Un conocido escritor afirma: «Si hubiera un óscar a la simpatÃa para los santos, hoy lo ganarÃa sin duda el padre PÃo. Raras veces se ha visto un religioso tan amado y celebrado. Es muy popular y querido, no sólo entre los creyentes».
Esa afirmación, atractiva desde el punto de vista periodÃstico, no es acertada desde el punto de vista teológico, pues, cuando se habla de santos, lo que cuenta no es tanto el consenso entre los hombres, sino la complacencia de Dios, y en este sentido no se pueden establecer clasificaciones ni jerarquÃas. Todos los intentos de hacer listas de honor -«hit parade»- han desembocado en el ridÃculo. Hoy, cuando la Iglesia vive el culmen de su fe eucarÃstica, en el canon de la misa, refiriéndose a los santos, se pronuncian las palabras: «con (...) cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos» (Plegaria eucarÃstica II).
Asà pues, los santos, en cuanto cales. han agradado a Dios antes que a los hombres. Sin embargo, no podemos ignorar que la devoción al padre PÃo se ha incrementado enormemente; millones y millones de personas, con caracterÃsticas heterogéneas, lo siguen: gente sencilla, pero también gente de cultura y de poder, profesionales, intelectuales, periodistas, diplomáticos, médicos, hombres de Iglesia, personas que aún buscan a Dios. Una auténtica «clientela mundial», como dijo Pablo VI (audiencia del 20 de febrero de 1971).
Con razón se ha dicho que el beato padre PÃo es el «santo de la gente», poniendo asà de relieve, tal vez inconscientemente, el carisma especÃfico de la Orden capuchina, que ya Gioberti llamaba: «los frailes del pueblo»
Una vez más, al acercarse la fecha de la canonización, muchos se plantearán preguntas sobre este «fenómeno» vinculado al padre PÃo. y se darán explicaciones de todo tipo. Por otra parte. es comprensible, pues ya fray Masseo. joven seguidor del, Poverello,» de AsÃs, preguntaba: «Francisco, ¿por qué a ti todo el mundo te sigue? No eres un hombre de presencia muy atractiva. ni tienes una gran ciencia, ni eres noble...».
Estas reflexiones no tienen como finalidad responder a esas preguntas. sino buscar el núcleo del mensaje de nuestro «humilde fraile capuchino», como dijo el Papa en la homilÃa de beatificación. en la plaza de San Pedro. «que asombró al mundo con su vida» [#3]. y subrayar su urgencia y actualidad. Ciertamente. no se equivoca quien explica el «atractivo» que sienten miles de personas hacia el padre PÃo como una respuesta al «hambre de trascendencia». a la necesidad de lo sobrenatural que acompaña y apremia al hombre, también al inicio del tercer milenio, a través de la singularidad de una vistosa fenomenologÃa mÃstica.
«¡Cuántas veces -me dijo Jesús hace poco- me habrÃas abandonado. hijo mÃo, si no te hubiera crucificado...!» (P. PÃo, La croce sempre pronta. Cittá Nuova 2002, p. 3).
Por lo demás, tratar de comprender al padre PÃo no es muy fácil, a pesar de la sencillez de su persona, porque hace falta superar las apariencias. El mismo beato, hablando de sà mismo, decÃa: «¿Qué os puedo decir de mÃ? Soy un misterio para mà mismo»
Dado que todo hombre nace con una misión que la Providencia le encomienda realizar durante su existencia terrena, ¿cuál fue la misión caracterÃstica del beato estigmatizado del Gargona?
Durante la visita «ad limina», en abril de 1947, el Papa PÃo XII preguntó a monseñor Andrea Cesarano, obispo de Manfredonia: «¿Qué hace el padre PÃo?» y él respondió: «Santidad, quita el pecado del mundo».
Una respuesta clara y acertada, es si se lee en todo el contexto de la vida y la espiritualidad de Fran Forgione, que siempre se ofreció como vÃctima de amor en el altar, don vivÃa la pasión de Cristo, y en el confesonario, donde vivÃa la compasión (precisamente en el sentido etimológico de «padecer con») con el pecador. Se identificaba con Cristo en la inmolación eucarÃstica, y se identificaba con Cristo con el penitente en el confesonario, para reconciliar a las almas con Dios.
El padre PÃo fue un gran apóstol del confesonario ejerció el ministerio durante cincuenta y ocho años, mañana y tarde, horas y horas, dedicado a los que acudÃan a él: hombres y mujeres, enfermos y sanos, ricos y pobres, eclesiásticos y seglares, procedentes de lugares cercanos o lejanos. En su causa de canonización este es ciertamente su mayor tÃtulo de gloria, la confirmación de su santidad y el ejemplo más brillante que dejó a los sacerdotes de todo el mundo, de este siglo y de los futuros.
Alguna vez hizo a sus hermanos esta confidencia: «Las almas no se nos dan como regalo: se compran. ¿Ignoráis lo fue le costaron a Jesús? Pues bien, siempre es preciso pagar con esa misma moneda».
Aludiendo a su entrada en la Orden capuchina, en noviembre de 1922, escribió: «Oh Dios. (...) hasta ahora habÃas encomendado a tu hijo una misión grandÃsima. Misión que sólo era conocida por ti y por mÃ... Oh Dios, (...) escucho en mi interior una voz que asiduamente me dice: santifÃcate y santifica» Epist. III, 1010). Santificarse en sentido moral, pero también en sentido sacrificial. SacrifÃcate por la santificación y la salvación de las almas. Asà pues, tenÃa conciencia de haber sido elegido por D¡os para colaborar en la obra redentora de Cristo, a través del amor y la cruz.
Crucificado con Cristo, ya no era él pÃen vivÃa: era Cristo quien vivÃa en él, orno sucedió con el apóstol san Pablo cf. Ga 2, 19). El padre PÃo eligió la cruz pues estaba convencido de que ida su vida, al igual que la del Maestro serÃa «un martirio». En el mes de junio de 1913, escribÃa al padre Bene su director espiritual: «El Señor se hace ver, como en un espejo. que ida mi vida futura no será más que un Martirio» (Epist. I, 368).
Con todo, es preciso tener presente que esta visión tan clara de su incierto tormentoso futuro ni le preocupaba ni desalentaba. Más aún, en lo más Ãntimo de su alma, se alegraba vivamente e haber sido llamado a cooperar en la aleación de las almas con el sufrimiento que cobra su valor y eficacia de la participación real en la cruz de Jesús ;f. ib., 303).
Por eso, el padre PÃo aceptaba de buen grado y con alegrÃa todos los dolores del cuerpo y del alma que el Señor le enviaba; y en su corazón escuchaba cada vez con más insistencia la voz de Dios que lo llamaba al sacrificio y a la inmolación por los hermanos (cf. ib., 328 ss).
Probablemente, la mayorÃa de la gente no conoce mucho este aspecto, entre otras razones porque se habla poco de ello. Del padre PÃo se subrayan otras cosas, más fáciles de comprender y aceptar. Pero, si a la vida y a la espiritualidad del padre PÃo se le quita la realidad de la cruz, su santidad se desvirtúa. La cruz no como episodio, sino como actitud de vida, porque vivió toda su existencia a la sombra de la cruz para la gloria de Dios, la santificación personal y la salvación de los hermanos. Todo lo hizo siempre siguiendo el ejemplo del Maestro, Cristo, el cual aceptó libremente y con amor la voluntad del Padre: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. (...) Entonces dije: Heme aquà que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10, 5-7).
Las dos biografÃas más significativas del padre PÃo, la del padre Fernando da Riese PÃo X y la de Alessandro da Ripa tienen como subtÃtulo, respectivamente, crucificado sin cruz y el cirineo de todos. De esa forma quieren subrayar el aspecto esencial de su espiritualidad. De hecho, el padre PÃo, de 1910 a 1968 vivió crucificado y llevó su cruz y la de la humanidad doliente, que a él acudÃa, siguiendo el ejemplo de Cristo.
En marzo de 1948, escribe a una carmelita descalza: «Un dÃa, cuando podamos ver la luz del pleno mediodÃa, entonces conoceremos qué valor, qué tesoros han sido los sufrimientos terrenos, que nos habrán hecho ganar méritos para la patria que no tendrá fin. De las almas generosas y enamoradas de Dios él espera los heroÃsmos y la fidelidad en ellos para llegar, después de la subida al Calvario, al Tabor».
Son palabras que entrañan, en sÃntesis, la orientación de un programa de espiritualidad centrado en el misterio de la pasión y muerte de Jesús, y aprendido de él y enseñado «en la escuela del dolor», «del sacrificio» y «de la cruz, en la que nuestras almas sólo pueden santificarse», como repite con frecuencia en su Epistolario.
Desde esta cátedra el padre PÃo tuvo la posibilidad de manifestar sus dotes inconfundibles de auténtico maestro de espÃritu y logró formar «almas generosas y enamoradas de Dios», alimentadas con la sabidurÃa de la cruz. Con el ejemplo y la palabra comprometÃa a las almas encomendadas a su cuidado a seguir las enseñanzas de esta «escuela».
Tal vez en ningún otro campo de su enseñanza ascético-mÃstica alcanzó cimas más elevadas que en este. Siguiendo el pensamiento de Melchor de Pobladura, este aspecto tan caracterÃstico y particular se puede agrupar en tres puntos: la espiritualidad de la cruz. los contenidos de la cruz y la metodologÃa que usaba para formar y seguir a las almas que a él se confiaban.
La doctrina del sufrimiento purificador y la teologÃa del dolor salvÃfico es el tema de fondo de la enseñanza del beato padre PÃo en la dirección de las almas. Nos encontramos ante una parte esencial de su programa de dirección espiritual, pero constituye también su empeño personal en la subida hacia la santidad. Es un programa vivido y propuesto porque hunde sus raÃces en el Evangelio y se refleja en la vida y en la doctrina de Cristo.
Al observador superficial le impresionan los estigmas exteriores del padre PÃo. Sin embargo, desde el punto de visto teológico, el fenómeno no es importante por su aspecto clÃnico, sino más bien por lo que manifiesta, es decir, su transfiguración total en Cristo crucificado y resucitado. Las llagas corporales visualizan las que san Gregorio de Nisa llamaba «llagas espirituales». Son heridas que provocan un amor profundo, que asemeja al amado. De esas llagas espirituales el padre PÃo tuvo una experiencia exaltante. aunque dramática.
La cruz, sea cual sea el nombre con que se la designe y sea cual sea el aspecto bajo el cual se manifieste, en la vida del cristiano ocupa un lugar central; y el estigmatizado del Gargano lo comprendió, vivió y propuso. Nunca presentó un programa cientÃficamente elaborado, pero tenÃa ideas muy claras sobre el plan salvÃfico de Dios, que gira en torno a la cruz de Cristo redentor. HabÃa penetrado y sondeado profundamente las riquezas del misterio de la cruz, «necedad para los que se pierden, mas para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios» (1 Co 1, 18).
Le bastaba contemplar la cruz, el estilo de vida de Jesús, Verbo encarnado y crucificado, para luego hacer vivo y operante su mensaje de. salvación. La pasión y muerte de Jesús eran para él un hecho histórico y existencial. El cristiano, comprometido seriamente en su propia santificación, debe aceptar ese mensaje, imitar ese estilo de vida, encontrarse vitalmente con Cristo crucificado, con sencillez, sin muchas disquisiciones.
En la actual economÃa de la gracia y de la salvación, la cruz ha sido el único medio elegido por Dios para reconciliar a la humanidad con el Padre. Este es el plan de Dios.
La cruz no es un simple episodio de la vida terrena del Verbo encarnado, sino una parte integrante del misterio de la Encarnación. La cruz, propuesta e impuesta por Cristo a sus seguidores. no es simplemente una condición para su seguimiento, sino la expresión más real y auténtica de la pertenencia a su reino. Sólo se es cristiano de verdad en la medida en que se acepta la cruz como opción fundamental de vida: «Si alguno quiere venir en pos de mÃ, niéguese a sà mismo, tome su cruz y sÃgame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mÃ, la encontrará» (Mt 16, 24).
Cuando alguien toma su cruz, se transforma en testigo de salvación entre sus hermanos y hace que también los demás participen de esa salvación, de la que él es objeto y sujeto. Con esta opción libre y generosa, el cristiano se transforma en mediador y corre de su prójimo, naturalmente bajo el influjo y la dependencia de Cristo, el cual será siempre el único mediador y redentor de la humanidad: «Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también» (1 Tm 2, 5).
Desde que Jesús, como prueba suprema y argumento indiscutible de su amor a los hombres, sacrificó libremente por todos la vida, que es el don más valioso y estimable del hombre, las almas profunda y sinceramente cristianas, al contemplar la cruz, comprenden e intuyen, bajo el influjo del EspÃritu Santo, lo que significa el amor que Dios les tiene. En consecuencia, orientan toda su vida espiritual según este principio y esta realidad. La cruz se ha convertido y se convierte en un polo de atracción y un centro de irradiación. En la escuela del dolor han aprendido y aprenden el misterio del amor encerrado en la cruz. No se trata de una ciencia humana, sino de un don de Dios.
«En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16). Ciertamente, el padre PÃo acogió esta invitación aceptándola hasta sus últimas consecuencias y convirtiéndose en apóstol y maestro de este mensaje del amor crucificado.
El beato padre PÃo escribió a su amigo, el padre Agostino: «Cuando Jesús quiere darme a conocer que me ama, me hace gustar las llagas, las espinas y las angustias de su pasión... Cuando quiere hacerme gozar, me colma el corazón de aquel espÃritu que es puro fuego, me habla de sus delicias... Jesús, varón de dolores, quisiera que todos los cristianos lo imitaran... Mi pobre sufrir no vale nada, pero a pesar de ello le agrada a Jesús, porque en la tierra lo amó mucho».
Es verdad que hoy los hombres no logran comprender cómo un Dios que se dice bueno y padre permite tanto sufrimiento, incluso a personas inocentes. Por doquier se advierte la falta de sensibilidad espiritual para entender cuán necesario es reparar el mal y expiarlo.
El misterio de la cruz en la vida del cristiano, al igual que en la de Cristo, tiene una importancia decisiva, trascendente e insustituible. El discÃpulo no puede seguir otro camino que el propuesto por el Maestro, ni puede aceptar otra norma de vida que la que proclama Cristo mismo. El Maestro sabÃa muy bien que su norma no serÃa fácil ni suscitarÃa entusiasmo. Sin embargo, la proclamó categóricamente, con vigor: «Si alguno quiere venir en pos de mÃ, niéguese a sà mismo, tome su cruz y sÃgame» (Mt 16, 24).
Ante todo, el camino de la cruz es el único que deben seguir todos los que quieran buscar sinceramente a Dios como discÃpulos de Cristo. No existe otro para alcanzar la santificación y la salvación. La cruz es el carné de identidad del cristiano, el sello de su autenticidad y «la divisa» de los seguidores de Jesucristo, Verbo encarnado, como la define el beato padre PÃo en una carta.
La cruz es el único camino de salvación para los hombres y deben recorrerlo hasta el fondo sobre todo los que han sido llamados a una realización más Ãntima y perfecta de los misterios de Cristo. Esta es la doctrina evangélica, según el beato de Pietrelcina: «El grano de trigo no da fruto si no sufre, descomponiéndose; asà las almas necesitan la prueba del dolor para quedar purificadas». «Para llegar a nuestro último fin es preciso seguir al jefe divino, el cual no quiere llevar al alma por ninguna otra senda que no sea la que él recorrió, es decir. la de la abnegación y la cruz».
El segundo motivo por el que se debe abrazar la cruz es porque Cristo caminó siempre con ella y sólo seremos dignos de él en la medida en que lo sigamos, participando de sus dolores. Vivir con Cristo en la cruz es el ideal más sublime de todo cristiano. Nunca subimos solos a ella. Cristo siempre camina delante de nosotros llevando su cruz y la nuestra, y guiando nuestros pasos, a menudo inciertos y vacilantes. Jesús no abandonará jamás a quien por su amor avanza cargado con su cruz y el alma atribulada no lo olvidará nunca; más aún, este pensamiento consolador le dará cada vez más fuerza para perseverar.
El padre PÃo escribió: «Jesús está siempre con usted, incluso cuando le parece que no lo siente. Y nunca está más cerca de usted que en las luchas espirituales. Siempre está allÃ, cerca de usted, animándola a librar con valentÃa la batalla; está allÃ, para parar los golpes del enemigo, a fin de que no le alcancen a usted». «No diga que usted es la única que sube al Calvario, y que se encuentra luchando y llorando sola, porque con usted está Jesús, que no la abandona nunca».
Conviene notar, por último, que en el lenguaje ascético tradicional ser vÃctima quiere decir entrega total para inmolarse habitualmente por amor al Señor. Supone una renuncia total y definitiva a todo lo que, de cualquier forma, pueda constituir un obstáculo a la voluntad divina; supone poder repetir en cada momento: «Hago siempre lo que a él agrada».
Es la experiencia del padre PÃo: «Has de saber, hija mÃa, que yo estoy tendido en el lecho de mis dolores; he subido al altar de los holocaustos y espero que baje el fuego de lo alto para que se consuma pronto la vÃctima. Pide en tus oraciones que bale pronto ese fuego devorador».
Cristo mismo quiere que se ofrezca como vÃctima por la salvación de las almas, no porque necesite de la criatura, sino porque en sus designios eternos ha preferido servirse de los miembros de su Cuerpo mÃstico para realizar el plan de la redención. Como afirmó el Papa PÃo XII. «eso realmente no sucede por necesidad o debilidad, sino más bien porque Cristo lo dispuso asà para mayor honor de su inmaculada Esposa».
El beato padre PÃo animaba a las almas a vivir este misterio y suplir asà lo que falta a los sufrimientos de Cristo en favor de la Iglesia. Y también: «Bajo la cruz se aprende a amar y yo no la doy a todos, sino sólo a las almas que quiero más» (La croce sempre pronta, P. PÃo, Ciudad Nueva 2002, p. 3).
Esta gracia se concede a los que están llamados a una realización más Ãntima del ideal de la perfección. Las almas que están llamadas a seguir este camino deben convencerse de que es Dios quien las ha elegido con amor para seguir una senda humanamente tan incómoda y sin atractivos, como el padre PÃo nunca deja de notar.
En sus enseñanzas, el beato capuchino estigmatizado no ocultaba ni subestimaba las dificultades del camino emprendido. ConocÃa bien las angustias, las interminables horas de una lucha que resultaba más peligrosa por la posible derrota. Por eso, se preocupaba siempre de hacer a los demás conscientes de los frutos del sufrimiento aceptado y compartido con Cristo, siguiendo la exhortación paulina: «Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tm 2, 3).
El padre pÃo encontraba fórmulas claras y sinceras, expresiones accesibles a todos , argumentos convincentes para recorrer el difÃcil camino del Calvario hasta unirse para siempre con Cristo en la gloria del Tabor. SabÃa y repetÃa que el dolor no es apetecible de por sÃ, y que la naturaleza humana lo rechaza instintivamente como contrario a la felicidad. El cristiano lo acepta por motivos teológicos y sobrenaturales. Se esforzaba por hacer que las almas atribuladas lo comprendieran.
A una penitente anónima le aconsejaba: «No me parece mal que te quejes en los sufrimientos, pero desearÃa que lo hicieras ante el Señor con un espÃritu filial, como lo harÃa un niño pequeño con su madre. No está mal quejarse, con tal de que se haga amorosamente; da alivio. Hazlo con amor y resignación en los brazos de la voluntad de Dios».
A menudo, el beato padre PÃo utilizaba la imagen del Cirineo, que (leva la cruz de Jesús. Estimulaba y animaba a las almas a perseverar en el camino doloroso de la purificación y las pruebas, ofreciéndose él mismo a ser su cirineo, a llevar con ellas la cruz, más aún, a sustituirlas, tomando sobre sà el dolor y dejándoles a ellas todo el mérito. En realidad, su vida de crucificado le enseñó a ser cirineo de todos los crucificados.
En sus cartas a Cerase encontramos estas palabras: «Por mi parte, no puedo por menos de compartir de buen grado con usted el dolor que la oprime, pedir más asiduamente a Dios por usted y desearle que el dulcÃsimo Jesús le conceda la fuerza espiritual y material para atravesar la última prueba de su paterno amor a usted (...). ¡Cuánto quisiera estar cerca de usted en estos momentos para aliviar de alguna manera el dolor que la oprime! Pero estaré espiritualmente cerca de usted. Haré mÃos todos sus dolores y los ofreceré todos en holocausto al Señor por usted».
En la espiritualidad del padre PÃo, el sufrimiento no es castigo, sino amor finÃsimo de Dios. Lo que ordinariamente aumenta la intensidad del dolor moral es la tentación, sutil, que lleva a las almas a creer que sus sufrimientos son un castigo infligido por Dios a causa de la infidelidad, una prueba más del mal estado de su conciencia y una demostración de que se han salido del camino recto de la salvación y la santificación. En estos casos, corresponde al director espiritual hacerles comprender que el estado que atraviesan no es ni castigo por las faltas o infidelidades, ni expiación por los propios pecados desconocidos, ni una venganza de la justicia divina. Al contrario, es una prueba del amor de predilección a las almas privilegiadas, elegidas para compartir los misterios dolorosos del Redentor.
A Erminia Cargani, en 1918. le escribe: «Cálmate y ten por cierto que estas sombras y estos sufrimientos tuyos no son un castigo condigno a tus iniquidades; ni eres impÃa, ni estás cegada por la malicia; eres una de las muchas almas elegidas a las que Dios prueba como al oro en el fuego. Esta es la verdad; y, si dijera lo contrario, no serÃa sincero e irÃa contra la verdad»
Y a Assunta Di Tommaso la exhorta asÃ: «Este estado no es un castigo, sino amor, y amor finÃsimo. Por eso, bendice al Señor y resÃgnate a beber el cáliz de Getsenamû. Asimismo, son conmovedoras las palabras de aliento que dirige a MarÃa Alargan¡ «No temas porque re tiene clavada en la cruz: te ama y te está dando fuerza para sostener el martirio insostenible y amor para amar amargamente al Amor». «Ten gran confianza en su misericordia y bondad. pues él no te abandonará nunca; pero no por esto dejes de abrazar bien su santa cruz».
Todo lo que hemos dicho puede ayudarnos a conocer al padre PÃo en cuanto hombre de la cruz. El gran mensaje del beato padre PÃo, más urgente que nunca, introduce precisamente en este aspecto: una teologÃa de la cruz iluminada por el esplendor de la Resurrección, sin la cual falla el fulero mismo del cristianismo. Ciertamente, la próxima canonización del beato padre PÃo nos lleva a afianzar nuestras raÃces de discÃpulos del Señor crucificado y resucitado. Para concluir, me complace hacer mÃo el epÃgrafe que eligió Vittorio Messori para la biografÃa de otro beato, y que puede aplicarse muy bien al beato padre PÃo. Es de Evagrio el Póntico, y dice: «A una teorÃa se puede responder con otra teorÃa. Pero, ¿quién podrá confutar una vida?».
Han transcurrido ciento quince años desde el 25 de mayo de 1887, dÃa en que nació Francisco Forgione en Pietrelcina, donde, como en todo el resto del reino de Italia, por decreto ley de Crispi. debÃan quitarse los crucifijos, incluso de las escuelas. El pequeño padre PÃo, que nació precisamente ese año, un dÃa llegarÃa a ser un crucifijo de carne y hueso. Ya de santo nunca dejará que se quite la cruz, no sólo de las paredes y los muros, sino sobre todo de los corazones en los que ha sido colocada, para traer la salvación hasta convertirse incluso en un motivo de orgullo: «En cuanto a mà ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gala 6, 14).
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