La traición de Judas

Llegó el último día de la Pascua, o sea el miércoles. Los fariseos y sumos sacerdotes entendían que el tiempo apremiaba. Urgía decidirse y obrar. Pese a las repetidas deliberaciones celebradas en días precedentes, no se había hecho nada, porque Jesús estaba protegido por el favor popular y, en consecuencia, se le permitía andar impunemente por Jerusalem y hasta predicar en el Templo. ¿No había, pues, manera de hacerle desaparecer de modo oculto, sin que el pueblo lo advirtiera? No se podía perder más tiempo; la cuestión debía quedar resuelta en definitiva antes de la Pascua, para evitar consecuencias que podían ser gravísimas. Las fiestas en general, y sobre todo la Pascua, eran consideradas por el procurador romano —a causa de la enorme influencia de multitudes excitadas— como períodos de verdadera convulsión sísmica. De modo que era entonces más preciso que nunca redoblar la vigilancia para impedir que una nonada lo derrumbase todo. Por eso en tales ocasiones —según refiere Flavio Josefa en Guerr. Jud., II, 224— la cohorte romana de guarnición en Jerusalem se alineaba a lo largo del pórtico del Templo: en las fiestas ellos hacen siempre guardia armados, para que la muchedumbre reunida no produzca sediciones. ¿Qué no podía suceder, pues, con aquel Rabí galileo errando por la ciudad y por el Templo, rodeado de grupos de entusiastas que le creían el Mesías? Al primer tumulto que acaeciese, el cabalero romano Poncio Pilatos lanzaría sus soldados sobre la multitud de peregrinos, comenzando a destruir de verdad el lugar santo y la nación, como se había temido. No: era absolutamente preciso conjurar aquel peligro y hacer que todo marchase normalmente durante la Pascua. Pero, ¿cómo?

Aquel miércoles celebróse nuevo consejo para discutir tal cuestión. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás y deliberaron prender a Jesús con engaño y matar(le). Empero decían: «En la fiesta no, para que no ocurra tumulto en el pueblo» (Mateo, 26, 3-5). Estaban, pues, de acuerdo todos los reunidos en que debía suprimirse a Jesús. Pero algunos más cautos hicieron notar el peligro de ejecutar el prendimiento durante la fiesta pascual, cuando muchos peregrinos, o galileos o favorables a Jesús, podían levantarse para protegerle. Por otra parte, tampoco era oportuno aplazar hasta después de la fiesta o acordado, porque en ese tiempo Jesús podía alejarse con los peregrinos que regresaban a sus hogares y eludir la captura, como había hecho después de la resurrección de Lázaro. Urgía, pues, obrar con rapidez, en secreto y antes de la Pascua. La observación de los cautos consejeros tendía a conseguir este sigilo y prontitud.

La ayuda vino de donde menos se esperaba. Entonces uno de los doce, el llamado Judas Iscariotes, yendo a los sumos sacerdotes, dijo: «¿Qué me queréis dar y yo os lo entregaré?» Y aquéllos estipularon treinta (monedas) de plata. Y desde entonces (Judas) buscaba una oportunidad para entregarlo. Esta es la información de Mateo (26, 14-16), con la que concuerdan los otros dos Sinópticos, quienes no mencionan la suma acordada, aunque añaden la comprensible noticia de que los sumos sacerdotes se alegraron de la propuesta de Judas. En efecto, con aquel colaborador, la empresa de prender a Jesús secreta y prontamente resultaba empresa fácil.

Pero, ¿qué motivo tuvo Judas para la traición?

La catequesis primitiva no nos da otra razón sino el amor de aquel hombre al dinero. Cuando los evangelistas presentan a Judas como ladrón y administrador fraudulento de la bolsa común, preparan en realidad la escena de Judas dirigiéndose a los sumos sacerdotes y preguntando: ¿Qué me queréis dar…? Pero, incluso fuera del evangelio, cuando Pedro habla del traidor suicida, no alude a otro provecho de la traición que a la compra de un campo con el fruto de la iniquidad (Hechos, 1, 16-19). La razón del lucro es, pues, segura, mas junto con ella puede haber otras de las que la primitiva catequesis no se ocupó. El campo está abierto a conjeturas razonables.

Incluso prescindiendo de los vuelos fantásticos realizados en torno a este tema tan trágico por dramaturgos e historiadores de inspiración novelesca, queda siempre el hecho de la inesperada actitud asumida por Judas sólo dos días después: en vista de que Jesús había sido condenado, el traidor se arrepiente de improviso de haber vendido la sangre de aquel justo y, devolviendo el precio a los sumos sacerdotes, se ahorca. Esta no es la actitud de un simple avaro, de un avaro típico sin otro amor que el dinero, pues éste habría quedado satisfecho con el lucro obtenido, fuese la que fuera la sucesiva suerte de Jesús, y no hubiese pensado en devolver el dinero ni en ahorcarse. Judas fue ciertamente codicioso y avaro, pero, además, era alguna otra cosa. Existían en él, al menos dos amores: uno el del oro, que le impulsó a traicionar a Jesús, mas junto a este amor había otro, acaso más fuerte, porque, ya cumplida la traición, prevaleció sobre el amor del oro, impeliéndole a restituir la ganancia, a renegar de toda la traición, a dolerse por la víctima y a matarse de desesperación al fin. ¿Cuál era el objeto de este amor en conflicto con el amor al oro?

Por mucho que reflexionemos, no le hallamos otro objeto posible sino Jesús. Si Judas no hubiese sentido por Jesús un amor tan grande que quizá prevalecía al experimentado hacia el oro, no habría restituido el dinero ni renegado de su traición. Ahora bien: si amaba a Jesús, ¿por qué le traicionó? Sin duda porque su amor era grande, pero no indiscutible, no el amor generoso, luminoso y confiado de un Pedro o de un Juan, sino que contenía en su llama un algo de fumoso y oscuro. En qué consistiera este elemento oscuro, lo desconocemos y probablemente será siempre para nosotros el misterio de la suma iniquidad.

¿Acaso se informó Judas de que le había denunciado a Jesús como defraudador del fondo común no pudo tolerar el temor de perder la estima del Maestro? Pero también Pedro, como negador de Jesús, había de considerar la pérdida la estima del Maestro, y no por ello desesperará, en su hora.

¿Acaso Judas, oyendo las rectificaciones mesiánicas de Jesús, comprendiera más sagazmente que los otros apóstoles que el reino del Maestro no aportaría ni gloria ni potencia mundanas a los futuros cortesanos y quisiera en aquella prevista quiebra proveer, como avaro que era, a sus propios intereses? La hipótesis, muy posible, no explica por sí sola que Judas, después de apartarse de Jesús con su traición, se sintiera tan ligado a él que se arrepintiese y se suicidase.

¿Tal vez, uniendo el amor al lucro, al ansia de ver pronto a Jesús a la cabeza de su reino, mesiánico-político, le traicionó Judas con la seguridad de verle cumplir portento tras portento ante sus adversarios, obligándole así a apresurar el advenimiento de aquel reino que tanto se hacía esperar? Pero en tal caso el traidor no habría debido matarse antes de la muerte de Jesús, sino, a lo sumo, después, ya que no le constaba el momento en que el Mesías podría recurrir a sus máximos prodigios, tanto más cuanto que precisamente al iniciar su actividad de traidor Judas asistió en Gethsemaní al hecho extraordinario de los guardias derribados.

Las hipótesis podrían multiplicarse fácilmente, sin que por ello se esclareciese con certeza el misterio de la iniquidad suma.

Tal iniquidad no consistió sólo en vender a Jesús, sino más, y sobre todo, en desesperar de su perdón. Judas había visto a Jesús perdonar a usureros y prostitutas; había oído de su boca las parábolas de la misericordia, comprendida la del hijo pródigo; habíale oído exhortar a Pedro a perdonar setenta veces siete y, sin embargo, después de todo esto, desespera del perdón y se ahorca, en tanto que Pedro, después de negar a Jesús, no desespera, sino que rompe a llorar. Incluso aquel desesperar del perdón demuestra que Judas tenía altísima estima por el justo a quien había traicionado —estima que le hacía comprender la abismal magnitud de su delito—, pero era una estima incompleta y casi injuriosa, porque ante la responsabilidad de la traición se detenía a mitad de camino e injuriosamente suponía a Jesús incapaz de perdonar al traidor. Mucho más que por la traición de Judas, Jesús fue injuriado por el desesperar del traidor en el perdón. Este fue el sumo ultraje recibido por Jesús y la suma iniquidad cometida por Judas.

El pago que de la traición estipularon los sumos sacerdotes fue de treinta (monedas) de plata. Sólo Mateo comunica esta cifra, porque, en su solicitud en señalar el cumplimiento de las antiguas profecías mesiánicas en Jesús, ve cumplida así una profecía de Zacarías. Sin embargo, Mateo, ni aquí ni a continuación dice el nombre individual de las monedas y habla siempre de treinta argénteos. No es dudoso que la innominada moneda fuese el siclo, es decir, el estater. No se trataba, pues, del denarius romano, sino de una moneda de valor cuatro veces mayor. Por eso, hablando técnicamente, la expresión usual «treinta dineros —o denarios— de Judas» es falsa, porque el total de 30 siclos valía 120 denarios. En el valor actual, esta suma correspondería a unas 128 pesetas de oro.

Era norma de la Ley hebrea (Éxodo, 21, 32) que cuando un buey mataba de una cornada a un esclavo, el dueño del buey debía pagar en seguida al dueño del esclavo 30 siclos de plata como indemnización del daño sufrido. Así, pues, en la práctica el valor medio de un esclavo debía computarse en unos 30 siclos. Pudo suceder que los sumos sacerdotes se inspirasen en aquella norma de la Ley al estipular el pago a Judas, porque así se obtenía el doble resultado de atenerse a la letra legal incluso en aquel caso, y de considerar a Jesús como un esclavo cualquiera.

Lucas, que había terminado el relato de las tentaciones de Jesús diciendo que el diablo se alejó de él hasta (que llegara su) tiempo, inicia ahora el relato de la traición diciendo que entró Satanás en Judas, el llamado Iscariotes, el cual fue a concertarse con los sumos sacerdotes para perpetuar su delito (Lucas, 22, 3 y sigs.). Así, para el evangelista discípulo de Pablo, la pasión de Jesús es el tiempo (oportuno) prealudido, y representa en cierto modo una renovación de las tentaciones a que Jesús fuera sometido por Satanás al principio de su vida pública. Al terminar ahora la vida de Jesús, Satanás le dirige el último y más potente asalto y le somete a la más dura prueba, superada la cual entrará en la gloria. ¡Oh, estultos y tardos de corazón…! ¿No debía quizá padecer estas cosas el Cristo y así entrar en su gloria? (Lucas, 24, 25-26).

Tomado de Giuseppe Ricciotti, Vida de Jesucristo, pp. 596-600.