Discurso de monsenor Alberto Jaramillo, presidente de la Conferencia episcopal de Colombia
Hace dos semanas, cuando nos reunimos para el taller «Hacia la Colombia que queremos», sugerí a los queridos señores obispos unirnos espiritualmente al retiro espiritual que en ese momento iniciaba el Santo Padre Juan Pablo II. Ahora, también nosotros hemos realizado nuestro retiro espiritual. Cuatro hermanos obispos nos han comunicado lo que ha sido su participación en el Sínodo episcopal del año pasado. Para emplear la expresión del Papa en el Angelus del domingo II de Cuaresma, nuestra Conferencia se ha convertido en «escuela de oración» donde nos hemos dejado «conquistar por el misterio de la luz y amor de Dios». Dice, además, el Papa: ,Cuando el corazón ha sido conquistado por Cristo, la vida cambia. Por esto, en este momento, en medio de los signos de sufrimiento y cruz que vivimos con nuestros compatriotas, hemos encontrado razones para vivir nuestro ministerio episcopal «en clave de esperanza». Desde aquí trataremos de iluminar la vida de los colombianos en este momento, para que en Colombia renazca la esperanza.
Los cambios que vive el país desde el día 20 de febrero nos preocupan enormemente. Algunos, con razón o sin ella. han hablado de «neurosis de guerra», de «delirio de guerra». Hay quien habla de «pronóstico reservado» para Colombia. Indican algunos, días de mucho sufrimiento, de incremento de acciones terroristas, de las cuales no estaríamos exentos nosotros mismos, los obispos Como lo decíamos en la noche del 20 de febrero, «damos gracias al Señor Jesucristo, que nos ha permitido estar reunidos para analizar este momento histórico y por permitirnos discernir juntos lo que consideramos ha de ser nuestra respuesta de pastores a las realidades presentes».
La fe, alimentada con la oración de estos días, nos da serenidad para pensar lo que debemos hacer desde nuestra responsabilidad de pastores en nombre de Jesucristo, buen pastor.
El Evangelio, traducido en la doctrina social de la Iglesia, nos permite encontrar una expresión concreta de la «nueva Colombia», la patria que soñamos. Hacia ella orientaremos nuestros mejores esfuerzos.
Hay algunos de ustedes, hermanos obispos, que sufren, con sus respectivas comunidades, todas las consecuencias del terrorismo, la violencia y la muerte, que se han desatado en estas dos semanas anteriores. Ahora podremos, más que en otros momentos de la historia de Colombia, experimentar cuanto significa la fraternidad episcopal y cuanta fuerza tiene para nosotros y las personas a cuyo servicio estamos este discernimiento comunitario que se va a prolongar en estos días.
Las conclusiones del seminario-taller de hace dos semanas serán puestas en común en estos días. «Repensar a Colombia» tiene hoy especial urgencia. Miramos a nuestro país «moralmente enfermo» con amor de patriotas, con «,Ojos y corazón de pastores y de cristianos» (Documento de Puebla, n. 14). Muchas cosas se deberían hacer para superar los males de la exclusión, la injusticia, la violencia, la corrupción y otras tantas enfermedades que conocemos y hemos analizado en diversas oportunidades.
Me parece que en la orientación que vamos a compartir para que Colombia encuentre caminos para el presente y el futuro, debemos dar especial importancia a las mismas tareas que el Papa señaló el pasado 10 de enero, cuando habló a los embajadores acreditados ante la Santa Sede:
«La defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas; la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad; la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarroIlo, de la reducción de la deuda y de la apertura al comercio internacional; el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorias de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los prófugos (digamos entre nosotros "los desplazados"); el desarme, la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la consolidación de la paz una vez terminados los conflictos; la lucha contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos pudientes a las curas y los medicamentos básicos; la salvaguardia del entorno natural y la prevención de las catástrofes naturates; la aplicación rigurosa del derecho y de las convenciones internacionales» (Zenit, 10 de enero de 2002).
Algunos puntos de nuestra agenda especial responden a estas inquietudes. Vamos a recibir el material didáctico para formar facilitadores en el acompañamiento psicosocial y catequístico de los niños en especiales situaciones de sufrimiento, por ejemplo los desplazados. «Demos a los niños un futuro de paz» (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de 1996) ha sido la consigna pontificia que consideramos particularmente importante en este momento.
Volveremos a tratar los temas de la vida y la familia, que nos han preocupado en la legislación colombiana. Meditando el evangelio de la vida (cf. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 95), entendemos que nos corresponde convocar a una gran movilización por la vida. «La familia es el camino de la Iglesia», nos dijo el Santo Padre en su Carta a las familias (n. 2).
Estudiaremos temas importantes en el campo de la educación, pues comprendemos que la educación es responsabilidad prioritaria en nuestra acción evangelizadora y, al mismo tiempo, es respuesta, la más válida seguramente, cuando pensamos en los interrogantes que nos dejan niños y jóvenes sin aparente futuro.
Estamos caminando hacia una Colombia no solamente producto de ilusiones y sueños, sino meta que el Señor nos traza y a la cual podremos Ilegar con su gracia.
Las realidades que han sucedido en estas últimas dos semanas nos han encontrado «sin libreto», ha dicho uno de los obispos, aquí presente. Ciertamente, se nos presentan nuevos desafíos, que nos hacen pensar en acciones urgentes que debemos emprender entre todos y con nuestros colaboradores en cada una de las Iglesias a nosotros encomendadas. Me permito sugerir estas:
La serie de acontecimientos que estamos contemplando no sólo destruyen infraestructuras que Colombia necesita para sus necesidades fundamentales, sino que causan una verdadera hecatombe espiritual: vamos perdiendo la esperanza, se debilitan los valores humanos, se agotan los imaginarios de futuro. Hacer de nuestras Iglesias particulares «comunidades reconciliadas y reconciliadoras» es siempre una tarea muy nuestra, pero ahora es particularmente urgente.
Como condición para una plena reconciliación es indispensable que promovamos una pedagogía del perdón en la linea que ya nos ha indicado el Santo Padre en los mensajes para la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de 1997: «Ofrece el perdón, recibe la paz», y del 1 de enero de 2002: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón».
«La capacidad de perdón es básica en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de 2002, n. 9). Nos corresponde impulsar una «pedagogía del perdón» (ib., 14) en todas nuestras Iglesias particulares.
El número impresionante de secuestrados es motivo de honda preocupación para todos; los últimos acontecimientos han acrecentado la cifra de los desplazados; las urgencias que se van planteando en las zonas que carecen de comida, medicinas y los mas elementales servicios públicos: todas estas cosas están causando profundos sufrimientos a personas y poblaciones enteras. Necesitamos poner imaginación a la caridad para mover a todos los colombianos a que emprendamos acciones solidarias de una y otra clase, que respondan a estas urgencias. Tal vez sea propicia la ocasión para que al celebrar los veinte años de la Campaña de comunicación cristiana de bienes y la realización del VII Vía crucis nacional, para que, «reconociendo en los hermanos que sufren el rostro de Jesús» encontremos respuestas a estas angustias.
Será muy útil, durante esta breve asamblea, volver a reflexionar sobre aquello que consideramos que debe animar una política nacional permanente de paz. La participación de algunos de nosotros en acciones más directas con los grupos armados y nuestra labor pastoral en ambientes particularmente violentos, nos exigen que dejemos claros los criterion morales y éticos que nos impulsan a trabajar por una «cultura de paz». Lo que hemos hecho ya en nuestras asambleas de 1994 y 1998 en esta materia es válido en el momento presente. La ayuda importante de la sección de Vida, justicia y paz de nuestra pastoral social y la valiosa colaboración de la comisión de Conciliación nacional, conservan viva la convicción que hemos aprendido en la doctrina social de la Iglesia: a la paz se Ilega por caminos de paz, es decir, por procesos de diálogo y negociación; la paz se inicia por un acto de verdadera conversión que desarme los espíritus y Ilegue al desarme efectivo; la paz es don de Dios y tarea de todos los colombianos sin excepción. Como pastores de todos los colombianos seguiremos firmes en nuestra disponibilidad de servicio a la causa de la paz con justicia social.
En un país Ileno de divisiones y en ambiente de guerra, nuestra reunión fraterna es ya un signo de unidad y de esperanza. Uno de los momentos importantes de nuestra asamblea es este, en el cual recordamos los diversos acontecimientos que nos proporcionan tristezas y alegrías.
En su solicitud pastoral por la Iglesia, el Santo Padre ha nombrado a monseñor Tulio Duque Gutiérrez obispo de Pereira, a monseñor Darío de Jesús Monsalve Mejía obispo de Málaga-Soatá, a monseñor Julio César Vidal Ortiz obispo de Montería, a monseñor Leonardo Gómez Serna obispo de Magangué y a monseñor Germán García Isaza obispo de Apartadó. Sentimos como nuestro su gozo personal y el de sus Iglesias particulares. Oramos al buen Pastor para que los ilumine y les conceda la fortaleza necesaria en la misión de pastorear a su pueblo en sus respectivas jurisdicciones.
Con alegría cristiana acogemos a los nuevos miembros de la Conferencia episcopal. Monseñor Fidel León Cadavid Marín, obispo de Quibdó, monseñor Luis Antonio Nova Rocha, obispo auxiliar de Barranquilla, y monseñor Hector Cubillos Peña, obispo auxiliar de Bucaramanga. Les expresamos un sincero saludo de felicitación y les auguramos un ministerio episcopal muy fecundo.
Damos gracias a Dios por los veinticinco años de ministerio sacerdotal de monseñor Armando Larios Jiménez, monseñor Darío de Jesús Monsalve Mejía, monseñor Fidel León Cadavid Marín y monseñor Hector Javier Pizarro Acevedo. Con cada uno de ellos celebramos este acontecimiento jubilar con las palabras del Magnificat. «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador... Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí». Sinceras felicitaciones.
Hagamos de memoria con afecto y gratittud de monseñor Hernando Rojas Ramirez. Nació el 12 de diciembre de 1924 en Choconta (Cundinamarca). Después de realizar sus estudios eclesiásticos, fue ordenado presbítero el 15 de junio de 1947. Fue preconizado obispo coadjutor de El Espinal el 26 de abril de 1972. Recibió la ordenación episcopal el 15 de junio de 1972. El 30 de agosto de 1985 tomó posesión de la diócesis de Neiva; allí vivió un fecundo servicio pastoral hasta marzo del año pasado. Su fidelidad al ministerio confiado, su cercania a todas las personas, su senciIlez y discreción en su estilo de vida, y otras muchas virtudes más, que pudimos conocer más de cerca por su sentido de amistad sincera y de fraternidad episcopal nos permiten dar gracias a Dios por la fecunda existencia de monsehor Hernando. AI evocar su memoria, proclamamos nuestra fe en la muerte y resurrección de Cristo. Pedimos para él la recompensa eterna.
La Iglesia particular de Quibdó Ilora hoy a quien por treinta y tres años fue su pastor, monseñor Pedro Grau Arola. Hace apenas un mes, el 2 de febrero, celebró sus 99 años de vida. Misionero en Colombia desde 1930, vicario apostólico de Quibdó desde 1953 hasta 1983. En mayo del año pasado presidió la santa misa de acción de gracias en el septuagésimo quinto aniversario de su ordenación sacerdotal. En esta oportunidad el Santo Padre y el comité permanente del Episcopado le hicieron Ilegar expresivos mensajes. De este último me permito transcribir estas palabras, leídas nuevamente ayer en el funeral que celebramos en Medellín y que recogen también hoy nuestros sentimientos: «Todos sus hermanos en el episcopado reconocemos que su excelencia ha sido para nosotros y para toda la Iglesia colombiana una hermosa carta escrita por el Señor Jesucristo en su corazón, leída con gratitud de fe por multitud de hermanos y hermanas». Y al final del mensaje decíamos: «Hemos querido abrir y leer nuevamente esta carta tan extraordinaria que el amor del padre Dios nos ha regalado, para agradecerle a él y a su excelencia este mensaje salvador como ha sido su vida entera». Hoy, ante su cadaver, lo repetimos, renovando nuestra fe en la comunión de los santos. Sus hermanos obispos de Colombia le suplican que siga rogando a Dios por todos, para que seamos nuevas y esperanzadoras cartas que puedan ser leídas con nuevas luces de gracia. Que Dios conceda el premio merecido a este siervo fiel.
El 15 de septiembre de 2001 partió para la casa del Padre el muy querido y recordado padre Jorge Martinez Restrepo. Pensando en este querido amigo, sacerdote, me viene a la memoria la bienaventuranza del Evangelio: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán Ilamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Todos fuimos testigos de la infatigable labor realizada por el padre Jorge en bien de la promoción humana y social de muchas personas. Treinta años de ministerio sacerdotal acompañando con la luz del Evangelio los procesos formativos de muchas generaciones en el SENA. Luego su entrega generosa al servicio de la Conferencia episcopal en la sección de Vida, justicia y paz, y finalmente en la comisión de Conciliación nacional. Con nuestra oración suplicamos al Dios de la vida que le conceda el descanso eterno y que sus esfuerzos y fatigas sean semillas que en el futuro produzcan frutos de justicia y paz en nuestro país.
Expresamos nuestros sentimientos de condolencia y solidaridad cristiana a monseñor Luis Gabriel Romero Franco con motivo del fallecimiento de su señora madre Leonor Franco de Romero y a monseñor Ismael Rueda Sierra por el reciente fallecimiento de su padre, el señor Silvestre Rueda. AI compartir con ellos el dolor de la desaparición de sus seres queridos, profesamos nuestra fe en el misterio de la muerte y resurrección del Señor. A él confiamos su eterno descanso e imploramos la fortaleza cristiana para sus familias.
Este es el año del centenario de la consagración de Colombia al Sagrado Corazón. Ya hemos iniciado la preparación de este acontecimiento tan importante en nuestra historia patria y en el desarrollo de nuestra fe católica. Como lo hemos expresado, esta celebración nos ha de Ilevar a avanzar en la construcción de la «civilización del amor». En el contexto concreto que estamos viviendo, esta celebracion reviste especial importancia.
Igualmente, estamos avanzando en la preparación del X Congreso nacional misionero, con el cual recordaremos los 75 años de la obra estupenda del queridísimo monseñor Miguel Ángel Builes; el Instituto de misiones extranjeras de Yarumal (IMEY), El tema en el que venimos ya reflexionando en nuestras jurisdicciones es mensaje de esperanza: «Vocación misionera universal de la Iglesia particular». En medio de tantas carencias, poseemos la riqueza de la fe y la abundancia de vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada. Vamos a dar desde nuestra riqueza.
Estos y otros tantos signos de esperanza nos animan a continuar adelante con nuestro , servicio a un pueblo que nos necesita y para el cual el Señor nos llama.
En el nombre del Señor iniciemos nuestra asamblea extraordinaria.
© Copyright 2008. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.