HomilÃa del cardenal Pedro Rubiano Sáenz en el funeral de mons. IsaÃas Duarte Cancino
La presencia del señor nuncio apostólico, del Episcopado colombiano, de los hermanos obispos que representan a los Episcopados de Venezuela, Ecuador, Panama, Estados Unidos y .el director de la Acción episcopal ADVENIAT, que manifiesta la cercanÃa y la solidaridad de los obispos de Alemania y del presidente del Consejo episcopal latinoamericano (Celam), es un signo claro de la comunión en la Iglesia y del afecto y solidaridad con la lglesia arquidiocesana de Cali ante la muerte de su querido Pastor y Padre.
La muerte violenta de monseñor IsaÃas Duarte Cancino, arzobispo de Cali, conmueve, enluta a la Iglesia en Colombia y ha despertado la indignación y el rechazo de los colombianos. El Santo Padre Juan Pablo II se ha unido a nuestro dolor, porque es también su dolor del Padre común. En el Angelus del domingo, el Papa condenó con energÃa este crimen sacrÃlego: «Desde Colombia Ilega la dolorosa noticia de la muerte de monseñor IsaÃas Duarte Cancino, arzobispo de Cali, barbaramente asesinado cuando salÃa de la parroquia del Buen Pastor, después de haber celebrado varios matrimonios. Pastor generoso y valiente en el anuncio de la buena nueva, ha pagado con tan alto precio su enérgica defensa de la vida humana, su firme oposición a todo tipo de violencia y su dedicación a la promoción social desde las raÃces del Evangelio. Mientras elevo mis plegarias por el eterno descanso del difunto prelado y expreso mi cercanÃa a la Iglesia colombiana que Ilora su trágica desaparición, exhorto una vez más a los colombianos a proseguir por las vÃas del diálogo, excluyendo todo tipo de violencia, chantajes y secuestros de personas y comprometiéndose firmemente en lo que son los auténticos caminos de la paz». Más aún, ha querido estar presente en este dÃa, en una forma muy especial, como un signo del profundo amor que nos tiene y de su cercanÃa y solicitud pastoral por Colombia, y de manera especial por la arquidiócesis de Cali, que Ilora la muerte de su Pastor, al nombrarme su legado, para que, en su nombre, presida las exequias de monseñor IsaÃas y lo represente.
La muerte de monseñor nos duele en lo más Ãntimo de nuestro ser, y de manera especial a su familia, a sus hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, religiosos y fieles de esta querida arquidiócesis, a la cual él se entrego con generosidad buscando solamente anunciar con claridad y con firmeza el evangelio de Jesucristo, para que, viviendo el encuentro personal con el Señor, Ilegaran a vivir la comunión en la solidaridad y asà construir una sociedad en donde la convivencia, en el respeto por la vida, por la libertad, la dignidad y el valor de cada persona, garantizara el ejercicio de los derechos humanos como camino seguro en la construcción de la paz que Colombia y todos necesitamos.
Es admirable la verticalidad y la rectitud de monseñor IsaÃas, su valentÃa, la claridad en sus pronunciamientos, premoniciones y exigencias, para que no solamente los fieles de la arquidiócesis, sino los colombianos entendieramos que no podÃamos ser simplemente espectadores que se quejan de la corrupción, de la injusticia social, de la falta de responsabilidad, de la violencia, del narcotráfico y de la subverción y el terrorismo que nos destruye. Siempre clamó, como buen pastor y profeta, para que los colombianos hicieramos un examen sereno de la realidad y de la propia conciencia, para reemprender entre todos el camino del reencuentro con Dios, a quien muchos han querido sacar de su vida y de las instituciones; por eso, con voz firme, insistió para alcanzar la paz: es necesaria una Colombia libre, solidaria y respetuosa de los derechos humanos. Con el libro de Job, monseñor IsaÃas hubiera podido afirmar: «Ojalá se escribieran mis palabras; ojalá se grabaran y se escribieran para siempre en la roca», porque es necesario y urgente reafirmar y vivir los valores morales que hemos perdido, para asà descubrir que el otro también es mi hermano y tiene una dignidad que nadie puede pisotear. Monseñor IsaÃas se manifestó siempre como buen pastor en la defensa de sus ovejas, sin desfallecer nunca, muriendo, como los mártires cristianos, de pie en el cumplimiento de su deber, fiel al Señor y a su Evangelio.
Y asà lo fue siempre. Como sacerdote, entregó su vida a la formación de los futuros sacerdotes como profesor en el seminario de Pamplona y más adelante en el seminario de Bucaramanga. En la arquidiócesis de Bucaramanga se desempeñó también como párroco en el EspÃritu Santo, en la catedral de la Sagrada Familia, en Girón y en Málaga, en donde, como vicario episcopal, ayudó a preparar pastoralmente la diócesis de Málaga-Soatá. Fue obispo auxiliar de Bucaramanga y primer obispo y organizador de la diócesis de Apartado, región conflictiva y violenta, en donde se entregó a la construcción de la convivencia, abriendo caminos para la paz y la reconciliación. Luego, el Santo Padre Juan Pablo II lo trasladó a la arquidiócesis de Cali como su tercer arzobispo. De monseñor IsaÃas todos podemos afirmar con san AgustÃn: «Con vosotros soy cristiano y para vosotros soy obispo».
San Pablo nos recuerda que «por el bautismo nos incorporamos a Cristo» y «fuimos incorporados a su muerte» (Rm 6, 3). Monseñor IsaÃas vivió su bautismo, su unión con el Señor en su seguimiento al responder con convicción y decisión a su Ilamado para servir a la Iglesia entregando sus dones, su capacidad y su vida por la salvación de sus hermanos. Asà entendió que por el bautismo también se habÃa sepultado en la muerte de Cristo, muerte con la que se identificó definitivamente el sábado pasado; los que somos creyentes sabemos que debemos pasar por la muerte en el tiempo para la vida definitiva en la eternidad, porque Cristo murió y resucitó venciendo el pecado y la muerte. Por eso, San Pablo continúa diciendo: «Para que, asà como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre» nuestro hermano IsaÃas también lo sea.
Hoy más que nunca debemos reafirmar «si hemos muerto con Cristo –en pleno cumplimiento de nuestro deber de pastores, como murió mons. IsaÃas- creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rm 6, 8-9). Este texto lo propone la liturgia de la Vigilia pascual para animar nuestra esperanza. Monseñor IsaÃas fÃsicamente ha muerto, pero ya vive sólo para Cristo y ha recibido la corona del premio al siervo bueno y fiel.
Él no abandonó a sus ovejas, las conoció, ellas lo conocieron y él dio su vida por ellas: Los sicarios segaron su existencia fÃsica entre nosotros, pero jamás podrán borrar de nuestra memoria y de nuestro afecto su recuerdo, su testimonio de buen pastor, de defensor de la verdad, de la justicia y de la vida.
El señor presidente de la Conferencia episcopal, monseñor Alberto Giraldo Jaramillo, ha expresado en su reflexión a los colombianos: «Trato de interpretar que significa para Colombia este doloroso acontecimiento. Creo que quienes lo han realizado buscan sembrar en todos nosotros mayor confusión, para que reine el caos y el desconcierto. Sin embargo, desde la fe, veo que tengo que convocar a todos los colombianos, sin ninguna excepción, a la esperanza, a la solidaridad, a la busqueda de la unidad, para que, ahora más que nunca, comprendamos que somos una sola gran familia, por nuesta condición... de hijos de Dios».
Encomendemos a monseñor IsaÃas al amor eterno de Dios Padre y demosle las gracias por su vida y ministerio episcopal y por haberle concedido a la Iglesia un gran hombre y un Pastor de talla espiritual y moral en su compromiso valiente por la paz, en su firme liderazgo, servidor generoso y entregado a su pueblo, sin temor de afrontar los retos y desafÃos de la situación que nos ha tocado vivir.
En torno al altar agradecemos a Dios la luz de su palabra, que se proyecta sobre el misterio de la muerte, y con confianza elevemos con Cristo resucitado nuestra plegaria confiada por este querido hermano obispo y Pastor de esta arquidiócesis, porque todos, por nuestra naturaleza humana y pecadora necesitamos acogernos a la misericordia y al perdón de Dios nuestro Padre y que él, que trabajó y se entregó con convicción a buscar la reconciliación entre los colombianos para construir la paz, ya participe de la paz que él buscó y que sólo puede darnos en plenitud Dios, nuestro Señor.
Hoy, cuando celebramos la solemnidad de San José, le pedimos su intercesión para que todos, como él, reconozcamos a Jesucristo presente en medio de nosotros y en quien tenemos que poner nuestra vida y nuestra confianza.
La santÃsima Virgen, Nuestra Señora de los Remedios, patrona de la arquidiócesis de Cali, acompañe a monseñor IsaÃas en el encuentro definitivo con Dios nuestro Señor; y que ella con su oración interceda por esta gran familia arquidiocesana en su dolor, y también que ella, dolorosa junto a la cruz del Señor, nos alcance la firmeza en la fe y la seguridad de la esperanza cristiana.
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