Queridos hermanos y hermanas:
El miércoles pasado hablé de un Padre de la Iglesia poco conocido en Occidente, Romano el Meloda; hoy quiero presentar la figura de uno de los Padres más grandes de la historia de la Iglesia, uno de los cuatro doctores de Occidente, el Papa San Gregorio, que fue Obispo de Roma entre los años 590 y 604, y que mereció de parte de la tradición el tÃtulo Magnus, Grande. San Gregorio fue verdaderamente un gran Papa y un gran doctor de la Iglesia.
Nació en Roma, en torno al año 540, en una rica familia patricia de la gens Anicia, que no sólo se distinguÃa por la nobleza de su sangre, sino también por su adhesión a la fe cristiana y por los servicios prestados a la Sede apostólica. De esta familia habÃan salido dos Papas: Félix III (483-492), tatarabuelo de San Gregorio, y Agapito (535-536). La casa en la que San Gregorio creció se encontraba en el Clivus Scauri, rodeada de solemnes edificios que atestiguaban la grandeza de la antigua Roma y la fuerza espiritual del cristianismo. Los ejemplos de sus padres Gordiano y Silvia, ambos venerados como santos, y los de sus tÃas paternas Emiliana y Tarsilia, que vivÃan en su misma casa como vÃrgenes consagradas en un camino compartido de oración y ascesis, le inspiraron elevados sentimientos cristianos.
San Gregorio ingresó pronto en la carrera administrativa, que habÃa seguido también su padre, y en el año 572 alcanzó la cima, convirtiéndose en prefecto de la ciudad. Este cargo, complicado por la tristeza de aquellos tiempos, le permitió dedicarse en un amplio radio a todo tipo de problemas administrativos, obteniendo de ellos luz para sus futuras tareas. En particular le dejó un profundo sentido del orden y de la disciplina: cuando llegó a ser Papa, sugirió a los obispos que en la gestión de los asuntos eclesiásticos tomaran como modelo la diligencia y el respeto que los funcionarios civiles tenÃan por las leyes.
Sin embargo, esa vida no le debÃa satisfacer, dado que, no mucho tiempo después, decidió dejar todo cargo civil para retirarse en su casa y comenzar la vida de monje, transformando la casa de la familia en el monasterio de San Andrés en el Celio. Este perÃodo de vida monástica, vida de diálogo permanente con el Señor en la escucha de su palabra, le dejó una perenne nostalgia que se manifiesta continuamente en sus homilÃas: en medio del agobio de las preocupaciones pastorales, lo recordará varias veces en sus escritos como un tiempo feliz de recogimiento en Dios, de dedicación a la oración, de serena inmersión en el estudio. Asà pudo adquirir el profundo conocimiento de la sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia del que se sirvió después en sus obras.
Pero el retiro claustral de San Gregorio no duró mucho. La valiosa experiencia que adquirió en la administración civil en un perÃodo lleno de graves problemas, las relaciones que mantuvo con los bizantinos mientras desempeñaba ese cargo, y la estima universal que se habÃa ganado, indujeron al Papa Pelagio a nombrarlo diácono y a enviarlo a Constantinopla como su "apocrisario" —hoy se dirÃa "nuncio apostólico"— para acabar con los últimos restos de la controversia monofisita y sobre todo para obtener el apoyo del emperador en el esfuerzo por contener la presión longobarda.
La permanencia en Constantinopla, donde junto con un grupo de monjes habÃa reanudado la vida monástica, fue importantÃsima para San Gregorio, pues le permitió tener experiencia directa del mundo bizantino, asà como conocer de cerca el problema de los longobardos, que después pondrÃa a dura prueba su habilidad y su energÃa en el perÃodo del pontificado. Tras algunos años, fue llamado de nuevo a Roma por el Papa, quien lo nombró su secretario. Eran años difÃciles: las continuas lluvias, el desbordamiento de los rÃos y la carestÃa afligÃan a muchas zonas de Italia y en particular a Roma. Al final se desató la peste, que causó numerosas vÃctimas, entre ellas el Papa Pelagio II. El clero, el pueblo y el senado fueron unánimes en elegirlo precisamente a él, Gregorio, como su sucesor en la Sede de Pedro. Trató de resistirse, incluso intentando la fuga, pero todo fue inútil: al final tuvo que ceder. Era el año 590.
Reconociendo que lo que habÃa sucedido era voluntad de Dios, el nuevo PontÃfice se puso inmediatamente al trabajo con empeño. Desde el principio puso de manifiesto una visión singularmente lúcida de la realidad que debÃa afrontar, una extraordinaria capacidad de trabajo para resolver los asuntos tanto eclesiales como civiles, un constante equilibrio en las decisiones, incluso valientes, que su misión le imponÃa. De su gobierno se conserva una amplia documentación gracias al Registro de sus cartas (aproximadamente 800), en las que se refleja cómo afrontaba diariamente los complejos interrogantes que llegaban a su despacho. Eran cuestiones que procedÃan de los obispos, de los abades, de los clérigos, y también de las autoridades civiles de todo orden y grado.
Entre los problemas que afligÃan en aquel tiempo a Italia y a Roma habÃa uno de particular importancia tanto en el ámbito civil como en el eclesial: la cuestión longobarda. A ella dedicó el Papa todas las energÃas posibles en orden a una solución verdaderamente pacificadora. A diferencia del emperador bizantino, que partÃa del presupuesto de que los longobardos eran sólo individuos burdos y depredadores a quienes habÃa que derrotar o exterminar, San Gregorio veÃa a esta gente con ojos de buen pastor, con la intención de anunciarles la palabra de salvación, entablando con ellos relaciones de fraternidad con vistas a una futura paz fundada en el respeto recÃproco y en la serena convivencia entre italianos, imperiales y longobardos. Se preocupó de la conversión de los pueblos jóvenes y de la nueva organización civil de Europa: los visigodos de España, los francos, los sajones, los inmigrantes en Bretaña y los longobardos fueron los destinatarios privilegiados de su misión evangelizadora. Ayer celebramos la memoria litúrgica de San AgustÃn de Canterbury, jefe de un grupo de monjes a los que San Gregorio encargó dirigirse a Bretaña para evangelizar Inglaterra.
Para obtener una paz efectiva en Roma y en Italia, el Papa se comprometió a fondo —era un verdadero pacificador—, emprendiendo una estrecha negociación con el rey longobardo Agilulfo. Esa negociación llevó a un perÃodo de tregua que duró cerca de tres años (598-601), tras los cuales, en el año 603, fue posible estipular un armisticio más estable. Este resultado positivo se logró, ente otras causas, gracias a los contactos paralelos que, entretanto, el Papa mantenÃa con la reina Teodolinda, que era una princesa bávara y, a diferencia de los jefes de los otros pueblos germanos, era católica, profundamente católica. Se conserva una serie de cartas del Papa San Gregorio a esta reina, en las que manifiesta su estima y su amistad hacia ella. Teodolinda consiguió, poco a poco, orientar al rey hacia el catolicismo, preparando asà el camino a la paz.
El Papa se preocupó también de enviarle las reliquias para la basÃlica de San Juan Bautista que ella hizo construir en Monza, asà como su felicitación y preciosos regalos para esa catedral con ocasión del nacimiento y del bautismo de su hijo Adaloaldo. La vicisitud de esta reina constituye un hermoso testimonio sobre la importancia de las mujeres en la historia de la Iglesia. En el fondo, los objetivos que San Gregorio perseguÃa constantemente eran tres: contener la expansión de los longobardos en Italia; proteger a la reina Teodolinda de la influencia de los cismáticos y reforzar la fe católica; y mediar entre los longobardos y los bizantinos con vistas a un acuerdo que garantizara la paz en la penÃnsula y a la vez permitiera llevar a cabo una acción evangelizadora entre los longobardos. Por tanto, eran dos las finalidades que buscaba en esa compleja situación: promover acuerdos en el ámbito diplomático-polÃtico y difundir el anuncio de la verdadera fe entre las poblaciones.
Junto a la acción meramente espiritual y pastoral, el Papa San Gregorio fue protagonista activo también de una múltiple actividad social. Con las rentas del conspicuo patrimonio que la Sede romana poseÃa en Italia, especialmente en Sicilia, compró y distribuyó trigo, socorrió a quienes se encontraban en situación de necesidad, ayudó a sacerdotes, monjes y monjas que vivÃan en la indigencia, pagó rescates de ciudadanos que habÃan caÃdo prisioneros de los longobardos, compró armisticios y treguas. Además desarrolló, tanto en Roma como en otras partes de Italia, una atenta labor de reforma administrativa, dando instrucciones precisas para que los bienes de la Iglesia, útiles para su subsistencia y su obra evangelizadora en el mundo, se gestionaran con total rectitud y según las reglas de la justicia y de la misericordia. ExigÃa que los colonos fueran protegidos de los abusos de los concesionarios de las tierras de propiedad de la Iglesia y, en caso de fraude, que se les indemnizara con prontitud, para que el rostro de la Esposa de Cristo no se contaminara con beneficios injustos.
San Gregorio llevó a cabo esta intensa actividad a pesar de sus problemas de salud, que lo obligaban con frecuencia a guardar cama durante largos dÃas. Los ayunos que habÃa practicado en los años de la vida monástica le habÃan ocasionado serios trastornos digestivos. Además, su voz era muy débil, de forma que a menudo tenÃa que encomendar al diácono la lectura de sus homilÃas, para que los fieles presentes en las basÃlicas romanas pudieran oÃrlo. En los dÃas de fiesta hacÃa lo posible por celebrar Missarum sollemnia, esto es, la misa solemne, y entonces se encontraba personalmente con el pueblo de Dios, que lo apreciaba mucho porque veÃa en él la referencia autorizada en la que hallaba seguridad: no por casualidad se le atribuyó pronto el tÃtulo de consul Dei.
A pesar de las dificilÃsimas condiciones en las que tuvo que actuar, gracias a su santidad de vida y a su rica humanidad consiguió conquistar la confianza de los fieles, logrando para su tiempo y para el futuro resultados verdaderamente grandiosos. Era un hombre inmerso en Dios: el deseo de Dios estaba siempre vivo en el fondo de su alma y, precisamente por esto, estaba siempre muy atento al prójimo, a las necesidades de la gente de su época. En un tiempo desastroso, más aún, desesperado, supo crear paz y dar esperanza. Este hombre de Dios nos muestra dónde están las verdaderas fuentes de la paz y de dónde viene la verdadera esperanza; asà se convierte en guÃa también para nosotros hoy.
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles procedentes de Alicante, Madrid, Sevilla y Navarra, asà como a los venidos de Honduras, Brasil y otros paÃses latinoamericanos. Que San Gregorio Magno os estimule con su ejemplo de santidad en el camino de la vida. Muchas gracias.
(En polaco, a un grupo de sacerdotes recién ordenados)
Dando gracias a Dios por el don del sacerdocio, proclamad con fidelidad el Evangelio, administrad los sacramentos y realizad el ministerio de santificación de vosotros mismos y de los demás. Pasado mañana, en la Solemnidad del SacratÃsimo Corazón de Jesús, celebraremos la Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes. Invito a todos a orar ardientemente por esta intención. Que Dios os bendiga.
(A los alumnos y profesores de la escuela primaria "Anton Bernolák" e Nové Zámky, Eslovaquia)
Hermanos y hermanas, Cristo es el camino que lleva al Padre; y en la EucaristÃa se nos ofrece a cada uno como fuente de vida divina. Acudamos sin cesar a esta fuente.
(En italiano)
(A los sacerdotes del Colegio pontificio San Pablo Apóstol)
Queridos sacerdotes, os exhorto a vivir siempre con fidelidad el ministerio pastoral, haciendo fructificar la formación recibida durante estos años en Roma.
Me dirijo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Está a punto de terminar el mes de mayo, y el pensamiento va a MarÃa santÃsima, Estrella luminosa de nuestro camino cristiano. Tengámosla siempre a ella como referencia, contando con su intercesión materna; asà podremos recorrer con alegrÃa y esperanza nuestra peregrinación diaria hacia la patria eterna.
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