1. La institución de la EucaristÃa, el sacrificio de Melquisedec y la multiplicación de los panes es el sugestivo trÃptico que nos presenta la liturgia de la Palabra en esta solemnidad del Corpus Christi.
En el centro, la institución de la EucaristÃa. San Pablo, en el pasaje de la primera carta a los Corintios, que acabamos de escuchar, ha recordado con palabras precisas ese acontecimiento, añadiendo: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva" (1 Co 11, 26). "Cada vez", por tanto también esta tarde, en el corazón del Congreso eucarÃstico internacional, al celebrar la EucaristÃa, anunciamos la muerte redentora de Cristo y reavivamos en nuestro corazón la esperanza de nuestro encuentro definitivo con él.
Conscientes de ello, después de la consagración, respondiendo a la invitación del Apóstol, aclamaremos: "Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!".
2. Nuestra mirada se ensancha hacia los otros elementos del trÃptico bÃblico, que la liturgia presenta hoy a nuestra meditación: el sacrificio de Melquisedec y la multiplicación de los panes.
La primera narración, muy breve pero de gran relieve, está tomada del libro del Génesis, y ha sido proclamada en la primera lectura. Nos habla de Melquisedec, "rey de Salem" y "sacerdote del Dios altÃsimo", que bendijo a Abraham y "ofreció pan y vino" (Gn 14, 18). A este pasaje se refiere el Salmo 109, que atribuye al Rey MesÃas un carácter sacerdotal singular, por consagración directa de Dios: "Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec" (Sal 109, 4).
La vÃspera de su muerte en la cruz, Cristo instituyó en el Cenáculo la EucaristÃa. También él ofreció pan y vino, que "en sus santas y venerables manos" (Canon romano) se convirtieron en su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos en sacrificio. Asà cumplÃa la profecÃa de la antigua Alianza, vinculada a la ofrenda del sacrificio de Melquisedec. Precisamente por ello, -recuerda la carta a los Hebreos- "él (...) se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios sumo sacerdote a semejanza de Melquisedec" (Hb 5, 7-10).
En el Cenáculo se anticipa el sacrificio del Gólgota: la muerte en la cruz del Verbo encarnado, Cordero inmolado por nosotros, Cordero que quita el pecado del mundo. Con su dolor, Cristo redime el dolor de todo hombre; con su pasión, el sufrimiento humano adquiere nuevo valor; con su muerte, nuestra muerte queda derrotada para siempre.
3. Fijemos ahora la mirada en el relato evangélico de la multiplicación de los panes, que completa el trÃptico eucarÃstico propuesto hoy a nuestra atención. En el contexto litúrgico del Corpus Christi, esta perÃcopa del evangelista san Lucas nos ayuda a comprender mejor el don y el misterio de la EucaristÃa.
Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y los dio a los Apóstoles para que los fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16). Como observa san Lucas, todos comieron hasta saciarse e incluso se llenaron doce canastos con los trozos que habÃan sobrado (cf. Lc 9, 17).
Se trata de un prodigio sorprendente, que constituye el comienzo de un largo proceso histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confÃa a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarÃstico de generación en generación.
El pueblo de Dios lo recibe con devota participación. Con este Pan de vida, medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y mártires, obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones. Han creÃdo en las palabras que Jesús pronunció un dÃa en Cafarnaúm: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre" (Jn 6, 51).
4. "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo".
Después de haber contemplado el extraordinario "trÃptico" eucarÃstico, constituido por las lecturas de la liturgia de hoy, fijemos ahora la mirada del espÃritu directamente en el misterio. Jesús se define "el Pan de vida", y añade: "El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).
¡Misterio de nuestra salvación! Cristo, único Señor ayer, hoy y siempre, quiso unir su presencia salvÃfica en el mundo y en la historia al sacramento de la EucaristÃa. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participación en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Como los discÃpulos, que escucharon con asombro su discurso en Cafarnaúm, también nosotros experimentamos que este lenguaje no es fácil de entender (cf. Jn 6, 60). A veces podrÃamos sentir la tentación de darle una interpretación restrictiva. Pero esto podrÃa alejarnos de Cristo, como sucedió con aquellos discÃpulos que "desde entonces ya no andaban con él" (Jn 6, 66).
Nosotros queremos permanecer con Cristo, y por eso le decimos con Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Con la misma convicción de Pedro, nos arrodillamos hoy ante el Sacramento del altar y renovamos nuestra profesión de fe en la presencia real de Cristo.
Este es el significado de la celebración de hoy, que el Congreso eucarÃstico internacional, en el año del gran jubileo, subraya con fuerza particular. Y este es también el sentido de la solemne procesión que, como cada año, dentro de poco se desarrollará desde esta plaza hasta la basÃlica de Santa MarÃa la Mayor.
Con legÃtimo orgullo escoltaremos al Sacramento eucarÃstico a lo largo de las calles de la ciudad, junto a los edificios donde la gente vive, goza y sufre; en medio de los negocios y las oficinas donde se realiza su actividad diaria. Lo llevaremos unido a nuestra vida asechada por un sinfÃn de peligros, oprimida por las preocupaciones y las penas, y sujeta al lento pero inexorable desgaste del tiempo.
Lo escoltaremos, elevando hacia él el homenaje de nuestros cantos y de nuestras súplicas: "Bone Pastor, panis vere (...) Buen Pastor, verdadero pan -le diremos con confianza-. Oh Jesús, ten piedad de nosotros, aliméntanos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos.
"Tú que todo lo sabes y todo lo puedes, que nos alimentas en la tierra, guÃa a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos". Amén.
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