión de un modo que le satisfaga plenamente, como había esperado: sea que para romper o no aflojar el vínculo de las almas y del amor mutuo, llegue la hora de saber perdonar, de olvidar una desavenencia una densa, un choque quizá grave . . . ¡cuántos dramas íntimos macen y desarrollan sus amarguras y sus lances detrás del velo de la vida diaria! ¡Cuántos heroicos sacrificios ocultos! ¡Cuántas angustias de espíritu para convivir y para mantenerse cristianamente constante en su puesto y en su deber!
Y esta misma vida cotidiana, ¡cuánta fortaleza de ánimo no demanda muchas veces: cuando todas las mañanas se ha de volver a los mismos trabajos tal vez rudos y fastidiosos en su monotonía; cuando hay que soportar, en bien de la paz, con la comisa en los labios, amablemente, alegremente, los defectos recíprocos, los contrastes nunca vencidos, las pequeñas divergencias de gustos, de hábitos, de ideas, a les que da lugar frecuentemente la vida en común; cuando en medio de incidentes y dificultades menudas, muchas veces inevitables, no se debe turbar ni menguar la calina y el buen humor; cuando en un choque impensado, hay que ayudarse del saber callar, de contener a tiempo la queja, de cambiar y dulcificar la palabra que, de ser pronunciada, desahogaría los nervios irritados, pero difundida una nube oscura en la atmósfera de las parceles domésticas!. Son mil detalles insignificantes mil momentos fugaces de la vida cotidiana, cada uno de los cuales es muy peca cosa, casi nada; pero que acaban por hacerse muy gravosos con su continuidad y su y en los cuales, sin embargo viene a tejerse y a encadenarse en su mayor parte gracias a la recíproca tolerancia, la paz y la alegría de un hogar.
Sin embargo, la fuente, el alimento y el sostén de la alegría y de la paz de la familia, debe ser particularmente la mujer la esposa, la madre. ¿No es ella la que anuda, une y vincula con lazos de amor al padre con les hijos, la que con su afecto viene a compendiar en sí la familia, vela sobre ella, la guarda la protege y la defiende? Ella es el canto cae la cuna, la sonrisa de los niños rosados y vivos, o llorosos y enfermos; la primera maestra que les hace levantar la vista al cielo, que lleva a sus hijos e hijas a postrarse ante los altares sagrados que les inspira a veces los pensamientos y deseos más sublimes. Dadnos una madre que sienta profunda- en su corazón la maternidad espiritual, no menos que la natural, y veremos en ella la heroína de la familia, la mujer fuerte, a la cual podréis ensalzar con el cato del Rey Samuel en el libro de los Proverbios, y decir de ella: "La fortaleza y el decoro son su vestidura, y mira con confianza el porvenir. Abre su boca a la sabiduría, y la ley de la bondad gobierna su lengua. Vigila ella misma la marcha de su casa, y no come el pan en la ociosidad. Sus hijos se levantan para llamarla bienaventurada y su marido para elogiarla". Permitid que damos a la madre y a la mujer fuerte otra alabanza del heroísmo en el dolor, como corresponde a la que, con frecuencia, en la escuela de la desventura, de la aflicción y de la pena, es más valiente, intrépida y resignada que el hombre, porque sabe aprender del amor el dolor. Contemplad a las piadosas mujeres del Evangelio, que siguen a Cristo y le asisten con sus medios, y sobre el camino del Calvario le acompañan llorando hasta la Cruz. El corazón de Cristo es todo misericordia hacia las lágrimas de la mujer: lo supieron las llorosas hermanas de Lázaro, la doliente viuda de Naín, la Magdalena que lloraba ante el sepulcro. Y también hoy, en esta hora tan cruenta, ¿quién sabría decir a cuántas viudas de Naín, a cuántas madres, aunque no les resucite el hijo muerto, la benignidad del Redentor derrama en el seno el bálsamo de su palabra consoladora. "Noli flere", "No llores"?29.
No dudéis, queridos recién casados: mirad esperanzados a la alta meta del heroísmo en el camino de la vida que emprendéis. Siempre ha sido verdad que desde las cosas más pequeñas se emprende la marcha hacia las más grandes, y que la virtud es una flor que corona el crecido talla, regado por la fatiga asidua de cada día. Este es el heroísmo cotidiano de la fidelidad a los deberes acostumbrados y comunes de la vida ordinaria; heroísmo que forma y prepara las almas, que las eleva y las templa para las jornadas en que Dios tal vez les pedirá un heroísmo extraordinario.
No busquéis en otra parte la fuente de tales heroísmos. En las vicisitudes de la vida familiar, como en todas las circunstancias del vivir humano, el heroísmo tiene su raíz esencial en el sentimiento profundo y dominador del deber, de aquel deber con el cual no es posible transigir ni pactar, que tiene que prevalecer en todo y sobre todo; sentimiento del deber que para los cristianos es el reconocimiento consciente del dominio soberano de Dios sobre nosotros, de su soberana autoridad y de su bondad soberana; sentimiento que nos enseña que la voluntad de Dios claramente manifestaba no admite discusiones, sino que impone un sometimiento total; sentimiento que por encima de todas las cosas, nos hace comprender que esta voluntad divina es voz de un infinito amor para nosotros; sentimiento, en una palabra, que no es de un deber abstracto o de una ley prepotente e inexorable, hostil y destructora de la libertad humana en el querer y en el obrar, sino que responde y se inclina a las exigencias de un amor, de una amistad infinitamente generosa, que tiende y gobierna multiformes vicisitudes nuestra vida de aquí abajo.
Un sentimiento cristiano tan potente del deber crecerá y se reforzará en vosotros, hijo e hijas con la idea perseverante a vuestros deberes y obligaciones con más humildes. Los sacrificios menudos las pequeñas victorias sobe vosotros mismos, irán vigorizando y enraizando de día en día el hábito virtuoso de no preocuparos de impresiones, impulsos o repugnancias que broten en el sendero de vuestra vida cada vez que se trate de un deber, de una voluntad de Dios, que cumplir. El heroísmo no es fruto de un día, ni madura en una mañana. Las almas grandes se, forman y elevan a través de lentas ascensiones, para encontrarse prontas, cuando llegue la ocasión, a las gestas magníficas y a los supremos triunfos que nos llenan de admiración.
A fin de que en vuestras almas, crezcan estos sentimientos cristianos del deber y esta alegre y valerosa confianza, os damos de todo corazón, como prenda de los favores celestes más grandes, nuestra paternal bendición apostólica.
10 de septiembre de 1941. (Ecclesia, 15 de octubre de 1941.)
Cuando hace unos días, queridos recién casados, bajo la mirada de Dios y en presencia del sacerdote, haciéndoos ministro del gran sacramento que recibíais, cambiasteis recíprocamente vuestro solemne consentimiento en la obligación de indisoluble comunidad de la vida, sentisteis en ese sagrado acto, dentro de vuestra alma, que estabais y obrabais en condiciones de perfecta igualdad, de manera que el contrato matrimonial ha sido concluido entre vosotros con plena independencia como entre personas que tienen derechos estrictamente iguales. Allí se manifestó vuestra dignidad humana en toda la grandeza de su libre voluntad.
Pero en aquel mismo momento fundasteis una familia. Ahora bien, toda familia es una sociedad de vida; toda sociedad bien ordenada requiere un jefe; toda potestad de jefe proviene de Dios. Por eso también la familia fundada por vosotros tiene un jefe investido por Dios de autoridad sobre aquélla que se ha dado por compañera para constituir su primer núcleo, y sobre aquéllos que con la bendición del Señor vendrán a acrecentarlo y a alegrarlo, como vigorosos retoños alrededor del tronco del olivo.
Sí; la autoridad del jefe de la familia viene de Dios, como vino de Dios a Adán la dignidad y la autoridad de primer jefe del género humano, dotado de todos los dones que había de transmitir a su progenie; por eso él fue formado primero, y Eva después; y, como dice San Pablo, Adán no fue engañado, sino que fue la mujer quien se dejó seducir y prevaricó. La curiosidad de Eva al mirar el hermoso fruto del Paraíso terrestre, y su conversación con la serpiente, ¡cuánto daño causaron al primer hombre, a ella misma, a todos sus hijos y a nosotros!. A ella, además de multiplicarle los afanes y los dolores, Dios le dijo que quedaría sometida a su marido. ¡Oh esposas y madres cristianas!. No cedáis nunca al afán usurpar el cetro de familia. Vuestro cetro —cetro de amor— debe ser el que os pone en las manos del Apóstol de las gentes; el salvaros, mediante la procreación de los hijos, si os conserváis en la fe, en la caridad y en la santidad, con modestia.
En la santidad, por medio de la gracia, los cónyuges están unidos con Cristo de un modo igual e inmediato. En verdad, aquellos que han sido bautizados en Cristo y se han revestido de Él —escribía San Pablo—, son todos hijos de Dios, y no existe diferencia entre hombre y mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús. En cambio, en la Iglesia y en la familia, en cuanto son sociedades visibles, la condición es diferente. Por eso mismo el Apóstol amonestaba: “Quiero que sepáis que la cabeza de todos los hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el marido, y la cabeza de Cristo es Dios”. Del mismo modo que Cristo, en cuanto hombre, está sometido a Dios, y a todo cristiano está sometido a Cristo, del cual es miembro, así la mujer está sometida al hombre, el cual, en virtud del matrimonio, se ha convertido con ella en “una sola carne”. El gran Apóstol advertía la necesidad de recordar esta verdad y este hecho fundamental a los convertidos de Corintio, porque muchas ideas y costumbres del mundo pagano se lo podían haber hecho olvidar fácilmente, o no comprenderlo y desfigurarlo. ¿No sentiría quizá la misma necesidad de sus amonestaciones, si hablara con no pocos cristianos de hoy día? ¿No sopla en nuestros tiempos un aire malsano de paganismo renacido?.
Las condiciones de vida que se derivan al presente del estado económico y social, por lo que se refiere a la orientación hacia las profesiones, las artes y los oficios, y por la entrada de los hombres y mujeres en las fábricas, en las oficinas y en los diversos empleos, tienden a engendrar e introducir prácticamente una amplia paridad de las actividades de la mujer con las del hombre, de tal manera que los esposos se encuentran no pocas veces en una situación que casi raya en la igualdad. Marido y mujer ejercen a menudo profesiones de la misma categoría, aportan con su trabajo personal una contribución casi idéntica al presupuesto familiar, al tiempo que, por su mismo trabajo, se ven obligados a llevar una vida independiente el uno del otro. Mientras tanto, los hijos que dios les envía, ¿qué vigilancia reciben, que custodia, qué educación, qué instrucción?. S les ve, no digamos abandonados, pero sí muy a menudo entregados desde el principio a manos extrañas, formados y guiados por otros más que por su madre, apartada de ellos por el ejercicio de su profesión. ¿Qué de extraño tiene que se debilite y disminuya, hasta perderse, el sentido de la jerarquía familiar, si el gobierno del padre y la vigilancia de la madre no consiguen hacer grata y amable la convivencia doméstica?.
Sin embargo, el concepto cristiano del matrimonio, que San Pablo enseñaba a sus discípulos de Éfeso, lo mismo que a los de Corinto, no puede ser más abierto ni más claro: “Las mujeres deben estar sometidas a sus maridos, lo mismo que al señor: porque el hombre es la cabeza de la mujer, como Cristo es la cabeza de la Iglesia… Como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.
Vosotros, hombres, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó Él mismo por ella. Cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y la respete a su marido”.
Esta doctrina y esta enseñanza de Pablo no son otra cosa que la enseñanza y la doctrina de Cristo. El Divino Redentor vino a restaurar de esta manera lo que el paganismo había trastornado. Atenas y Roma, faros de civilización de que derramaron tanta luz natural sobre los vínculos familiares, no consiguieron, ni con las altas especulaciones de la filosofía, ni con la sabiduría de la legislación, ni con la severidad de la censura, colocar a la mujer en su verdadero puesto en la familia.
En el mundo romano, a pesar del respeto y la dignidad de que estaba rodeada la madre de la familia: “Uxor dignitatis nomen est, non voluptatis”, la mujer estaba jurídicamente sometida, según el antiguo derecho quiritario, a la ilimitada y total potestad del marido o del pater-familias, que tenía el dominio de la casa “qui in domo dominium habet”, porque también ella estaba “in mariti manu mancipioque aut in eius, in cuius mariti manu mancipioque esset”. Por eso el austero censor Catón proclamaba delante del pueblo romano: “Maiores nostri nullam, ne privatam quidem rem agere feminas sine tutore auctore voluerunt; in manu esse parentum, fratrum, virorum”.
Pero en los siglos posteriores, caído en desuso todo el derecho gentilicio de los antiguos, aquella férrea disciplina desapareció, y las mujeres quedaron prácticamente independientes de toda autoridad marital.
Es cierto que continuaron dándose nobles ejemplos de mujer y madres excelentes, imitadoras como aquella Ostoria, de ilustre familia, de la cual un sarcófago recientemente descubierto en las criptas vaticanas —ya mencionado por Nos en otra ocasión— ha conservado en su inscripción, probablemente del siglo III después de Cristo, este elogio: “Inconparabilis (sic) castitatis et amoris erga maritum exempli feminae”, documento que sobrevive para demostrar que semejantes virtudes de castidad y de fidelidad conyugal, aun siendo entonces demasiado raras, no cesaban de merecer la estimación de los romanos. Pero a tales caracteres irreprensibles se oponía y contrastaba el número siempre creciente de mujeres, especialmente de la alta sociedad, reacias y esquivas a los deberes de la maternidad, ansiosas de ocupaciones y de aptitudes propias hasta entonces solamente de los hombres, al mismo tiempo que, con la multiplicación de los divorcios, la familia se iba disolviendo, y las costumbres y los afectos femeninos se desviaban del camino recto de la vida virtuosa, hasta el extremo de arrancar a Séneca la conocida amarga lamentación: “¿Por ventura queda alguna mujer que se ruborice de romper el matrimonio, después que tan ilustres y nobles damas cuentan sus años no por el número de los Cónsules, sino por el de los maridos, y se divorcian para casarse, y se casan para divorciarse?”. La mujer tiene un gran poder sobre la moral pública y privada, porque tiene un gran poder sobre el hombre: recordad que Eva, seducida por la serpiente, dio el fruto prohibido a Adán, y este también lo comió.
Restablecer en la familia la jerarquía indispensable a su unidad y a su felicidad, y a su primitiva y verdadera grandeza, fue una de las mayores obras del cristianismo desde el día en que Cristo afirmó a la faz de los fariseos y del mundo: “Quod ergo Deus coniunxit, homo non separet”, lo que Dios ha unido, no intente separarlo el hombre.
Esta es la jerarquía esencial de la naturaleza, injertada en la unión del matrimonio, que la Divina Providencia creadora ha señalado con las cualidades distintas, recíprocamente complementarias, de que quiso dotar al hombre y a la mujer: “Ni el hombre sin la mujer, ni la mujer sin el hombre, según el Señor”, exclamaba San Pablo. Al hombre la primacía en la unidad, el vigor en el cuerpo, los dones necesarios para el trabajo con que ha de proveer y asegurar el sustento de la familia; a él le fue dicho, en efecto: “con el sudor de tu frente te ganarás el pan”. A la mujer le ha reservado Dios los dolores del parto, los trabajos de la lactancia y de la primera educación de los hijos, para los cuales no valdrán nunca tanto los mejores cuidados de personas extrañas, como las afectuosas solicitudes del amor maternal.
Pero sin dejar de mantener firme la dependencia de la mujer respecto al marido, sancionada en las primeras páginas de la Revelación, el Apóstol de las Gentes recuerda que Cristo, todo misericordia para nosotros y para la mujer, ha endulzado ese poco de amargura que aún quedaba en el fondo de la Ley antigua, y ha mostrado, en su divina unión con la Iglesia, desposada con Él “en la sangre bendita”, cómo la autoridad del jefe y la sujeción de la esposa, sin que se mermen en nada, pueden ser transfiguradas por la fuerza del amor, de un amor que imite a aquél con que Él se une a su Iglesia; y de qué manera la constancia del mando y la docilidad respetuosa de la obediencia pueden encontrar en un amor activo y mutuo el olvido de sí mismos y el generoso don recíproco, de tal modo que también de aquí nazca y se consolide la paz doméstica que, como una flor del orden y del cariño, fue definida por San Agustín como la ordenada concordia del mandar y del obedecer entre aquellos que viven juntos: “Ordinata imperandi obediendique concordia co-habitantum”. Éste ha de ser el modelo de vuestras familias cristianas.
Vosotros, maridos, habéis sido investidos de la autoridad. Cada uno de vosotros es el jefe en vuestro hogar, con todos los deberes y las responsabilidades de ese título significa. No dudéis ni vaciléis, pues, en ejercer dicha autoridad; no os sustraigáis a esos deberes, no huyáis de esas responsabilidades. La indolencia, el descuido, el egoísmo y la distracción no os deben hacer abandonar el timón de la navecilla- de vuestra casa, confiado a vuestras manos; pero ¿qué delicadeza, qué respeto, cuánto cariño deberá demostrar y practicar vuestra autoridad, en cualquier circunstancia alegre o triste, respecto a aquélla que habéis escogido para compañera de vuestra vida? Como dice el gran Obispo de Hipona antes nombrado, vuestros mandatos deben tener dulzura de consejos para que la obediencia obtenga de ellos consuelo y estímulo. En la casa del cristiano, que vive por su fe y es todavía peregrino hacia la ciudad celeste, los mismos que mandan sirven a aquéllos sobre los que parecen mandar; porque no mandan por ansia de señorear, sino por oficio de aconsejar: no por soberbia de prevalecer, sino por misericordia de proveer. Tomad ejemplo de San José. Él contemplaba frente a sí a la Santísima Virgen, mejor, más alta y más excelsa que él mismo; un respeto soberano le hacía venerar en ella la Reina de los ángeles y de los hombres, a la Madre de Dios: sin embargo, él permanecía y continuaba en su puesto de jefe de la Sagrada Familia, sin faltar a ninguna de las altas obligaciones que le imponía semejante título.
Vosotras, esposas, levantad vuestros ánimos. No os contentéis con aceptar y casi soportar esta autoridad del marido, a la que Dios os ha sometido en las ordenaciones de la naturaleza y de la gracia. Debéis amarla vuestra sincera sumisión, y amarla con el mismo amor respetuoso que tributáis a la misma autoridad de nuestro Señor, de la cual proviene toda potestad de jefatura. Sabemos bien que del mismo modo que la paridad en los estudios, las escuelas, las ciencias, los deportes y las competiciones hace subir el orgullo a no pocos corazones femeninos, así también vuestra susceptible sensibilidad de mujeres modernas, jóvenes e independientes, se plegará no sin dificultad a la sujeción casera. En torno a vosotras, muchas veces os la representarán como una cosa injusta, os sugerirán un dominio más altivo de vosotras mismas; os repetirán que sois iguales en todo a vuestros maridos, incluso superiores a ellos en muchos aspectos. Delante de esas voces serpentinas, tentadoras, seáis como otras tantas Evas que se dejen desviar del camino que únicamente puede conduciros, incluso aquí abajo, a la verdadera felicidad. La mayor independencia, a la cual tenéis un derecho sagrado, es la independencia de un alma fuertemente cristiana delante de las imposiciones del mal. Allí donde surja la obligación y grite y advierta a vuestra mente y vuestro corazón, cuando os halléis frente a cualquier mandato que vaya contra los preceptos inviolables de la ley divina, contra los deberes imprescriptibles de cristianas, de esposas y de madres, allí debéis conservar y defender respetuosamente, tranquilamente, afectuosamente, pero firmemente e irrevocablemente, toda la inalienable y sagrada independencia de vuestra conciencia. A veces hay en la vida días en que relampaguea la hora de un heroísmo o de una victoria de la que Dios y los ángeles son, en el secreto, los únicos e invisibles testigos. Pero en todo lo demás cuando se os pida el sacrificio de un capricho o de una preferencia personal, aun muy legítimas, alegraos de que estas leves renuncias encuentren su compensación ganando cada día más en el corazón que se ha dado a vosotras, acrecentando y robusteciendo continuamente aquella íntima unión de pensamientos, de sentimientos y de voluntades que es el único medio que podrá haceros factible y dulce la alta misión que se os ha confiado respecto a vuestros hijos, misión que se perturbaría gravemente por cualquier falta de concordia entre vosotros. Y puesto que en la familia, como en cualquier asociación de dos o más personas en atención a un fin, es indispensable una autoridad que la encamine y la dirija hacia éste, salvaguardando eficazmente la unión, vosotras debéis amar ese vínculo que hace de ambos un solo querer, aunque en el camino de la vida el uno vaya por delante y la otra le siga; debéis amarlo con todo el amor que sentís por vuestro hogar doméstico.
La bendición apostólica que os damos desde el fondo de Nuestro corazón paterno, sea para vosotros, queridos recién casados, prenda de gracias cada vez más abundantes cuanto más avancéis en el sendero de la vida, gracias que os ayudarán a perseverar en esta unión de vuestras almas y en la fidelidad absoluta a vuestros recíprocos deberes.
24 de septiembre de 1941. (Ecclesia, 15 de Nov. de 1941)
Con doble y estrecho lazo, queridos recién casados, se desarrolla y suele crecer la familia que vosotros habéis inaugurado a los pies del altar y del sacerdote con tanto gozo y tanta esperanza. Es el lazo que une y estrecha bajo el mismo techo común a los cónyuges entre sí y a los padres con los hijos. El primer vagido que sale de una cuan hace rebosar de gozo a la madre, a la padre, a los parientes y amigos; en aquella aurora de una vida primeriza, he aquí que aparece por vez primera la autoridad del padre y después de él, la de la madre, los cuales sienten en sí el deber y tienen solícito cuidado de que el bautismo haga de aquel niño un hijo de Dios, borre su culpa original, le comunique la vida de la gracia y le abra las puertas del paraíso; porque de los niños es el reino de los cielos. ¡Cómo debe ennoblecer este pensamiento a un padre que se gloría de su fe en Cristo, y consolar a una madre que ama la salvación de sus hijos! Así, todo niño que recibe el sello de la adopción divina y bebe de la fuente del agua sobrenatural, inicia en la Iglesia, como un viandante, el camino de la vida a través de los senderos inciertos y peligrosos del mundo. ¿Qué será de este niño?. Los niños son cañas agitadas por el viento; son flores de cuya corona aun los céfiros arrebataban algún pétalo; son tierra virgen en cuyo fondo ha puesto Dios semillas de la bondad, a la que acechan los sentidos y los pensamientos del corazón humano inclinados al mal desde la adolescencia, por la soberbia de la vida y por el incentivo de los ojos y del placer. ¿Quién asegurará aquellas cañas? ¿Quién defenderá aquellas flores? ¿Quién cultivará aquellos macizos y hará germinar en ellos las semillas de la bondad contra las asechanzas del mal? En primer lugar, la autoridad que rige la familia y los hijos; vuestra autoridad, oh padres.
Los padres y madres se quejan con frecuencia, nuestros días, de que no logran hacerse obedecer de sus hijos. Niños caprichosos que a nadie hacen caso. Adolescentes que rehuyen a toda guía. Jóvenes y muchachas que no toleran ningún consejo, sordos a todo aviso, afanosos de ser los primeros en los juegos y en las carreras, encaprichados en hacerlo todo por su cuenta y razón, creyendo que sólo ellos comprenden las necesidades de la vida moderna. En fin —se dice—, la nueva generación no está de ordinario dispuesta (salvo raras apreciables excepciones) a inclinarse ante la autoridad del padre y de la madre. ¿Y cuál es la razón de esta actitud indócil?. La que ordinariamente se da, es que hoy día los hijos no poseen muchas veces el sentido de la sumisión y del respeto debido a los padres y a su vez; que en la atmósfera de ardiente altivez juvenil en que viven, todo tiende a hacer que se desprendan de toda deferencia hacia sus padres y terminen por perderla; que todo lo que ven y oyen a su alrededor acaba por aumentar, inflamar y exasperar su natural y poco domada inclinación a la independencia, su desprecio del pasado, su avidez del porvenir. Si Nos ahora habláramos a niños o jóvenes, sería nuestra intención y proyecto examinar y considerar estas causas de su escasa y reacia obediencia. Pero dirigiéndose la palabra a vosotros, recién casados, que pronto tendréis que ejercitar la autoridad paterna y materna, queremos guiar vuestra atención hacia otro aspecto de tan importante materia.
El ejercicio normal de la autoridad depende no sólo de los que deben obedecer, sino también, y en gran escala, de los que tienen que mandar. En términos más claros: una cosa es el derecho a la posesión de la autoridad, el derecho de dar órdenes, y otra cosa es aquella preeminencia moral que constituye y adorna la autoridad efectiva, operativa, eficaz, que logra imponerse a los otros y obtener de hecho la obediencia. El primer derecho os lo confiere Dios con el hecho mismo de haceros padres y madres. La segunda prerrogativa hay que adquirirla y conservarla; puede perderse como puede aumentarse. Ahora bien: el derecho a mandar a vuestros hijos alcanzará muy poco si esto no va acompañado de aquel de otro poder y de aquella autoridad personal sobre ellos que os asegure el ser realmente obedecido. ¿De qué modo, con qué arte sabia podréis adquirir, conservar y aumentar ese poder moral?.
Dios concede a algunos el don natural del mando, el don de saber imponer a otros la propia voluntad. Es un don precioso; no es fácil decir si reside en el alma o, en gran parte, en la persona, en el porte, en la palabra, en la mirada, en el rostro; pero no deja de ser al mismo tiempo un don temible. No abuséis de él, si lo tenéis, al tratar con vuestros hijos; correríais peligro de encoger y cerrar en el temor sus almas, de hacerles esclavos y no hijos amorosos. Templad esta fuerza con la expansión del amor que corresponda a su afecto, con la bondad suave, paciente, solícita, alentadora. Oíd al gran Apóstol San Pablo, que os exhorta: “Padres, no provoquéis la indignación de vuestros hijos, para que no decaigan de ánimo”. Recordad, oh padres, que el rigor es un mérito sólo cuando hay dulzura de corazón.
Hermanar la dulzura con la autoridad, es vencer y triunfar en la lucha que os plantea vuestro oficio de padres. Por otra parte, para todos los que mandan, la condición fundamental de un domino benéfico sobre la voluntad de los otros es el dominio de sí mismos, de las propias pasiones e impresiones. Una autoridad cualquiera no es fuerte ni se hace espetar sino cuando los súbditos la sienten en sus almas, dirigida en sus movimientos por la razón, por la fe y por el sentimiento del deber, porque entonces los súbditos sienten que al deber de ella ha de responder también su propio deber. Si las órdenes que deis a vuestros hijos, si las reprensiones que les hagáis, proceden de impulsos del momento, de ímpetus de impaciencia, de imaginaciones o de sentimientos ciegos o mal ponderados, no podrá menos de suceder que las más de las veces sean arbitrarias, incoherentes, quizás aun injustas e inoportunas. Hoy seréis para aquellos pequeños de una exigencia irracional, de una severidad inexorable. Mañana pasaréis por todo. Empezaréis por negarles una cosilla, pero un momento más tarde, hartos de su lloriqueo o de su murria, se la concederéis con demostraciones de ternura, ansiosos de acabar de una vez con la escena que os irrita los nervios. ¿Por qué, pues, no sabéis dominar los movimientos de vuestro humor, refrenar vuestra fantasía y regiros a vosotros mismos mientras queréis y procuráis regir a vuestros hijos?. Si en algunos momentos no os parece sentiros del todo dueños de vosotros mismos, dejad para más tarde, para un tiempo mejor, la reprensión que queréis dar, el castigo que os creéis en el deber de imponer. En la serena y tranquila firmeza de vuestro espíritu, vuestra palabra y vuestro castigo tendrán una eficacia más diversa, un poder más educador y más autorizado que los prontos provocados por una pasión mal dominada. No olvidéis que los niños, aun los pequeñines, son todo ojos para observar y advertir, y en un momento se darán cuenta de los cambios de vuestro humor. Desde la cuan, apenas lleguen a distinguir a la madre de toda otra mujer, pronto se percatarán del poder que tiene sobre los padres débiles un mohín o un pucherito, y no dejarán de abusar en su inocente picardía. Guardaos, por lo mismo, de todo lo que pudiera disminuir vuestra autoridad ante ellos. Guardaos de mermar esa autoridad con el prurito de continuas e insistentes recomendaciones y observaciones que acaben por aburrirles; harán como si os oyesen, pero no les darán ninguna importancia. Guardaos de burlar o llamar a engaño a vuestros hijos con razones o explicaciones vanas o falaces, dadas a la buena de Dios para salir del apuro y librarnos de preguntas importunas. Si no os parece bien exponerles las verdaderas razones de una orden vuestra o de un hecho, os será más útil invocar su confianza en vosotros y vuestro amor para con ellos. No falseéis la verdad; si acaso, calladla; ni sospecháis siquiera tal vez, qué turbaciones y qué crisis pueden ocasionarse en aquellas almitas el día que vengan a conocer que se ha buscado de su natural credulidad. Guardaos también de dejar trasparentar una señal cualquiera de desunión entre vosotros, una diferencia cualquiera en el modo de tratar a vuestros hijos: muy pronto caerían ellos en la cuenta de que podrán valerse de la autoridad de la madre contra la del padre, o de la del padre contra la de la madre, y difícilmente resistirían a la tentación de ayudarse de esta disparidad para la satisfacción de todos sus caprichos. Guardaos, finalmente, de esperar que vuestros hijos: muy pronto caerían ellos en la cuenta de que podrán valerse de la autoridad de la madre contra el padre, o de la del padre contra la de la madre, y difícilmente resistirían a la tentación de ayudarse de esta disparidad para la satisfacción de todos sus caprichos. Guardaos, finalmente, de esperar que vuestros hijos hayan crecido en edad para ejercer sobre ellos vuestra autoridad bondadosa y serena, pero al mismo tiempo firme y franca, no plegable a escena ninguna de llantos o lloriqueos: desde los principios, desde la cuna, desde los albores de su sencilla razón, haced que prueben y sientan sobre sí manos acariciadoras y delicadas, pero también sabias y prudentes, vigilantes y enérgicas.
La vuestra ha de ser autoridad sin debilidad, pero autoridad que nace del amor, toda impregnada y sostenida por el amor. Sed vosotros los primeros educadores y los primeros amigos de vuestros hijos. Si, efectivamente, inspira vuestras órdenes el amor paterno y materno —un amor cristiano bajo todo aspecto, y no una complacencia egoísta, más o menos inconsciente—, harán éstas mellas en vuestros hijos, que las acogerán en lo profundo de sus almas sin necesidad de muchas palabras; porque el lenguaje del amor es más elocuente en el silencio de la obra que en los acentos de los labios. Un relampaguear de mil pequeñas señales: una inflexión de voz, un gesto de aprobación, les revelarán mejor que todas las protestas, cuánto afecto anima a una prohibición que les aflige, cuánta benevolencia se esconde en una amonestación que les resulta molesta: y entonces la palabra de la autoridad aparecerá a sus corazones, no como peso grave o yugo odioso que hay que sacudir cuanto antes, sino como la suprema manifestación de vuestro amor. ¿Y, con el amor, no correrá parejas el ejemplo? ¿Cómo podrán los niños, pronto imitadores por naturaleza, aprender a obedecer, si ven en todas las ocasiones, que la madre no hace ningún caso a las órdenes de su padre, sino que se queja de él; si bajo el techo doméstico oyen continuas e irreverentes críticas en contra de toda autoridad; si notan que sus padres son los primeros en no cumplir lo que mandan Dios y la Iglesia?. Haced, en cambio, que tengan ante los ojos un padre y una madre que, en su manera de hablar y de obrar, den ejemplo del respeto a la legítima autoridad, de la fidelidad constante a sus propios deberes; ante un espectáculo tan edificante, aprenderán mejor que de la exhortación más estudiada, cuál es la verdadera obediencia cristiana y cómo la deben observar respecto a sus padres. Estad convencidos, queridos recién casados, de que el buen ejemplo es el patrimonio más precioso que podéis dar y dejar a vuestros hijos. Es la visión inolvidable de un tesoro de obras y de hechos, de palabras y de consejos, de actos piadosos y pasos virtuosos, que se imprimirá para siempre en su memoria y en su corazón como uno de los recuerdos más conmovedores y queridos, que les evocará y resucitará vuestras personas en las horas de duda y de incertidumbre entre el bien y el mal, entre el peligro y la victoria. En los momentos oscuros, cuando el cielo se nuble, volveréis a apareceros a ellos en un horizonte que iluminará y dirigirá su camino que vosotros seguisteis a costa de aquel trabajo y de aquella paciencia, que es el precio de la felicidad aquí y en el cielo. ¿Un sueño tal vez? No: la vida que habéis comenzado con vuestra nueva familia no es un sueño: es un sendero que recorréis investidos de una dignidad y de una autoridad que ha de ser escuela y aprendizaje para los que hereden vuestra sangre. El Padre celestial que, al llamaros a participar de la grandeza de su paternidad, os ha comunicado también su autoridad, se digne concederos el ejercitarla a imitación suya, con sabiduría y con amor. Implorando de Él esta gracia para vosotros y para todos los padres cristianos, os damos, queridos recién casados, con toda la efusión de Nuestro corazón de padre, la bendición apostólica.
18 de Marzo de 1942 (Ecclesia, 18 de Abril de 1942)
La vida del hombre sobre la tierra, queridos recién casados, es un yugo. El Espíritu Santo lo proclama claramente así en las páginas de la Sagrada Escritura cuando afirma que “un grave yugo pesa sobre los hijos de Adán desde el día en que nacen del ceno de tu madre, hasta que vuelven a la tierra, madre de todos. Viven llenos de cuidados y de sobresaltos del corazón, en recelo de lo que esperan y del día de la muerte. Desde el que está sentado sobre un glorioso trono, hasta el que yace por tierra y sobre ceniza; desde el que viste suntuosamente y lleva corona, hasta el que se cubre de lienzo crudo, para todos hay tortura, angustia, recelo,